La casa de Cristian es un monumento a la sobriedad y al control. No hay fotos mías, por supuesto. Es un espacio diseñado para olvidar, pero el olor a café y maderas nobles me golpea con la fuerza de un recuerdo que se niega a morir.
Entré sin esperar a que la empleada me anunciara. Subí las escaleras con el corazón martilleando contra mis costillas, aunque mi rostro proyectara una calma insultante. En mi mano, apretaba el pequeño lazo rosa de Abby. Era mi entrada al refugio de Cristian.
Abrí la puerta de su despacho sin llamar.
Cristian estaba sentado tras su escritorio de caoba, envuelto en la penumbra que solo rompía la luz de un flexo. Al verme, su mandíbula se tensó tanto que temí que se partiera. Se puso de pie con una lentitud amenazante, llenando la habitación con su estatura y esa aura de autoridad que ahora lo envolvía como una armadura.
—¿Es que no conoces el concepto de propiedad privada, Inés? —su voz era un gruñido bajo, peligroso—. Te dije que no te quería aquí.
—Y yo te dije que Abby se dejó esto —dejé el lazo sobre el escritorio, justo frente a él. Mis dedos rozaron la madera y sentí una descarga eléctrica recorrer mi brazo. Me obligué a no retroceder—. No quería que mañana llorara porque no lo encontraba. Ya ha llorado suficiente estos días, ¿no crees?
Cristian rodeó el escritorio. Se detuvo a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio personal con una arrogancia que me hizo arder la sangre. Me obligué a sostenerle la mirada. Mis ojos decían "me das igual", pero por dentro, mi corazón gritaba que iría al fin del mundo por él.
—Eres increíble —siseó él, inclinándose hasta que su aliento rozó mi mejilla—. Vienes aquí, a la casa de la mujer que acabamos de enterrar, con tus aires de superioridad y tus frases ensayadas. ¿Qué buscas? ¿Lástima? ¿Redención?
—Busco que dejes de ser un imbécil integral por cinco minutos —le solté, con esa chispa que siempre salta cuando me siento acorralada—. Hele no está, Cristian. Y aunque me odies con cada fibra de tu ser, soy la persona a la que ella le pidió que cuidara de Abby porque entiendo lo que es la perdida.
Él me agarró del brazo, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de tormenta.
—Tú no entiendes nada —dijo con una furia contenida que me hizo vibrar—. Tú te fuiste porque quisiste. Tú rompiste todo porque te aburriste de nosotros. No te atrevas a comparar tu egoísmo con mi pérdida.
Me dolió. Me dolió tanto que por un segundo sentí que las lágrimas iban a traicionarme. Pero me tragué el nudo.
—Si creer eso te ayuda a dormir por las noches, adelante, Cristian —le dije, acercándome aún más, desafiando su dominio—. Odiarme es lo único que te mantiene con vida ahora mismo, ¿verdad? Es más fácil odiarme a mí que enfrentar el vacío que tienes en el pecho.
Él apretó el agarre en mi brazo. Por un momento, creí que iba a echarme a patadas. La tensión era física, casi insoportable.
Flashback (Hace quince días - Perspectiva de Inés):
—Le va a doler verte, Inés —me susurró Hele desde la cama del hospital, con la voz apenas audible—. Pero ese dolor es lo único que le recordará que sigue vivo. No dejes que se vuelva de piedra.
Presente.
—Vete de aquí, Inés —dijo él, su voz era ahora una cuerda tensa a punto de romperse. Me soltó el brazo como si mi piel lo quemara.
Salí del despacho sin mirar atrás, pero al cerrar la puerta, tuve que apoyarme contra la pared del pasillo para no caerme. Me temblaban las piernas. Me dolía el alma. Cristian me odiaba con una intensidad que me dejaba sin aire, quería creer que, por unos minutos, sus ojos habían brillado con algo más que ceniza.
Me fui de la casa bajo la lluvia, sintiéndome más sola que nunca.