Lo que Solíamos Ser

Easy on Me II

La cocina está en penumbra, solo iluminada por la luz sobre la encimera. Estoy preparando el almuerzo de Abby para mañana. Es un ritual que me mantiene cuerda, una tarea mecánica que me permite fingir que tengo un lugar en este rompecabezas roto.

​Escucho sus pasos. No son los pasos pesados y erráticos de la otra noche, cuando el alcohol y la furia lo dominaban. Son pasos lentos, deliberados.

Cristian entra en la cocina. No dice nada. Se apoya contra la isla central, justo frente a mí, y se sirve un vaso de agua. Siento su mirada fija en mis manos mientras cierro la fiambrera de la niña. La proximidad es asfixiante. Su presencia ocupa todo el aire de la habitación, recordándome que, aunque me odie, siempre hemos encajado en este espacio.

​Las palabras resuenan en mi mente como una confesión que nunca haré. Éramos tan jóvenes cuando el monitor del hospital se quedó en silencio. No tuve tiempo de elegir, Cristian. Me estaba ahogando y la única forma de que tú nadaras era soltándote la mano. Ten piedad de mí.

​—¿Por qué no me gritas, Inés? —su voz es baja, casi un susurro que me eriza el vello de la nuca.

​Levanto la vista, ajustando mi máscara de indiferencia. Mis manos no tiemblan, aunque por dentro me estoy deshaciendo.

​—¿Gritarte? ¿Para qué? Ya hay suficiente ruido en esta casa, Cristian —respondo con una calma cortante.

​Él deja el vaso sobre el mármol y rodea la isla. Se detiene a escasos centímetros. Puedo oler su perfume, ese aroma a noche y tormenta que me hace querer cerrar los ojos y apoyarme en su pecho. Pero no lo hago. Me quedo rígida, con la barbilla en alto, sosteniéndole la mirada.

​—Llevo días dándole vueltas a lo que pasó la otra noche —dice, y su tono no es de reproche, sino de una curiosidad peligrosa—. Te dije las cosas más atroces que un hombre puede decirle a una mujer. Usé a nuestro hijo para herirte. Y tú... no te defendiste. Ni una palabra. Ni una lágrima.

​—Ya te lo dije, Cristian. Tus palabras no tienen el poder de herirme —miento, y la mentira me quema la garganta.

​Él inclina la cabeza, estudiándome como si fuera un mapa antiguo cuyas rutas han cambiado. De repente, levanta la mano. Mi instinto es retroceder, pero mis pies están clavados al suelo. Con una lentitud que me tortura, estira el dedo índice y aparta un mechón de pelo que se ha escapado de mi moño, colocándolo detrás de mi oreja. El roce de su piel contra la mía es una descarga eléctrica que me recorre la columna.

​—Antes no sabías mentir, Inés —murmura, y su rostro está tan cerca que su aliento cálido empaña mis sentidos—. Se te llenaban los ojos de agua por cualquier cosa. Ahora eres una experta. Tienes una armadura que parece de acero.

​—La gente cambia, Cristian. Deberías saberlo. Tú no eres precisamente el mismo hombre que conocí.

​—No —admite él, y su mano no se retira, sino que baja por mi mandíbula, apenas rozándome—. Pero esa noche te vi salir de aquí. Te vi por las cámaras del jardín.

​Me quedo helada. El corazón me da un vuelco violento. Él me vio. Vio a la mujer que se derrumbó contra la rueda del coche. Vio mis entrañas desgarradas.

​—Vi cómo te recomponías frente a Valeria en un segundo —continúa, y su voz tiene un matiz de admiración amarga—. Fue una actuación digna de un Oscar. Y eso me hace preguntarme... ¿qué más estás fingiendo? ¿Qué hay debajo de esa sonrisa de suficiencia que le lanzas a mi hermana?

​—Estás obsesionándote, Cristian —suelto, tratando de recuperar mi espacio, pero él me bloquea el paso con el brazo apoyado en la encimera—. Lo que viste fue cansancio. Nada más.

​—Mientes —sentencia él. Da un paso más, acorralándome entre su cuerpo y el mármol. Me mira directamente a los ojos, buscando la verdad—. Sé honesta conmigo, Inés. Dime por qué te dejas pisotear por todos nosotros y sigues volviendo cada mañana. Nadie es tan masoquista. Nadie aguanta tanto odio por una simple promesa de una muerta.

​Siento el impulso de agarrar su camisa, de llorar en su hombro y contarle que mi útero está vacío, que mi alma está rota y que lo amo tanto que prefiero que me odie a que me compadezca. Pero el secreto es mi único escudo.

​—Vete a dormir, Cristian —le digo, recuperando mi voz, esa que no tiembla—. Estás buscando fantasmas donde solo hay una mujer que cumple con su deber. Mañana tengo que llevar a Abby al colegio temprano. Hazte un favor y deja de intentar leerme. No te va a gustar lo que encuentres.

​Él me mira un largo rato más. Por un segundo, su mirada baja a mis labios y el tiempo se detiene. La tensión es tan real que casi puedo tocarla. Luego, asiente despacio, retira el brazo y se aleja hacia la puerta.

​—Puede que tengas razón —dice antes de salir—. Puede que no me guste. Pero voy a descubrirlo, Inés. Porque la mujer que llora en la oscuridad no es la mujer que me escupe sarcasmos en la cocina. Y quiero saber cuál de las dos es la que realmente está en mi casa.

​Se va, dejándome sola con el sonido de mi propia respiración agitada. Me apoyo en la encimera, sintiendo que me fallan las piernas.

​Él ya no me grita. Ahora me observa. Y eso es infinitamente más peligroso. Porque si Cristian deja de odiarme y empieza a sentir curiosidad, mi máscara no va a durar ni un asalto más.



#740 en Otros
#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

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