Lo que Solíamos Ser

The One and Only

Inés

​La mano de Adrián descansa sobre la mía mientras cenamos en este restaurante de techos altos y luces tenues. Es una mano firme, una mano que conoce la anatomía del dolor y la precisión de la cura. Es, en teoría, la mano que debería sostenerme ahora que he decidido "rehacer" mi vida.

​Pero mientras él habla sobre una conferencia en Madrid, yo solo puedo pensar en la forma en que Christian sujeta su copa de vino. En la cicatriz pequeña que tiene cerca del pulgar. En el sonido de su respiración cuando el mundo se queda en silencio.

​—¿Inés? ¿Estás aquí? —Adrián aprieta suavemente mis dedos. Su sonrisa es paciente, demasiado paciente.

​—Perdona, Adrián. Solo estaba pensando en el estudio. Mucho trabajo acumulado —miento con una facilidad que me da asco.

​Me he convertido en una experta de la falsedad. He orquestado esta farsa con la precisión de una cirugía. Traer a Adrián a la fiesta de Carmen, dejar que Valeria me llame egoísta, permitir que Mateo le cuente a Christian que "estoy feliz"... todo ha sido un guion fríamente ejecutado.

​Sé lo que dicen de mí. Sé que en las cenas familiares mi nombre es sinónimo de traición. Sé que Christian está intentando "retomar su vida" porque cree que yo ya he quemado todos nuestros puentes. Y ese era el plan.

"I dare you to let me be your, your one and only..."

​La canción suena en el hilo musical del restaurante y siento un golpe en el estómago. Christian es mi único. Siempre lo ha sido. Desde los diecisiete años, mi mapa emocional tiene sus coordenadas. Pero amarlo significa condenarlo a una espera infinita, a una casa llena de eco y a una mujer que es un callejón sin salida.

​Si yo fuera "buena", si me quedara a su lado pidiéndole perdón, él nunca se iría. Se quedaría conmigo por lealtad, marchitándose lentamente, esperando un milagro que mi cuerpo ya ha negado.

​—Te noto tensa —dice Adrián, rompiendo mi trance—. Si esto es demasiado pronto para ti, Inés... si la presión de tu familia es mucha...

​—No es eso —le interrumpo, forzando una mirada de afecto que me cuesta la vida—. Estoy donde quiero estar, Adrián. Gracias por... por estar aquí.

​Adrián asiente, pero hay algo en su mirada de médico que me escanea. Él sabe que soy una paciente que finge no tener síntomas. Él sabe que acepté esta "relación" no por amor, sino por refugio. Adrián es el escudo perfecto: es respetable, es brillante y es el único hombre que Christian jamás podrá perdonarme.

​Al salir del restaurante, el aire frío de la noche me golpea la cara. Miro mi teléfono. Valeria me ha enviado un mensaje: "Christian salió anoche. Parece que por fin se ha dado cuenta de la clase de mujer que eres. Me alegro por él".

​Guardo el móvil en el bolso. Me quema. Una parte de mí quiere correr hacia nuestra casa, entrar sin llamar y gritarle que nadie lo va a amar como yo, que cada beso que le doy a Adrián es un sacrificio en el altar de su futuro. Pero me muerdo la lengua hasta sentir el sabor del hierro.

​Tengo que ser la villana.

​—¿Vamos? —pregunta Adrián, abriendo la puerta del coche.

​—Vamos —respondo.

​Me subo al coche y miro por la ventanilla, viendo cómo las luces de la ciudad se emborronan. Soy libre, supongo. Pero es la libertad del náufrago que ha soltado la tabla para que el otro pueda nadar. Christian está a salvo ahora, lejos de mis sombras, odiándome con la fuerza de un hombre herido. Y mientras él aprenda a vivir sin mí, yo seguiré aquí, en esta mentira perfecta, siendo la única que sabe que mi corazón todavía late con un solo nombre, aunque mis labios pronuncien otro.



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#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

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