El colegio de Abby es un hervidero de madres con sonrisas de plástico y coches de lujo. Yo estoy apoyada contra mi deportivo, con las gafas de sol puestas y esa expresión de "me importa una mierda lo que pienses" que he perfeccionado en los últimos años.
No estoy aquí para pedir permiso. Estoy aquí porque Hele me dio un horario y una misión. Y si para cumplirla tengo que pasar por encima del cadáver social de mi ex familia, que así sea.
—¿Pero qué clase de desfachatez es esta? —la voz chillona de Valeria me llega antes que su perfume—. Inés, vete ahora mismo. No tienes ningún derecho a estar cerca de Abby.
Me quito las gafas de sol con una lentitud exasperante y le dedico una sonrisa ladeada, esa que sé que le dispara la presión arterial.
—Hola, Valeria. Qué alegría verte. ¿Has probado alguna crema nueva? Te veo... especialmente tensa. Las arrugas de la frente empiezan a tener vida propia —suelto, con una calma letal.
—¡Eres una cínica! —grita ella, ignorando que hay padres mirando—. ¿Qué pretendes? ¿Manipular a una niña de cuatro años?
—Pretendo que la niña no se sienta sola mientras tú pierdes el tiempo gritándome en un parking —respondo, cruzándome de brazos—. Helen me pidió que la cuidara. Y eso es lo que hago.
—¡Hele estaba enferma, no sabía lo que decía! —Valeria da un paso hacia mí, pero se detiene en seco.
El ambiente cambia. Es como si el aire se volviera más denso, más pesado. No hace falta que me gire para saber quién ha llegado. El silencio que cae sobre el aparcamiento es la alfombra roja que siempre despliega su presencia.
Cristian. O mejor dicho, el hombre en el que se ha convertido.
Aparece caminando con esa seguridad oscura, casi depredadora. Viste un traje negro impecable, pero su mirada es lo que realmente intimida: fría, cortante, de esas que te hacen querer revisar si todavía tienes pulso.
—Valeria, llévate a Abby al coche —su voz no es un grito; es una orden absoluta.
—Pero Cristian, esta mujer...
—Ahora —sentencia él, sin apartar los ojos de los míos.
Valeria bufa, agarra a la pequeña Abby —que me mira con curiosidad desde detrás de su tía— y se aleja. Me quedo a solas con él. El espacio entre nosotros vibra con un resentimiento que podrías cortar con un cuchillo.
—Te dije que no te quería cerca, Inés —dice él, dando un paso hacia mí. Es mucho más alto de lo que recordaba, o quizá es que su sombra ahora lo abarca todo—. Mi paciencia tiene un límite, no insistas en cruzarlo.
—Tu paciencia me tiene sin cuidado, Cristian —le respondo, sosteniéndole la mirada sin parpadear. Mi corazón grita de dolor, pero mi boca destila en sarcasmo—. Le hice una promesa a Helen. Y a pesar de lo que crees, yo sí cumplo mis promesas.
Cristian acorta la distancia. Me agarra del antebrazo, con fuerza.
—No vuelvas a usar el nombre de mi esposa para justificar tu obsesión —sisea cerca de mi rostro—. No eres bienvenida. Eres un fantasma que se niega a descansar, y te juro que si vuelvo a verte cerca de mi hija, me encargaré de que desees no haber regresado nunca a esta ciudad.
—Qué miedo, Cristian —le suelto, usando su nombre que sé que odia cuando sale de mis labios—. Pero aquí está el detalle: no me voy a ir. Puedes intentar borrarme, puedes odiarme, puedes lanzarme a tus perros... pero voy a estar ahí. Porque Abby necesita suavidad, y tú ahora mismo eres tan suave como una lija de grano grueso.
Él aprieta la mandíbula. Veo una chispa de algo parecido a un odio puro en sus ojos.
Flashback
—Cristian es orgulloso, Inés —me dijo Helen, mientras yo le preparaba un té en su cocina, a escondidas de todos—. Se va a convertir en una bestia para protegerse del dolor. Tienes que ser la única persona que no le tenga miedo a esa bestia.
Presente.
—Vete a casa, Inés —dice él, soltándome el brazo como si quemara—. Antes de que haga algo de lo que ambos nos arrepintamos.
—Ya nos arrepentimos de muchas cosas, ¿no? —le lanzo, mientras me pongo las gafas de sol de nuevo—. Nos vemos mañana, Cristian. Abby se dejó el lazo del pelo en el columpio. Mañana se lo traigo.
Me subo al coche y arranco, dejando a Cristian parado en mitad del parking. A través del retrovisor, veo que no se mueve. Se queda mirando mi coche alejarse.
Sé que me odia. Sé que piensa que soy el diablo. Pero sonrío para mis adentros. Por muy lento que sea el camino, voy a hacer que sienta el calor, aunque tenga que quemar todo su mundo de hielo para lograrlo.