Cristian
La luz de la mañana entra por los ventanales con una claridad insultante. Estoy sentado a la mesa del comedor, con una taza de café que ya no humea, observando a la mujer que hace apenas unas horas se deshacía bajo mi cuerpo.
Inés se mueve por la cocina con una precisión quirúrgica. Lleva un vestido de seda gris que se ajusta a sus curvas con una elegancia que me revuelve el estómago. Tiene el cabello recogido en un moño tan tirante que parece que ni un solo mechón se atrevería a rebelarse. Está preparando el desayuno de Abby, moviendo los cubiertos con una calma que sería admirable si no supiera que es una maldita mentira.
Cualquiera que la viera pensaría que anoche no pasó nada. Que no gritó mi nombre contra la almohada. Que no clavó sus uñas en mi espalda mientras la lluvia ahogaba nuestros jadeos. Que no nos consumimos hasta que no quedó nada más que sudor y cansancio.
—¿Vas a quedarte ahí mirándome toda la mañana o tienes pensado ir a la oficina? —su voz es gélida, profesional, como si estuviéramos discutiendo un balance de cuentas.
Me levanto despacio. El roce de mi silla contra el suelo suena como un trueno en el silencio de la casa. Me acerco a ella, disfrutando de cómo sus hombros se tensan apenas un milímetro, la única señal de que mi presencia la afecta.
—Es curioso lo rápido que recuperas la memoria selectiva, Inés —murmuro, deteniéndome justo detrás de ella. No la toco, pero estoy tan cerca que puedo oler el jabón que ha usado para intentar borrar mi rastro de su piel.
—No sé de qué hablas —responde ella, concentrada en cortar una manzana para la niña. Sus manos son firmes, pero noto un ligero temblor cuando mi sombra la cubre.
—Hablo de que anoche no eras tan elocuente con el silencio. Hablo de la forma en que te aferrabas a mí, como si fuera lo único que te mantenía con vida —me inclino hacia su oído, bajando la voz hasta que es un roce—. Todavía tengo las marcas de tus dedos en mis hombros. ¿Quieres que te las enseñe para refrescarte la memoria?
Ella deja el cuchillo sobre la encimera con un clic metálico. Se gira lentamente, manteniendo esa máscara de indiferencia que tanto me irrita. Sus ojos son dos pozos oscuros, impenetrables.
—Lo de anoche fue un desahogo, Cristian. Un error biológico producido por la presión —dice, y me mira de arriba abajo con una superioridad que me enciende la sangre—. Si esperas que ahora nos tomemos de la mano y olvidemos quiénes somos, estás muy equivocado. Sigo siendo la mujer que odias, y tú sigues siendo el hombre que me desprecia.
—No te desprecio —la interrumpo, y esta vez sí la toco. Apoyo una mano en la encimera, a centímetros de su cadera, acorralándola—. Lo que siento por ti es mucho más complicado que el desprecio, y lo sabes.
Uso mi proximidad como un arma. Veo cómo su respiración se acelera, cómo el pulso en su cuello late con una fuerza que desmiente sus palabras. Ella cree que puede volver a ser la mujer de mármol, pero yo ya sé lo que hay debajo. Sé que es frágil. Sé que está rota. Y, por alguna razón que me aterra, quiero ser el que recoja los pedazos, aunque ella me escupa en la cara.
—Abby está a punto de bajar —susurra ella, tratando de mantener la compostura, aunque sus pupilas se dilatan bajo mi escrutinio.
—Que baje —respondo, acercando mi rostro al suyo. Puedo ver el ligero rubor que empieza a asomar bajo su maquillaje—. Pero no pienses ni por un segundo que voy a dejar que entierres lo que pasó bajo ese traje de seda. Anoche me diste algo que no le das a nadie más: tu verdad. Y voy a quedármela.
Le acaricio el pómulo con el pulgar, un gesto casi suave que la hace estremecerse. El aire entre nosotros está cargado de una tensión eléctrica, un hambre que el sexo de anoche solo ha servido para alimentar, no para saciar.
Ella me mira con una mezcla de odio y una necesidad tan pura que me duele. Está pidiendo a gritos que me detenga y, al mismo tiempo, que la vuelva a romper.
—Eres cruel, Cristian —dice en un hilo de voz.
—No, Inés. Cruel es fingir que no sientes nada cuando tu cuerpo está gritando lo contrario —me aparto justo cuando escuchamos los pasos de mi hija en la escalera—. Desayuna. Nos vamos juntos a dejar a Abby al colegio. Y después... después seguiremos hablando de tus "errores biológicos".
Me alejo hacia el salón, dejándola sola en la cocina. Sé que se siente expuesta. Sé que su armadura tiene una grieta por la que estoy entrando sin pedir permiso. Anoche descubrí que soy el único remedio para su tormento, y aunque todavía me queme la rabia de lo que nos hizo, no voy a permitir que nadie más la toque.
Ella es mi caos personal. Y yo voy a ser su refugio, lo quiera ella o no.