Lo que Solíamos Ser

Set Fire to the Rain

Cristian

​El invierno ha llegado a esta casa antes de tiempo. Se siente en las corrientes de aire que recorren los pasillos y en el frío que se me ha instalado en los huesos desde que Helem se fue. Pero hay un calor que me irrita, un fuego que no puedo apagar y que tiene nombre propio: Inés.

​La veo desde la ventana de mi despacho. Está ahí abajo, en el jardín, ayudando a Abby a recoger hojas secas. Se mueven con una sintonía que me revuelve el estómago. Inés no debería estar aquí. Debería estar en algún lugar lujoso, con uno de esos hombres que colecciona, olvidando que alguna vez fuimos algo.

​Pero no se va. Se queda. Se filtra por las grietas de mi vida como la humedad, y lo peor es que mi hija la busca con una desesperación que me hace sentir insuficiente.

​Bajo las escaleras con paso firme. Cada vez que la veo, el resentimiento me quema la garganta. Quiero que se vaya. Quiero que desaparezca de mi vista porque cada vez que respira cerca de mí, mi armadura de granito se agrieta. Me aterra que, después de toda la basura que nos lanzó encima, su presencia siga siendo lo único que me hace sentir que todavía tengo pulso.

​Salgo al jardín. El aire frío me golpea la cara, pero no es suficiente para enfriar la rabia que me sube por el pecho.

​—Abby, entra en casa. Ya es tarde —mi voz es una orden que no admite réplicas. Mi hija me mira, nota la tensión en mis hombros y obedece en silencio, arrastrando el peluche que Inés le dio.

​Nos quedamos solos. El silencio entre nosotros es un campo de minas. Inés se levanta, sacudiéndose las rodillas, y me mira con esa calma insolente, esa seguridad de quien sabe que tiene un poder sobre mí que yo me niego a admitir.

​—¿Hasta cuándo, Inés? —pregunto, acercándome a ella. Me detengo cuando estoy lo suficientemente cerca para notar su perfume, ese aroma que me persigue en mis pesadillas—. ¿Hasta cuándo vas a seguir jugando a la salvadora? ¿No te cansas de mendigar un lugar en esta casa?

​—No mendigo nada, Cristian —responde ella, y su voz es un hilo de seda que me corta como un bisturí—. Cumplo una promesa. Si te molesta mi presencia, cierra los ojos.

​Le agarro el brazo, tirando de ella hacia mí. No debería tocarla. Sé que tocarla es como prender fuego a la lluvia; es invocar una tormenta que no sé si puedo controlar. Siento su piel cálida bajo mis dedos y el resentimiento estalla en mi cabeza. La odio por irse. La odio por volver. La odio porque, a pesar de todo, mi cuerpo reconoce el suyo como si nunca nos hubiéramos separado.

​—Te quiero fuera de mi vista —siseo, inclinándome sobre ella, invadiendo su espacio con toda la oscuridad que llevo dentro—. Te quiero tan lejos que tu nombre deje de sonar en mi cabeza. Me das asco, Inés. Me da asco que pienses que puedes entrar aquí y reparar el desastre que provocaste.

​—Mientes —dice ella, sin apartar la mirada, desafiando mi autoridad—. No te doy asco. Te doy miedo.Te da miedo que sepa exactamente qué hay detrás de ese traje de hombre duro y resentido.

​Aprieto el agarre. Mis ojos recorren su rostro, buscando una grieta, buscando la mentira, pero solo encuentro esa fortaleza que me desquicia. Mi mente me dice que la eche a patadas, pero mi mano se niega a soltarla. Es una lucha de poder enferma. Quiero destruirla para dejar de necesitarla. Quiero prenderle fuego a todo lo que fuimos para ver si entre las cenizas por fin encuentro algo de paz.

​—No eres nadie para mí —le digo, aunque mi voz suena más ronca de lo que debería—. Solo eres la madre del hijo que perdí y la mujer que me traicionó. No busques más que eso, porque no lo hay.

​La suelto bruscamente, como si me hubiera quemado. Me doy la vuelta y camino hacia la casa sin mirar atrás, sintiendo sus ojos clavados en mi nuca. El resentimiento es mi único refugio, la única forma que tengo de no caer de rodillas y pedirle que me explique por qué lo hizo, que me devuelva la luz.

​Entro en el salón y me sirvo una copa de whisky, con las manos aún vibrando. Miro por la ventana y veo su coche alejándose. Debería sentir alivio, pero solo siento un vacío atronador. He vuelto a prender fuego a la lluvia, he vuelto a rechazarla con todas mis fuerzas, y sin embargo, aquí estoy, contando los minutos para que mañana vuelva a cruzar esa puerta, solo para tener el placer de odiarla un día más.



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#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

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