Conducir de vuelta a mi apartamento con la visión borrosa es un deporte de riesgo, pero sobrevivir a las palabras de Cristian fue un milagro mayor.
“Doy gracias a Dios de que las cosas terminaran así. Que perdiéramos a ese hijo fue lo mejor que nos pudo pasar”.
La frase se repite en mi cabeza como un disco rayado. Me duele físicamente, un dolor sordo y constante en el centro del pecho. Había ensayado mil formas de recibir su odio, me había preparado para insultos, para que me llamara zorra, mala mujer, egoísta. Pero que usara a nuestro hijo... que usara la razón misma por la que le entregué mi vida entera para destruirme, fue un golpe bajo que casi logra romperme frente a él.
Casi.
Aparco el coche en el garaje subterráneo de mi edificio. Me miro en el espejo retrovisor. Mis ojos están rojos y tengo las mejillas manchadas de rímel. Tomo una toallita desmaquillante de la guantera y me limpio el rostro con movimientos mecánicos y bruscos. No hay espacio para la autocompasión. Si empiezo a llorar ahora, no podré levantarme mañana. Y mañana tengo que volver. Porque Abby sigue ahí, y porque la promesa que le hice a Helen no tiene cláusula de rescisión por "corazón roto".
—Trátame suave —murmuro hacia el asiento vacío, apoyando la frente en el volante—. Solo un poco.
Subo a mi apartamento y me sirvo una copa de vino. La casa está en silencio, un silencio muy distinto al de la mansión de Cristian. El suyo está lleno de fantasmas; el mío está vacío.
Me siento en el sofá y reviso el teléfono. Hay un mensaje de Valeria, por supuesto.
“No sé qué demonios viniste a hacer hoy, pero espero que te haya quedado claro que no perteneces aquí. Deja a mi hermano en paz de una vez.”
Bloqueo la pantalla y dejo el móvil boca abajo. No le voy a contestar. No voy a gastar energía en Valeria cuando necesito cada gota para enfrentar a Cristian mañana.
A la mañana siguiente, me preparo para la batalla. Elijo un vestido azul marino, de corte impecable, y unos tacones que suenan como advertencias sobre el suelo de mármol. Me recojo el pelo en un moño tirante. Es mi armadura. La Inés vulnerable se quedó anoche llorando junto a la rueda del coche; la que va a recoger a Abby al colegio hoy es inexpugnable.
Llego a la casa a la hora de siempre. El coche de Cristian está en la entrada, lo que significa que no ha ido a la oficina. Respiro hondo, preparándome para los gritos o para encontrar mis cosas tiradas en el jardín.
Uso mi llave —la que me dio Helen— y entro.
—Abby está arriba, terminando de vestirse —la voz de Cristian me llega desde el salón antes de que pueda quitarme el abrigo.
Me giro despacio. Está sentado en el sillón individual, leyendo unos documentos. Lleva una camisa gris oscuro, sin corbata, y tiene ojeras profundas. Espero que levante la vista y me lance otra mirada cargada de veneno, espero que me ordene que me largue como prometió anoche.
Pero no lo hace.
En su lugar, deja los papeles sobre la mesa de centro y me mira. Es una mirada extraña. No hay fuego, ni gritos, ni ese desprecio frío que suele usar como escudo. Hay... observación. Me escudriña de arriba abajo, deteniéndose en mi postura rígida, en mi barbilla en alto, como si estuviera buscando un fallo en el sistema.
—Pensé que después de tu discurso de anoche cambiarías la cerradura —digo, cruzándome de brazos, manteniendo mi tono uniforme y ligeramente sarcástico. No voy a darle el placer de ver que me afectó.
Él se levanta lentamente. Su presencia sigue siendo tan imponente como siempre, pero algo en su energía ha cambiado.
—Dije muchas cosas anoche —responde, acercándose unos pasos, pero manteniendo una distancia prudencial—. Y tú no dijiste nada.
—No tenía nada que añadir a tu monólogo. Fue muy elocuente —le devuelvo, arqueando una ceja—. ¿Vas a dejarme subir a ver a tu hija, o seguimos analizando mi falta de respuesta?
Cristian da un paso más. El instinto me dice que retroceda, que me aleje de ese hombre que anoche me destrozó el alma, pero me obligo a clavar los tacones en el suelo.
—¿Por qué volviste hoy, Inés? —pregunta, bajando la voz. Sus ojos oscuros intentan perforar mi fachada, buscando la grieta que, sin él saberlo, casi expongo anoche—. Después de todo lo que te dije... cualquier persona con un mínimo de amor propio no habría vuelto a pisar esta casa.
—Supongo que mi amor propio es diferente al tuyo, Cristian —digo, sosteniéndole la mirada con frialdad—. Te lo he dicho mil veces: estoy aquí por Abby y por Helen. Lo que tú pienses de mí, tus insultos, tus arranques de ira... me son irrelevantes. Eres un ruido de fondo molesto, nada más.
Es mentira. Es la mentira más grande que he dicho en mi vida. Su odio es un cuchillo que me gira en las entrañas a cada segundo, pero jamás dejaré que lo vea.
Él aprieta la mandíbula, pero en lugar de estallar como esperaba, hace algo que me descoloca por completo. Levanta la mano, como si fuera a tocarme el rostro. Me tenso, preparándome para apartar la cara, pero se detiene a escasos milímetros de mi mejilla y deja caer el brazo a su costado.
—Bien —dice, y su voz es ronca, pensativa—. Sube a verla.
Se da la vuelta y vuelve a su despacho, dejándome sola en el pasillo, con el corazón latiendo a mil por hora.
Respiro hondo, intentando calmar el temblor de mis manos. No entiendo qué acaba de pasar. No hubo insultos. No hubo reproches. Solo esa mirada analítica que me hace sentir más expuesta que todos sus gritos juntos.
Subo las escaleras hacia la habitación de Abby, ajustando mi armadura. Cristian cree que me conoce, cree que me odia, y yo necesito que siga siendo así. Porque si alguna vez descubre la verdad, si alguna vez ve a la Inés que llora en los garajes pidiendo un poco de piedad, todo mi sacrificio no habrá servido de nada.