El timbre de mi nuevo apartamento no ha dejado de sonar en toda la tarde. Es un sonido persistente, irritante, como un insecto chocando contra un cristal.
Me quedo sentada en el suelo, con una copa de vino tinto en la mano, observando las motas de polvo que bailan en el rayo de luz que entra por la ventana. No tengo intención de abrir. Sé quiénes están al otro lado. Sé que traen consejos envueltos en papel de regalo y reproches disfrazados de preocupación.
Finalmente, escucho el sonido de una llave girando en la cerradura. Valeria. Por supuesto que tiene un duplicado; mi madre se lo habrá dado "por si acaso".
Ella entra como un torbellino de perfume caro y autoridad. Detrás viene mi madre, con los ojos hinchados y un táper de cristal entre las manos. Me miran y ven lo que quieren ver: una mujer descarriada que necesita que la devuelvan al redil.
—Inés, por el amor de Dios, pareces una indigente viviendo aquí —suelta Valeria, dejando su bolso de marca sobre una caja de cartón sin abrir—. ¿Has visto este sitio? Es minúsculo. Ni siquiera tiene luz natural en el baño.
—A mí me gusta —digo, sin levantarme. Mi voz suena plana, desprovista de cualquier emoción. Le doy un sorbo al vino y clavo la mirada en la pared blanca.
—Hija, por favor... —mi madre se acerca y deja la comida sobre la encimera—. Christian no deja de llamarnos. Dice que no le coges el teléfono. El pobre hombre está deshecho. No entiende qué ha hecho mal.
—No ha hecho nada mal —respondo, encogiéndome de hombros—. Simplemente ya no quiero estar allí.
Valeria suelta una risa seca, incrédula. Se cruza de brazos y se planta frente a mí, bloqueando mi vista de la ventana.
—¿"Simplemente"? ¿Esa es tu explicación para destrozar a un hombre que ha dado la vida por ti? Inés, madura. Un matrimonio no es un juguete que tiras cuando te aburres. Christian es el mejor hombre que podrías haber encontrado. Te cuidó cuando nadie más podía, aguantó tus silencios, tus sombras... ¿Y así se lo pagas? ¿Huyendo a este agujero?
—Nadie le pidió que lo hiciera —digo, y sé que mis palabras suenan crueles, casi inhumanas.
Veo cómo mi madre se lleva una mano a la boca, escandalizada. Valeria, en cambio, da un paso hacia adelante. Su asombro se está convirtiendo en una indignación sólida.
—Eres una egoísta —escupe Valeria—. Siempre has sido el centro de atención de esta familia por ser hija única, pero esto roza lo patológico. Christian está ahí fuera intentando salvar vuestro aniversario, planeando una boda para que por fin seas feliz, y tú te escondes aquí como una adolescente malcriada.
—Le dije que cancele los planes —digo, mirando mi copa de vino—. No habrá boda. No habrá aniversario. Solo hay esto.
—¡Míranos a la cara, Inés! —grita Valeria, perdiendo la compostura—. Tu primo Mateo y yo hemos construido una vida. Tus padres y los míos llevan décadas juntos. El compromiso significa algo. No puedes romper la familia porque "te apetece aire". Estás haciendo que todos quedemos como idiotas defendiéndote.
Me levanto despacio. Dejo la copa sobre el suelo y camino hacia la puerta. La abro de par en par, invitándolas a salir.
—Si os sentís como idiotas defendiéndome, dejad de hacerlo —digo, con una calma que me asusta incluso a mí—. No os he pedido que me entendáis. Solo os he pedido que os vayáis.
Mi madre empieza a llorar en silencio. Valeria me mira con un desprecio absoluto, como si estuviera viendo a una extraña, a un monstruo que ha usurpado el lugar de su cuñada favorita.
—Vas a acabar muy sola, Inés —sentencia Valeria antes de salir, arrastrando a mi madre con ella—. Y cuando te des cuenta del error que has cometido, espero que Christian sea lo suficientemente inteligente como para no abrirte la puerta. Porque él se merece a alguien que sepa lo que vale la lealtad. Tú no te mereces ni su sombra.
Cierro la puerta y paso el cerrojo. El silencio vuelve a inundar la habitación, pero esta vez se siente diferente. Se siente pesado, sucio.
Sé que ahora mismo, en el grupo de WhatsApp de la familia, los mensajes están ardiendo. Sé que Valeria le contará a Christian que soy una mujer fría y sin corazón. Sé que mis padres llorarán por la hija que "perdió el juicio".
Me acerco al espejo del pasillo. Mi reflejo me devuelve la imagen de una villana perfecta. Una mujer que abandona a un hombre ejemplar sin dar una sola explicación válida. Una mujer que prefiere el vacío a la gratitud.
Le sostengo la mirada a mi propio reflejo y no parpadeo