Lo que Solíamos Ser

Some one like You

Christian

​Han pasado cuatro meses. Cuatro meses, doce días y una cantidad obscena de horas que he pasado contando los granos de arena que se escurren entre mis dedos.

​Pensé que el tiempo traería claridad. Pensé que, tras el arrebato de mudarse, Inés echaría de menos el café de las mañanas, el calor de nuestra cama, la seguridad de mis brazos. Pero la claridad no llegó; lo que llegó fue una indiferencia que me hiela la sangre.

​Hoy es el cumpleaños de mi madre. La casa de mis padres está llena de ese bullicio familiar que antes nos envolvía como una manta cálida y que ahora se siente como papel de lija sobre una herida abierta. Estoy en el jardín, con una cerveza tibia en la mano, fingiendo que escucho a Mateo hablar sobre su nuevo coche.

​—Ahí vienen —susurra Mateo, y su voz tiene un tinte de lástima que me hace querer desaparecer.

​Me giro. Inés cruza el umbral del jardín. Se ve radiante. Ha recuperado algo de peso, su pelo brilla bajo el sol de la tarde y lleva un vestido azul que nunca le había visto. Pero no viene sola.

​A su lado, caminando con una confianza tranquila, está Adrián.

​Lo reconozco al instante. Adrián es médico, un tipo brillante, calmado, de esos que parecen tener todas las respuestas antes de que alguien formule la pregunta.

​Siento un vacío gélido en el estómago. Inés lo lleva del brazo. No es un gesto accidental; es una declaración de guerra.

​—Hola a todos —dice ella, con una sonrisa que no llega a sus ojos cuando se cruza con los míos, pero que es deslumbrante cuando mira a mi madre—. Feliz cumpleaños, Carmen.

​Mi madre balbucea algo, claramente descolocada. Valeria, que está a pocos metros, se queda con la copa de vino a medio camino de la boca, mirando a Inés como si fuera una desconocida peligrosa.

​—¿Adrián? Qué sorpresa —dice Valeria, y su tono es un latigazo de sarcasmo—. No sabía que vuestra... amistad fuera tan cercana como para traerlo a una fiesta familiar íntima.

​—La vida da muchas vueltas, Valeria —responde Inés, imperturbable.

​Me acerco. No puedo evitarlo. La inercia del hombre que todavía cree que tiene un lugar en su vida me empuja hacia ellos. Adrián me estrecha la mano con una firmeza profesional, casi clínica.

​—Christian, me alegra verte —dice él. Su voz es profunda, calmada. El tono de alguien que sabe cómo dar malas noticias sin que el paciente grite.

​—Ojalá pudiera decir lo mismo, Adrián —respondo, y mi amargura es tan evidente que Mateo tose para disimular.

​Miro a Inés. Busco un rastro de culpa, una grieta en su armadura, un "lo siento, Christian, esto es solo una fase". Pero no hay nada. Me mira con una cortesía distante, como si fuera el exnovio de una amiga de la infancia al que apenas recuerda.

​¿Qué le da él? ¿Le da la ligereza que yo no pude? ¿Le da un futuro libre de mis "cuidados" asfixiantes?

​Durante la comida, la escena es surrealista. Inés se sienta al lado de Adrián. Le sirve vino. Se ríe de sus comentarios. Incluso le pone la mano en el hombro en un gesto de afecto tan natural que me revuelve las entrañas. Todos en la mesa están en silencio, intercambiando miradas de asombro. Inés está siendo la villana perfecta: está obligando a su familia a aceptar a un extraño en el lugar que me pertenece a mí, sin previo aviso, sin anestesia.

​—¿Y cuánto tiempo lleváis... saliendo? —pregunta mi padre, intentando mantener la compostura de anfitrión.

​—Lo suficiente para saber que esto es estable —responde Inés a mi padre mientras sostiene la mano de otro hombre.

​El golpe es certero. Ella no solo me ha dejado a mí; está reescribiendo nuestra historia frente a los testigos de nuestra relación.

​Me levanto de la mesa sin decir nada. Salgo al porche delantero y respiro el aire frío. Me siento como un fantasma viendo su propio entierro. Me doy cuenta de que ella no está huyendo del dolor; está corriendo hacia otra persona. O al menos, eso es lo que quiere que todos veamos.

No importa, yo también puedo hacerlo...me digo, intentando convencerme de la mentira. Pero mientras escucho la risa de Inés desde dentro de la casa, sé que no habrá nadie como ella. Y lo peor es que, mientras yo sigo atrapado en el pasado, ella parece haber encontrado a alguien que no le recuerda nada de lo que fuimos.

​O eso es lo que mi ego herido me dicta mientras la veo, a través del cristal, dejándose cuidar por las manos de un doctor que, seguramente, sabe mucho mejor que yo cómo tratar las heridas que no sangran.

(Flashback)

​Recuerdo el frío de aquel estetoscopio.

​ La consulta de Adrián no era como el resto del hospital; tenía paredes de un tono crema cálido y fotos de paisajes enmarcadas que intentaban, sin mucho éxito, disipar el miedo que siempre flota en las salas de obstetricia.

​Inés estaba sentada en la camilla, con el papel protector crujiendo bajo sus muslos y esa expresión de maravilla aterrada que solo tienen las madres primerizas. Yo estaba de pie a su lado, apretándole la mano tan fuerte que temía cortarle la circulación.

​—Tranquilos —dijo Adrián, entrando con una carpeta azul bajo el brazo—. Todo parece estar en orden. Vamos a ver a ese pequeño guerrero.

​Adrián era el mejor. El "niño prodigio" de la clínica, el que Valeria nos había recomendado personalmente porque era "humano, no solo un médico". Tenía una voz que te hacía creer que el mundo era un lugar seguro. Recuerdo haber sentido una envidia sana hacia él: era joven, exitoso y tenía el poder de decirnos que nuestra vida iba a ser perfecta.

​—Mira, Christian —susurró Inés, señalando la pantalla granulada del ecógrafo.

​Allí estaba. Una mancha parpadeante. Un latido que llenaba la habitación con un sonido rítmico, como el galope de un caballo a lo lejos. Adrián sonrió, ajustando el monitor para que lo viéramos mejor.



#740 en Otros
#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

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