Los días se convirtieron en una neblina espesa. El despertador sonaba, yo iba al trabajo, volvía a la casa vacía y el ciclo se repetía. La gente dice que el tiempo cura, pero para mí, el tiempo solo era el espacio que se ensanchaba entre Inés y yo.
Lo más extraño no era su ausencia física, sino el asombro de los demás. En nuestra familia, Inés y Christian eran una unidad de medida, una constante. Ver nuestra separación era como ver la gravedad dejando de funcionar.
—¿Y ella dónde está, Christian? —preguntó mi madre el jueves por la tarde, mientras dejaba una bandeja de lasaña en mi encimera. Sus ojos no tenían reproche, solo una confusión genuina, casi infantil—. He pasado por su estudio y no me ha abierto. He llamado a su madre y dice que Inés... que necesita aire. ¿Qué aire, hijo? Aquí tiene todo el que quiera.
Miré la lasaña. Era comida para dos. Siempre era para dos.
—Se ha mudado a un apartamento, mamá. Cerca del centro —dije, y mi voz sonó como si viniera de otro código postal.
Mi madre se sentó lentamente en la banqueta, con las manos aún enguantadas en los protectores del horno. Me miró como si le estuviera hablando en un idioma que no comprendía.
—¿Mudado? Pero... si estáis bien. Si el otro día en la comida... si os vimos de la mano. No lo entiendo, Christian. ¿Habéis discutido por algo? ¿Algo que podamos arreglar?
—No hay nada que arreglar, mamá. Ese es el problema —respondí, sintiendo esa punzada impotencia. ¿Es que nadie recordaba que éramos felices? ¿O es que todos fingíamos tan bien que terminamos creyéndonos nuestra propia mentira?
Esa misma noche, el timbre sonó. Era Mateo, el marido de Valeria y primo de Inés. Traía un par de cervezas y esa mirada de "no sé qué decirte" que se le da tan bien. Se sentó en el sofá, en el sitio exacto donde Inés solía acurrucarse a leer.
—Valeria no deja de dar vueltas por la casa, ¿sabes? —dijo Mateo, abriendo una botella—. Está... procesándolo. Dice que es una crisis, que todas las parejas pasan por esto. Me ha mandado para ver si... bueno, si necesitas algo.
—Necesito que alguien me explique en qué momento me volví invisible para ella, Mateo.
Mateo suspiró y miró al techo. Su asombro era diferente al de mi madre; era el asombro de un hombre que ve el barco más seguro del puerto hundiéndose sin que haya tormenta.
—Inés siempre ha sido... profunda, Christian. Pero esto nos ha pillado a todos fuera de juego. Los tíos me preguntan si es que te has ido tú, o si ella se ha vuelto loca. No conciben que os separéis así, sin un motivo de esos que se pueden explicar con un "lo siento".
—No hay un culpable, Mateo. Solo hay un vacío.
Dos días después, el encuentro ocurrió por fin. No fue planeado. Fue en la cafetería de la esquina de su nuevo barrio. La vi a través del cristal: estaba sentada en una mesa pequeña, sola, con un cuaderno y un café humeante. Se veía diferente. No era la Inés de las comidas familiares, ni la Inés que lloraba en mi hombro. Tenía una mirada lejana, perdida en algún punto de su propio pasado.
Entré. El aire de la cafetería olía a grano tostado y a lluvia reciente. Me acerqué a su mesa y ella levantó la vista. No hubo miedo en sus ojos, ni ira. Solo esa tristeza infinita que me hacía querer gritar.
—Hola —dije, quedándome de pie.
—Hola, Christian —respondió ella. Su voz era suave, casi un susurro.
—La familia está... confundida. Mi madre te ha hecho lasaña. Mateo cree que es una crisis pasajera. Valeria... bueno, Valeria ya está planeando cómo traerte de vuelta.
Inés cerró su cuaderno despacio. Me miró de una forma que me hizo sentir que ella ya estaba en otro siglo, en otra vida. El sentimiento reflejado en sus pupilas era la nostalgia de alguien que mira fotos de una persona que ya no existe.
—Ellos ven lo que quieren ver, Christian. Continúan en el pasado. No ven a la mujer que está sentada aquí ahora.
—Yo te veo, Inés —insistí, sentándome frente a ella sin que me lo pidiera—. Te veo y sigo queriendo que vuelvas a casa. ¿No te acuerdas de cuando pintamos las habitaciones? ¿No te acuerdas de por qué decidimos que ese era nuestro lugar?
Inés estiró la mano sobre la mesa, pero no llegó a tocar la mía. Se quedó a medio camino, como una frontera invisible.
—Me acuerdo de todo, Christian. Me acuerdo tanto que ya no me queda espacio para el presente. Mirarte a ti es como mirar un espejo de todo lo que perdí. No solo al bebé... me perdí a mí misma. Y no puedo volver a esa casa porque esa casa es el mausoleo de la Inés que yo amaba.
—Podemos construir algo nuevo —supliqué, con ese egoísmo ciego del que no quiere soltar.
—No puedes construir sobre cenizas si todavía queman, Christian. Por favor... dales tiempo. Dile a tu madre que gracias por la lasaña. Y dile a Valeria que deje de planear. No hay vuelta atrás porque ya no soy esa chica.
Se levantó, recogió sus cosas y me dejó ahí, con el eco de sus palabras flotando en el aire. El asombro de mi familia era nada comparado con el mío. Yo seguía esperando que despertara de este "trance", sin darme cuenta de que la que estaba despierta era ella, y el que seguía soñando con un pasado que ya no volvería... era yo.