Lo que Solíamos Ser

Easy On Me III

Hay días en los que el aire pesa más de lo normal. Hoy es uno de esos.

​Mis padres han venido a la ciudad. No para verme a mí, por supuesto, sino para visitar la tumba de Helen y, según sus palabras, "pedir disculpas a Cristian por la hija que criaron". Me citaron en una cafetería cerca de la casa de él. No quería ir, pero el ruego silencioso en mi pecho me decía que, tal vez, si los veía, encontraría un poco de esa suavidad que necesitaba.

​Me equivoqué. No hay oro, solo lodo.

​—Es una vergüenza, Inés —dice mi madre, dejando la taza de té con un golpe seco—. Ver a Cristian así, tan solo, cuidando a esa niña... y saber que tú podrías haber sido quien estuviera ahí si no hubieras sido tan egoísta.

​—Elegiste a ese médico —añade mi padre, mirándome con una decepción que ya ni siquiera me duele—. Dejaste a un hombre de oro por un capricho. Y ahora pretendes limpiar tu conciencia jugando a ser la niñera de Abby. Ten un poco de dignidad y vete de sus vidas.

​Mantengo la barbilla en alto. Mi máscara está perfectamente colocada, pero por dentro me estoy desangrando. Sean suaves conmigo, pienso. No saben nada. No saben que perdí mi capacidad de ser madre y lo oculte para que ese hombre no se hundiera conmigo.

​—Mi dignidad está intacta, papá —respondo con una sonrisa gélida—. Y lo que yo haga con mi tiempo no es asunto vuestro. Si habéis venido solo para esto, podéis pedir la cuenta.

​—¡Eres una cínica! —exclama mi madre, alzando la voz—. No sé en qué te has convertido. Miras a todo el mundo por encima del hombro mientras tu nombre está por los suelos. Helen era una santa, y tú...

​—Y ella no es Helen.

​Esa voz.

​Me quedo helada. No necesito girarme para saber que Cristian está detrás de mí. Siento su calor, su aroma a tormenta y esa autoridad que hace que el resto de la cafetería se desvanezca. Se coloca a mi lado, poniendo una mano sobre el respaldo de mi silla. Es un gesto posesivo, casi protector, que me descoloca por completo.

​—Cristian, querido... —mi madre cambia el tono al instante, tratando de suavizar el rostro—. No sabíamos que vendrías. Estábamos intentando que Inés entendiera el daño que ha hecho...

​—He oído suficiente —dice él. Su voz es un hilo de acero, baja y peligrosa—. Inés está en mi casa porque yo lo permito. Cuida de mi hija porque es la única en la que Abby confía. Así que, si tienen algún problema con su conducta, me lo dicen a mí. Pero no voy a permitir que la sigan humillando en público.

​Mis padres se quedan boquiabiertos. Yo también. Miro a Cristian de reojo, buscando el rastro del hombre que me dijo que yo no le llegaba a la suela de los zapatos a Helen. No lo encuentro. Solo veo a ese hombre oscuro e imponente que no permite que nadie toque lo que considera "suyo", aunque diga odiarlo.

​—Pero Cristian... ella te traicionó —balbucea mi padre.

​—Eso es algo entre ella y yo —sentencia él, clavando su mirada en la de mi padre con una frialdad absoluta—. Paguen la cuenta y váyanse. Inés se viene conmigo.

​Es una orden. Me agarra del antebrazo —otra vez ese contacto que me quema— y me obliga a levantarme. Salimos de la cafetería bajo la mirada atónita de mis padres. Una vez en la acera, el aire frío me golpea, pero nada me hiela tanto como el silencio de Cristian.

​Me suelta el brazo bruscamente.

​—¿Por qué has hecho eso? —le pregunto, tratando de que mi voz no tiemble—. Ellos saben que me dijiste que me odiabas. Que querías que desapareciera.

​Él se gira hacia mí. Sus ojos están encendidos, una mezcla de rabia y algo que no alcanzo a descifrar. Me acorrala contra la pared del edificio, invadiendo mi espacio con esa agresividad contenida que me corta la respiración.

​—Te odio, Inés. Eso no ha cambiado —sisea, apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza—. Me das asco y me duele verte cada mañana. Pero eres mi castigo. Nadie más tiene derecho a juzgarte ni a decirte quién eres. Solo yo.

​—No necesito que me defiendas, Cristian —le respondo, recuperando mi arrogancia defensiva—. Sé defenderme sola. No soy una víctima.

​—Lo sé —dice él, y de repente su mirada baja a mis labios. Por un segundo, la máscara de odio se agrieta y veo al Cristian que me amaba con locura—. Sé que no eres una víctima. Por eso me saca de quicio que te quedes callada cuando te insultan. ¿Por qué lo haces, Inés? ¿Por qué dejas que te pisen?

​Me quedo sin aliento. Me ha atrapado.

​—No sé de qué hablas —intento zafarme, pero él no se mueve. Es un bloque de granito.

​—Mientes. Otra vez —murmura, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices se rozan—. Estás escondiendo algo. Y te juro que no voy a parar hasta que me lo digas. Porque, cuando te vi llorar así... sentí algo que no debería sentir por una mujer como tú.

​—¿Y qué es lo que sientes, Cristian? —le desafío, con el corazón martilleando contra mis costillas—. ¿Lástima? Guárdatela. No la quiero.

​—No es lástima —responde él, y su voz baja a un susurro que me hace vibrar el alma—. Es necesidad. Necesidad de entender por qué te sigo queriendo matar y besar al mismo tiempo.

​Se aleja de golpe, dejándome apoyada contra la pared, tiritando de frío y de fuego contenido. Me lanza una última mirada, una que promete que la tregua ha terminado, y camina hacia su coche.

​—Sube. Abby nos espera para comer.

​Me subo al coche en silencio. Si sigue mirándome así, si sigue protegiéndome de mi propio pasado, no voy a poder mantener mis sentimientos a raya por mucho más tiempo.



#740 en Otros
#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.