Lo que Solíamos Ser

Easy On Me IV

La lluvia golpea los ventanales del salón con una violencia rítmica. Abby se ha quedado dormida en el piso de arriba, arrullada por el sonido del temporal, dejándonos a Cristian y a mí solos en una casa que de repente se siente demasiado pequeña para los dos.

​Estoy en la cocina, sirviéndome una copa de agua con la mente aún perturbada por el encuentro con mis padres. El silencio es denso, cargado de esa electricidad que precede al rayo. Siento sus pasos antes de verlo. Cristian no entra en la cocina; se queda en el umbral, observándome con esa intensidad depredadora que ha sustituido a su desprecio.

​—No te has ido —dice. Su voz es un murmullo bajo que compite con el trueno lejano.

​—Dije que me quedaría hasta que Abby se durmiera —respondo sin girarme, aferrando el vaso de cristal como si fuera un anclaje—. La lluvia está empeorando. Me iré en cuanto amaine un poco.

​—No va a amainar, Inés.

​Me giro y lo encuentro ahí. Ha dejado la chaqueta del traje en alguna parte; lleva las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y el primer botón desabrochado. Se ve peligrosamente real, peligrosamente cerca.

Lo hice, Cristian. Cambié todo lo que era. Me convertí en la villana de tu historia para que tú pudieras tener una. Y ahora, bajo esta luz tenue, siento que mis fuerzas se están evaporando Solo por hoy, deja de intentar destruirme.

​Él acorta la distancia. No se detiene hasta que su pecho casi roza el mío. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, un contraste abrasador con el frío que llevo instalado en el alma.

​—¿Por qué me mentiste? —pregunta, atrapándome entre la encimera y su cuerpo. Apoya una mano a cada lado de mi cintura, pero no me toca. No todavía—. ¿Por qué llorabas como si se te fuera la vida en ese garaje y hoy me miras con esa sonrisa de hielo?

​—Todos tenemos derecho a un momento de debilidad, Cristian —le suelto, forzando mi mejor tono de indiferencia—. No le busques tres pies al gato. Estaba cansada.

​—No era cansancio —sisea él, inclinándose hasta que su aliento me quema la mejilla—. Era agonía. Lo vi en la forma en que te abrazabas el vientre. Lo vi en tus ojos.

​Me agarra de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos oscuros están fijos en los míos, buscando, escarbando.

​—Dime la verdad —exige—. Solo una vez. Dime que me odias. Dime que todo fue un error. Dime algo que no suene a una maldita mentira ensayada.

​—Te odio —le digo, pero mi voz me traiciona y sale como un susurro roto—. Te odio por hacerme esto. Te odio por no dejarme en paz.

​—Mientes —responde él.

​Y entonces, ocurre.

​Su boca colisiona contra la mía en un beso que no tiene nada de tierno. Es un choque de trenes, una explosión de años de resentimiento, deseo reprimido y un dolor que nos quema a ambos. Me agarra del pelo con una mano, echando mi cabeza hacia atrás mientras su otra mano me atrae violentamente hacia él, eliminando cualquier rastro de aire entre nosotros.

​Gimo contra sus labios, una mezcla de protesta y rendición. Mis manos, que deberían estar empujándolo, se enredan en su camisa, tirando de él con la misma hambre que él demuestra. Es un beso sucio, desesperado, cargado del veneno que nos hemos estado lanzando pero también de la verdad que ninguno se atreve a decir.

​Cristian me levanta de un tirón, sentándome en la encimera de mármol. Mis piernas se enredan automáticamente en su cintura mientras sus manos bajan por mi espalda, recorriendo cada curva con una familiaridad que me hace arder.

​—Sigues siendo mía —gruñe él entre besos, bajando por mi cuello, mordiendo la piel justo donde sabe que me hace perder el sentido—. Por mucho que te odie, por mucho que intente arrancarte de mi cabeza... tu cuerpo sigue respondiendo al mío.

​—No soy tuya —le susurro, aunque mis dedos se clavan en sus hombros—. No soy de nadie.

​Él se detiene un segundo, separándose lo justo para mirarme. Sus ojos están encendidos, desenfocados por el deseo, pero su expresión es la de un hombre atormentado.

​—Entonces, ¿por qué estás aquí? —pregunta, su pulgar acariciando mi labio inferior, ahora hinchado por sus besos—. ¿Por qué dejas que te trate así? ¿Por qué dejas que te diga que no vales nada cuando los dos sabemos que eres lo único que me hace sentir vivo?

Sé suave conmigo, Cristian, grita mi mente. Porque si sigo así, voy a confesar que nunca te dejé, que el médico fue una farsa, que nuestro hijo sigue doliendo en cada rincón de mi cuerpo.

​En lugar de responder, lo atraigo de nuevo hacia mí, buscando su boca con una desesperación que me asusta. No quiero hablar. Las palabras solo sirven para herirnos. En la oscuridad de la cocina, con la lluvia como único testigo, el "algo más" que buscábamos explota.

​Sus manos se cuelan bajo mi blusa de seda, buscando mi piel, y el contacto me hace arquear el la espalda. Es fuego puro. Es Cristian reclamando su territorio y yo dejando caer las armas, solo por una noche, solo mientras dure la tormenta.

​Lo quiero. Lo quiero con una intensidad que me da miedo. Y mientras sus labios bajan por mi escote, me doy cuenta de que este es el principio del fin. Porque una vez que nos hayamos quemado así, ya no habrá máscara de indiferencia que pueda ocultar las cenizas de lo que realmente somos.



#740 en Otros
#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.