Lo que Solíamos Ser

Set Fire to the Rain II

Hay un ruido en la cocina que no debería estar ahí. Es medianoche. Hele ya no está para asaltar la nevera buscando algo dulce, y Abby duerme el sueño profundo de los que aún no saben que el mundo es un lugar que te rompe las promesas.

​Bajo las escaleras en silencio, con la mandíbula tan tensa que me duelen los oídos. La encuentro allí, de espaldas, guardando unos tápers en la nevera. Inés. Siempre Inés. Se mueve por mi casa como si no hubiera pasado una década de traiciones, como si el suelo que pisa no estuviera minado por el resentimiento que le tengo.

​—¿Te han dado las llaves de la ciudad o solo las de mi paciencia? —mi voz suena como el crujido de un cristal roto en la oscuridad.

​Ella no se asusta. Ni siquiera salta. Se gira con esa lentitud exasperante, sosteniendo un paño de cocina. Me mira de arriba abajo, deteniéndose en mi vaso de whisky y en mi camisa desabrochada. Sus ojos no muestran miedo; muestran esa comprensión silenciosa que me dan ganas de estampar el vaso contra la pared.

​—Abby no ha comido bien hoy, Cristian. Le he dejado su comida favorita preparada para mañana —dice ella, con esa voz que es un insulto a mi autoridad—. Y he rellenado el dispensador de vitaminas. No lo habías tocado en una semana.

​—No necesito una asistenta, Inés. Y mucho menos una que use el disfraz de "exmujer arrepentida". Vete de mi puta casa.

​Me acerco a ella, invadiendo su espacio, obligándola a retroceder hasta que choca contra el mármol de la encimera. Quiero que sienta mi furia, quiero que vea que no hay nada de aquel hombre que le suplicaba amor. Pero cuando estoy a centímetros de su rostro, el aire se vuelve escaso. El olor de su piel me golpea como un trauma. Es el olor de mis mejores años y de mis peores pesadillas.

​Siento una urgencia violenta de agarrarla, de sacudirla hasta que confiese por qué demonios no me deja en paz. El resentimiento es un fuego que intento alimentar con cada uno de sus errores pasados —el médico, los otros hombres, su frialdad—, pero cuanto más le grito, más parece que me estoy gritando a mí mismo. La quiero lejos porque tenerla cerca es admitir que sigo quemándome por ella.

​—¿Por qué no te vas, Inés? —le susurro, con el rostro tan cerca del suyo que puedo ver el brillo de su determinación—. Tienes dinero, tienes tu vida, tienes a quien quieras en tu cama. ¿Por qué venir aquí a que te humille? ¿Tanto te gusta el dolor?

​—Me gusta cumplir lo que prometo —responde ella, sin pestañear—. Y te prometo que puedes decirme lo que quieras, puedes intentar echarme mil veces, pero no voy a dejar a Abby sola en este mausoleo que llamas hogar. Estás muerto en vida, Cristian. Y no voy a dejar que entierres a tu hija contigo.

​Le agarro el mentón, obligándola a mirarme. Mi pulgar presiona su labio inferior con una fuerza que roza la crueldad. Lo que siento no es ternura; es una sed de justicia distorsionada. Quiero que sufra, quiero que sienta este incendio que llevo dentro. Pero al tocarla, la lluvia cae. El dolor de perder a Helen, el vacío de la casa, la rabia de los años perdidos... todo se mezcla en un cóctel insoportable.

​—No vuelvas a hablar de mi hija —siseo—. No tienes derecho a mencionarla. Tú renunciaste al derecho de ser familia el día que decidiste que yo no era suficiente.

​—Nunca dije que no fueras suficiente —suelta ella, y por un microsegundo, su máscara de hierro flaquea.

​—¡Lo demostraste con cada paso que diste lejos de mí! —le grito, soltándola como si su piel fuera ácido—. Vete. Ahora mismo. Si mañana te encuentro aquí cuando despierte, llamaré a la policía. Me da igual el escándalo. Me da igual lo que Helen te dijera.

​Inés me mira un largo rato. No hay odio en sus ojos, y eso es lo que más me duele. Hay una piedad que me destruye. Recoge su bolso, camina hacia la puerta y, antes de salir, se detiene.

​—Puedes prenderle fuego a todo lo que quieras, Cristian. Puedes quemar mis fotos, mis recuerdos, a mi. Pero mientras llueva, el fuego no se va a apagar. Y tú estás empapado en dolor. Nos vemos mañana.

​Escucho el cierre de la puerta principal y el silencio vuelve a devorarlo todo. Me quedo solo en la cocina, con el corazón martilleando contra las costillas y el vaso de whisky olvidado. La odio. La odio con una intensidad que me asusta. Pero mientras miro el lugar donde estaba parada, me doy cuenta de que el incendio no se ha apagado. Al contrario, sus palabras han sido gasolina.

​No quiero que esté aquí, pero el hecho de saber que mañana volverá es lo único que impide que me desmorone por completo en esta oscuridad. Y eso, más que cualquier otra cosa, es lo que nunca le voy a perdonar.



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#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

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