Han pasado dieciocho meses desde que dejé nuestra casa. Dieciocho meses desde que Adrián dejó de ser mi escudo y pasó a ser otro nombre en la lista de personas a las que he decepcionado.
Ahora hay un hombre nuevo sentado en mi sofá. Se llama Marcos. Es arquitecto, divertido y no tiene ni idea de quién era yo hace tres años. Para él, soy una mujer independiente, un poco fría, que disfruta de las cenas tarde y de los silencios largos. No sabe que cada vez que me toca, tengo que cerrar los ojos para no gritar el nombre de otro.
—¿Segura que quieres ir a esa cena, Inés? —pregunta Marcos, ajustándose el reloj—. La esposa de tu primo, Valeria no parecía muy entusiasmada al teléfono.
—Es el aniversario de mis padres, Marcos. Tengo que ir —respondo, pintándome los labios de un rojo desafiante—. No te preocupes por Valeria. Su pasatiempo favorito es juzgarme. Tú solo sonríe.
La casa de mis padres se siente pequeña, asfixiante. Al entrar, el aire se detiene. Valeria está en el centro del salón, rodeada de sus hijos, luciendo esa superioridad moral que solo tienen las personas que no han tenido que romper su propia vida para salvar a alguien.
—Vaya, Inés. Otro rostro nuevo —dice Valeria, sin molestarse en bajar la voz. Su mirada recorre a Marcos con un desprecio casi cómico—. Perdona si me confundo de nombre, es difícil seguirte el ritmo últimamente.
—Se llama Marcos, Valeria. No es tan difícil —respondo, dándole un beso gélido en la mejilla a mi madre, que me mira con una tristeza que me atraviesa el alma.
—¿Y Adrián? —pregunta mi tía desde el sofá—. Parecía un hombre tan centrado...
—La gente cambia, tía. Las cosas se acaban —digo, encogiéndome de hombros con una indiferencia que he perfeccionado hasta convertirla en arte.
Escucho los susurros a mis espaldas. "Pobre Christian", "Qué voluble se ha vuelto", "No tiene corazón". Me alimento de esas palabras. Son el combustible que necesito para seguir adelante. Si creen que soy una mujer que salta de cama en cama sin remordimientos, dejarán de buscar la grieta por la que colarse en mi verdad.
Y entonces, la puerta se abre.
Christian entra. Pero no viene solo. Viene con Helen. Es una mujer joven, de sonrisa amplia y ojos claros que irradian una paz que yo perdí hace siglos. Se nota que ella no tiene fantasmas en el armario. Se nota que ella sí puede darle el "caos" que él soñaba.
Él se detiene al verme. Por un segundo, el tiempo se dobla. Veo al Christian que pintaba paredes color niebla, al hombre que me besaba en la cocina... pero luego sus ojos se endurecen. Me mira, mira a Marcos, y esboza una sonrisa educada.
—Hola, Inés. Cuánto tiempo —dice, y su voz ya no tiembla. Ha aprendido a vivir sin mí. Lo ha logrado.
—Hola, Christian —respondo, apretando la mano de Marcos con una fuerza innecesaria—. Ella debe de ser Helen. Mateo me ha hablado de ella.
—Mucho gusto, Inés —dice Helen, con una amabilidad genuina que me hace sentir como el monstruo que todos dicen que soy—. Christian me ha contado que... bueno, que fuisteis muy importantes el uno para el otro.
"Fuisteis". Pasado simple. Una palabra que pesa una tonelada.
Durante la cena, soy la villana perfecta. Me río demasiado alto de los chistes de Marcos. Ignoro las miradas de reproche de mi madre. Actúo como si la presencia de Christian y su nueva novia no fuera más que un detalle irrelevante en mi agenda.
—¿Y vosotros? —pregunto, inclinándome sobre la mesa hacia Christian y Helen—. He oído que estáis pensando en comprar una casa con jardín. Qué típico, ¿no?
Valeria me lanza una mirada asesina. Christian deja los cubiertos sobre el plato y me mira directamente. Por un momento, veo un rastro del viejo dolor en sus pupilas, pero lo oculta rápido bajo una capa de cortesía.
—Queremos espacio, Inés. Ya sabes... para lo que venga —responde él.
Helen se sonroja y le pone la mano sobre el brazo. Mi corazón se detiene. Sé lo que significa ese gesto. Sé lo que "viene". Christian va a tener la familia que siempre quiso. Con ella. En una casa con jardín donde nunca se hablará de niños que no llegaron a nacer.
—Me alegro mucho —digo, y mi voz no tiembla, aunque siento que me estoy desangrando por dentro—. El jardín es fundamental para que los niños corran, ¿verdad, Valeria? Tú lo sabes mejor que nadie.
El silencio que sigue es sepulcral. He sido cruel, cínica e indiferente. He logrado que todos en la mesa me odien un poco más. Pero mientras miro a Christian sonreírle a Helen, siento una paz salvaje y dolorosa.
Lo he conseguido. Él ya no espera. Él ya no sufre por mi sombra. Me odia lo suficiente como para ser feliz con otra. Soy la mujer que decidió borrarse para que él pudiera volver a escribir.
—¿Nos vamos, Marcos? —pregunto, levantándome antes de que traigan el postre—. Tenemos esa fiesta, ¿recuerdas?
Salgo de la casa de mis padres sin mirar atrás, sintiendo los ojos de toda mi familia clavados en mi nuca como puñales. Marcos me sigue, confundido. Al llegar al coche, me hundo en el asiento y cierro los ojos.
He vuelto a ganar. He vuelto a perder. Y mientras Christian empieza a construir su nuevo paraíso, yo me quedo aquí, en mi infierno privado, siendo la única que sabe que este vestido rojo y este novio nuevo no son más que el uniforme de mi sacrificio.