Giré la llave de contacto, pero no arranqué. Me quedé mirando el volante, sintiendo la presencia de Inés a mi derecha como una quemadura persistente. Ella ya tenía la mano en el bolso, buscando su teléfono, desesperada por levantar la siguiente capa de su armadura.
—¿A dónde vas? —pregunté, sin mirarla. Mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.
—A mi oficina. Tengo reuniones, Cristian. La vida sigue aunque tú decidas detener el tiempo cada vez que me miras —respondió con esa cadencia perfecta, esa voz que no permitía ni una grieta de vulnerabilidad.
Arranqué el coche, pero no tomé la dirección de su trabajo. Enfilé hacia el mirador de la zona alta, un lugar donde a esta hora solo el viento y la niebla serían testigos de lo que estaba a punto de pasar.
—¿Qué haces? Este no es el camino —dijo ella, y por fin detecté una nota de alarma en su tono.
—Me importa una mierda tu oficina.
Conduje en silencio diez minutos más. Ella no gritó, no protestó. Se limitó a mirar por la ventanilla con el perfil rígido, como una estatua de mármol que se negaba a romperse. Cuando detuve el motor frente al acantilado, la lluvia de anoche todavía goteaba de los árboles.
Me giré hacia ella. Inés seguía mirando al frente.
—Mírame —ordené.
—No tengo tiempo para esto, Cristian. Si quieres repetir lo de anoche para demostrarme que todavía tienes poder sobre mí, ahórratelo. Ya lo sé. Mi cuerpo es un traidor, ¿contento? Ahora llévame a la ciudad.
Le agarré la mano bruscamente, obligándola a soltar el bolso. Estaba helada. A pesar de la calefacción, sus dedos estaban como el hielo. La apreté con fuerza, no para herirla, sino para obligarla a sentir que yo estaba allí, que no podía seguir huyendo hacia adentro.
—No se trata de poder, maldita sea —siseé, acercándome a ella hasta que el espacio entre los asientos desapareció—. Se trata de que te estás muriendo y crees que nadie se da cuenta. Te vi llorar en ese garaje, Inés. Vi cómo te doblabas por la mitad. Y hoy actúas como si fueras de acero.
—Es lo que el mundo espera de mí —susurró, y por un segundo, sus ojos se encontraron con los míos. Ya no había sarcasmo, solo un cansancio infinito—. Soy la mujer que se fue. Soy la que rompió todo. Si no soy de acero, no soy nada.
—Eres mi ruina —le corregí, y mi mano subió por su brazo hasta su cuello, sintiendo el latido errático de su pulso—. Pero también eres la única persona en este mundo que me hace sentir que no estoy muerto por dentro. Anoche... cuando te sentí... no fue un error biológico. Fue el único momento de paz que he tenido en años.
La atraje hacia mí por la nuca, obligándola a apoyar la frente contra la mía. El aroma de su piel me envolvía, mezclándose con el recuerdo de nuestra piel desnuda bajo la lluvia.
—Déjame ser el que te sostenga —murmuré contra sus labios—. No porque te perdone, no porque hayamos olvidado el pasado. Sino porque nadie más puede hacerlo. Eres el remedio para este vacío que tengo en el pecho, y aunque me cueste la cordura, no voy a dejar que te rompas tú sola.
Sentí cómo su respiración se entrecortaba. Su mano subió vacilante hasta mi pecho, agarrando mi camisa con la misma desesperación con la que se aferró a mí anoche. Estaba ahí, a un milímetro de confesar, a un milímetro de dejar caer la máscara y mostrarme las heridas que le supuraban en el alma.
—No puedes arreglarme, Cristian —dijo ella, con una voz que se quebraba por los bordes—. Hay cosas que no tienen cura.
—Entonces nos quemaremos juntos —respondí, y la besé.
No fue como el beso de la cocina. No hubo rabia, ni humillación. Fue un beso lento, profundo, cargado de una promesa silenciosa de protección. Mis labios le pedían que soltara el peso, que me entregara su dolor. Y ella, por un momento fugaz, se rindió. Se fundió en mi abrazo, dejando que mis manos recorrieran su rostro con una suavidad que me desconocía a mí mismo.
Me separé apenas unos centímetros, manteniendo mis manos en su rostro. Sus ojos estaban empañados, pero su voluntad volvía a endurecerse. El momento de debilidad estaba pasando.
—Esto no cambia nada —dijo ella, recuperando su voz de seda, aunque sus labios todavía vibraban por los míos.
—Lo cambia todo —le aseguré—. Porque ahora sé que debajo de esa mujer impecable hay alguien que me necesita tanto como yo a ella. Y no voy a dejarte ir, Inés.
Yo ya había visto la grieta. Y por esa grieta, iba a entrar hasta llegar a su corazón, aunque tuviera que derribar el mundo entero para lograrlo.