Lo que Solíamos Ser

Ser Fire to the Rain III

​Han pasado cuatro días. Cuatro días viéndola entrar y salir de mi casa como un fantasma que se niega a cruzar al otro lado. Cuatro días más aguantando el nudo en la garganta cada vez que Abby corre a abrazarla.

​El vaso de whisky ya no me quema lo suficiente para adormecer la rabia. Estoy de pie en el umbral del salón, observándola. Inés está doblando un pequeño abrigo de Abby. Lo hace con una delicadeza meticulosa, con el mentón ligeramente elevado, como si fuera la dueña de este lugar, como si no hubiera destruido mi vida pieza por pieza.

​Y de repente, algo dentro de mí hace cortocircuito. El resentimiento que he estado conteniendo, la culpa de desear a la mujer equivocada mientras la tumba de mi esposa sigue fresca... todo explota.

​Cruzo el salón con zancadas que hacen temblar el suelo. La agarro por el brazo y la giro bruscamente, haciendo que el abrigo caiga a la alfombra. Ella no grita. Me mira con esa calma glacial que me enciende la sangre.

​—Ya basta —siseo, y mi voz suena extraña, gutural, cargada de bilis—. Se acabó el teatro, Inés. ¿Qué quieres? ¿Que te dé las gracias? ¿Que te perdone?

​—Suéltame, Cristian. Estás borracho —dice ella, con una frialdad que me enferma.

​—¡No estoy lo suficientemente borracho para olvidar! —le grito, soltándola con un empujón que la hace retroceder un paso, aunque no pierde el equilibrio. Su barbilla sigue alta, desafiante—. ¡No puedo olvidar que te fuiste sin decir una maldita palabra! ¡Que me dejaste pudriéndome en el silencio mientras corrías a la cama de Adrián! ¡A la cama del hombre que estuvo allí cuando nuestro mundo se hundió!

​Inés aprieta los labios, pero no desvía la mirada. Sus ojos oscuros me sostienen el pulso. No se defiende. Eso me enfurece aún más.

​—Y luego te convertiste en... en eso —escupo las palabras con asco—. De un hombre a otro. Desfilando por la ciudad para asegurarte de que me enterara de lo poco que te importó lo nuestro. Te ensuciaste. Te vaciaste por dentro.

​Doy un paso hacia ella, acorralándola contra el respaldo del sofá. Mi respiración choca contra su rostro.

​—Pero, ¿sabes qué es lo que más me mata? —mi voz se quiebra, bajando a un susurro cargado de odio y desesperación—. El día de mi compromiso. Viniste a mi puerta de noche. Lloraste. Me dijiste que me merecía lo mejor. ¿Sabes lo enfermo que estoy, Inés? Si esa noche... si en ese maldito instante me hubieras dicho que me amabas, lo habría dejado todo. Habría tirado el anillo, habría destrozado a Helen, habría quemado mi maldita vida entera solo para volver contigo.

​Inés traga saliva. Es un movimiento casi imperceptible, pero lo veo. Sus pestañas tiemblan, aunque su rostro sigue siendo una pared de mármol.

​—Y te odio por eso —continúo, sintiendo cómo mis propias lágrimas de frustración me queman los ojos—. Te odio porque Helem era un ángel. Ella era leal, era luz, era todo lo que tú jamás serás. No le llegas ni a la suela de los zapatos. Y, sin embargo, mi maldito y podrido ser te elegiría a ti. Mil veces a ti. Eres mi peor error y no puedo arrancarte de mí.

Me alejo un paso, mirándola con el mayor desprecio del que soy capaz de reunir.

​—De hecho —escupo cada palabra como si fuera ácido—, doy gracias a Dios de que las cosas terminaran así. Que perdiéramos a ese hijo fue lo mejor que nos pudo pasar.

​El aire se congela. Veo cómo la garganta de Inés hace un movimiento brusco al tragar saliva, pero sus ojos siguen fijos en los míos.

​—Sí, Inés. Lo mejor. Porque si hubiera nacido, hoy estaría atado a ti para siempre. Y no hay nada que me dé más asco que la idea de compartir una vida, o un hijo, contigo. Quiero que desaparezcas. Que te largues de mi casa, de mi vista y de mi vida de una vez por todas. A ver si así, sin tu maldita sombra acechándome, encuentro un poco de la paz que me robaste.

​El silencio que sigue a mis palabras es atronador. Le he lanzado todo mi veneno, he desnudado la parte más patética y oscura de mi alma. Espero que me abofetee. Espero que se derrumbe, que me grite.

​Pero Inés hace algo peor.

​Me mira de arriba abajo, ajusta el cuello de su blusa de seda, y con una postura de una dignidad casi insultante, me responde:

​—Si ya has terminado de revolcarte en tu propia miseria, me voy. Abby tiene su merienda en la nevera. Buenas noches, Cristian.

​Pasa por mi lado, su perfume rozándome como una cuchilla, y camina hacia la puerta sin mirar atrás. El portazo resuena en toda la casa, dejándome ahogado en mi propia destrucción. He intentado quemarla viva con mis palabras, pero el único que se está volviendo cenizas soy yo.

​Camino arrastrando los pies hasta mi despacho. Me dejo caer en la silla de cuero frente a los monitores de seguridad. Necesito ver que su coche se aleja. Necesito confirmar que ha salido de mi territorio.

​Miro la pantalla que enfoca el camino de entrada.

​Inés camina hacia su deportivo. Pero sus pasos se vuelven erráticos. Llega a la puerta del copiloto y, de repente, sus rodillas ceden. Cae al suelo asfaltado, apoyando la espalda contra la rueda.

​Me inclino hacia el monitor, frunciendo el ceño.

​La mujer de hierro se ha desmoronado. Se abraza el estómago como si la hubiera apuñalado. A través de la lente infrarroja, veo cómo su pecho sube y baja en espasmos violentos, arrancándose el cabello con las manos, llorando con una desesperación tan cruda y silenciosa que se me hiela la sangre en las venas. Parece un animal herido, muriéndose sola en medio de la noche.

​Mi corazón da un vuelco. ¿Qué he hecho? Mi mano vuela hacia el botón del intercomunicador. Estoy a punto de salir corriendo.

​Pero entonces, unas luces iluminan la cámara. Es el coche de mi hermana. Valeria acaba de aparcar a escasos metros de ella.

​Lo que veo a continuación desafía toda la lógica que creía tener sobre Inés.

​En un segundo, la mujer que se estaba desangrando de dolor en el asfalto se detiene en seco. Inés se pone de pie, se sacude el polvo del pantalón, se alisa el cabello con dos movimientos precisos de sus manos y levanta la barbilla.



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#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

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