El coche está aparcado a una manzana de su nueva casa. Mis manos tiemblan tanto sobre el volante que tengo que entrelazarlas para no perder el control. He pasado horas ensayando este momento, recordándome que soy la villana, que soy la mujer fría, que no tengo derecho a estar aquí.
Pero el corazón no entiende de guiones. El corazón solo entiende que Christian se casa, y que si no lo veo una última vez antes de que el "para siempre" le pertenezca a Helen, me voy a romper en mil pedazos imposibles de recoger.
Camino por la acera. El jardín que vi en las fotos de Valeria es aún más luminoso en persona. Las luces de la terraza están encendidas y escucho el eco lejano de música suave. Es el sonido de una vida que yo misma amputé de mi cuerpo.
Él sale a la entrada para recoger algo del coche. Está solo. Lleva una camisa blanca con las mangas remangadas y se ve... en paz. Esa paz que yo le robé y que Helen le ha devuelto.
—¿Christian? —mi voz sale pequeña, una grieta en el silencio de la noche.
Él se tensa. Se gira despacio, y cuando sus ojos se encuentran con los míos, no veo amor. Veo una guardia alta, una distancia gélida que me corta la respiración.
—Inés. ¿Qué haces aquí? —Su voz es plana. Ya no hay rastro del hombre que suplicaba en mi cocina.
Doy un paso hacia la luz, sintiéndome como una intrusa en un santuario. Me muerdo el labio, intentando contener la primera oleada de lágrimas que amenaza con desbordarme.
—Me he enterado... por Valeria —digo, haciendo un gesto vago hacia la casa—. Del compromiso. Solo... solo quería decírtelo en persona.
Christian cruza los brazos sobre el pecho. No me invita a pasar. No acorta la distancia. Se queda allí, como un juez que espera una confesión que ya no le interesa.
—Podrías haber enviado un mensaje —dice él, con un cinismo que me quema—. Como hiciste cuando me dejaste. O cuando me presentaste a Adrián. O a Marcos.
El golpe es certero. Agacho la cabeza, dejando que mi pelo me cubra la cara. Siento el primer sollozo subiendo por mi garganta, un animal salvaje que ya no puedo domesticar.
—Felicidades, Christian —susurro, y las lágrimas empiezan a caer, calientes y pesadas, sobre mis mejillas—. De verdad. Te mereces... te mereces todo lo bueno que te está pasando. Te mereces esa casa, ese jardín... te mereces a alguien que te mire sin sombras. Te mereces lo mejor del mundo.
Él se queda callado. Puedo sentir su mirada escaneándome, buscando la trampa, buscando la mentira que ha definido mi vida los últimos dos años. Pero esta vez no hay trampa. Solo hay una mujer desmoronándose frente a él.
—Inés, estás llorando —dice, y por un segundo, solo un segundo, su voz se suaviza—. ¿Por qué? Tú elegiste esto. Tú te fuiste. Tú te encargaste de que no quedara nada.
—Lo sé —sollozo, cubriéndome la cara con las manos—. Sé lo que hice. Sé lo que soy para ti ahora. Pero eso no quita que este feliz por ti.
—¿Feliz? —Christian suelta una risa amarga, dando un paso hacia mí—. ¿Te importa que sea feliz? Me viste morir por ti, Inés. Me viste rogarte de rodillas y me diste un beso de despedida que todavía me quema. Me echaste de tu vida como si fuera basura y ahora vienes a mi puerta a felicitarme porque me he recuperado. Estas demente.
—Lo sé, Christian. Lo sé —repito, casi sin voz. El sentimiento de pérdida definitiva se asienta en mi pecho como un bloque de granito—. Solo... necesitaba verte. Necesitaba saber que eras feliz. Porque si no lo fueras... Moriría.
Él frunce el ceño, captando algo en mis palabras que no encaja con la villana que ha construido en su cabeza. Pero antes de que pueda preguntar, antes de que yo cometa la locura de confesar la verdad, me doy la vuelta.
—Sé muy feliz, Christian —digo, secándome las lágrimas con el dorso de la mano, aunque es inútil—. No dejes que nadie te quite esa luz otra vez. Ni siquiera yo.
Camino hacia mi coche sin mirar atrás. Escucho su respiración a mis espaldas, siento su confusión vibrando en el aire, pero no me detengo. Me subo al coche, cierro la puerta y el silencio me envuelve.
A través del parabrisas empañado por mis lágrimas, lo veo entrar en su casa. Veo cómo Helen sale a su encuentro en el umbral, cómo le pone una mano en el hombro y cómo él, tras un segundo de duda, la abraza y cierra la puerta.
El "clic" de esa cerradura suena en mi cabeza como un disparo. Se ha acabado. El sacrificio es total. Él ya no es mío, ni siquiera en sus recuerdos amargos. Ahora le pertenece a la luz, y yo... yo me quedo aquí, en la oscuridad del motor encendido, siendo la única que sabe que mi "adiós" ha sido el acto de amor más grande y más cruel de mi vida.