El motor del coche era lo único que llenaba el silencio asfixiante, un ronroneo mecánico que parecía contar los segundos de una cuenta atrás. Inés tenía la mano en la manilla, los nudillos blancos, lista para saltar al asfalto y volver a ser esa mujer de mármol que el mundo creía conocer. Pero yo no podía soltarla. No después de haber sentido su desesperación quemándome la piel la noche anterior.
—Inés, mírame —le pedí. Mi voz no era una orden; era un hilo roto—. Por favor, deja de huir.
Ella soltó una risa seca, un sonido que me arañó los oídos, y se giró. No quedaba rastro de la ejecutiva impecable. Sus ojos estaban inyectados en sangre, rodeados de sombras violáceas, y su labio inferior temblaba con una violencia que intentaba reprimir apretando los dientes.
—¿Qué quieres, Cristian? ¿Quieres que admita que anoche me seduciste para castigarme y que yo fui lo suficientemente débil para dejarte entrar? —escupió las palabras, pero el veneno ya no tenía fuerza; sabía a derrota pura—. Ya está. Ganaste. Me odias, me desprecias y ahora también me has tenido. ¿Podemos terminar con este espectáculo?
—No te odio —solté. La palabra quedó suspendida en el aire como una granada a la que le han quitado el seguro—. No puedo odiarte aunque me obligue a ello. Lo que sentí anoche... no fue odio, Inés. Fue... ¿Por qué te fuiste? Dime la maldita verdad de una vez.
Inés cerró los ojos y una lágrima solitaria, pesada, surcó su mejilla. Pareció encogerse en el asiento, perdiendo toda la estatura que su orgullo le otorgaba, como si el aire se le estuviera escapando por una herida invisible.
—Me fui porque no quedaba nada de mí —susurró, y su voz se quebró en mil pedazos—. Crees que el médico fue un amante, que fue mi salida fácil... pero Adrián fue el cirujano que pasó seis horas intentando coser los restos que quedaron de mí cuando ese quirófano se tragó a nuestro hijo.
Me quedé paralizado. El oxígeno se volvió sólido en mis pulmones, un bloque de hielo que me impedía respirar.
—No solo perdimos al bebé, Cristian —continuó, mirándome ahora con una fijeza devastadora—. Hubo complicaciones. Hemorragias. Tuvieron que quitarme todo. Me vaciaron. Me quedé seca por dentro antes de cumplir los veinticinco años.
Sentí un golpe invisible en el esternón que me dejó sin aire. La mano con la que sujetaba el volante empezó a temblar tanto que tuve que soltarlo.
—Yo ya no era una mujer —dijo ella, con una frialdad que dolía más que un grito—. Era un envase vacío, un desecho biológico que solo te recordaría el fracaso y la muerte cada vez que intentaras tocarme. No me fui por falta de amor, Cristian. Me fui porque te amaba tanto que no podía soportar que pasaras el resto de tu vida atado a una rama seca que nunca daría frutos.
—Inés... yo no... —intenté hablar, pero el nudo en mi garganta era una soga que se apretaba con cada recuerdo de mis propios insultos.
—¡No me interrumpas! —gritó, y por fin estalló. Las lágrimas caían sin control, manchando su rostro, desmoronando la farsa—. Me inventé al médico, me inventé los amantes, me inventé esta vida de plástico porque prefería que me odiaras por ser una zorra a que me tuvieras lástima por ser una mujer a medias. Me daba asco mirarme al espejo y saber que nunca podría darte lo que Helen te dio. Ella era luz, Cristian. Ella era fértil. Ella era todo lo que yo ya no era. Te vi mirar a Helen con esa devoción porque ella podía darte la familia que siempre soñaste... y yo solo era este agujero negro.
Se cubrió la cara con las manos, sollozando con un sonido gutural, un lamento animal que me desgarró el alma. Toda la estructura de mi vida, los cinco años de rencor alimentado por el ego, se derrumbaron sobre mí, aplastándome.
Recordé la última vez que discutimos. Recordé haberle gritado que era "menos mujer" que Helen. El asco me subió por la garganta como bilis. Había usado el cadáver de nuestro hijo para herirla, sin saber que ella llevaba ese ataúd dentro de su propio cuerpo cada maldito día.
—Lo siento —susurré. El perdón me parecía una palabra ridícula, insultante ante la magnitud de su sacrificio—. Dios mío, Inés... lo siento tanto. Soy un monstruo.
Me acerqué, pero no con la seguridad de antes, sino con el miedo de quien toca algo sagrado y roto. Ella luchó un segundo, golpeando mi pecho con los puños, unos golpes débiles, agotados, hasta que finalmente se desplomó contra mí. Se aferró a mi camisa con los dedos agarrotados, enterrando la cara en mi cuello, mojándome la piel con un llanto que parecía no tener fin.
—No soy suficiente, Cristian —sollozó, su voz amortiguada por mi ropa—. No valgo nada. Mírame... no queda nada.
—Eres todo —le respondí, apretándola contra mí con una fuerza desesperada, queriendo transmitirle mi propia vida a través de la piel—. Eres la mujer que cargó con mi dolor y el suyo en un silencio que me habría matado a mí en una semana. Maldita sea la familia, maldito el futuro y maldito todo lo que no seas tú. No me importa lo que te quitaron, Inés. Me importas tú.
Me separé lo justo para tomar su rostro entre mis manos. No había poesía en ese momento, solo la cruda realidad de dos personas destrozadas en un coche aparcado. Le limpié las lágrimas con los pulgares, viendo su maquillaje corrido, su vulnerabilidad expuesta. Ya no era la reina de hielo; era la chica de la que me enamoré, herida de muerte por mi propia mano.
—Se acabó la farsa —le aseguré, besando su frente, que ardía—. No vas a volver a estar sola en ese agujero. Si estás rota, nos quedaremos en el suelo hasta que aprendamos a caminar de nuevo. Pero no me pidas que te deje ir ahora que sé que te fuiste para salvarme a mí de un dolor que tú te tragaste sola.
Inés me miró, y por primera vez en años, el fuego del odio en sus ojos se había apagado, dejando paso a una fatiga infinita. El incendio se había extinguido, no con un gran gesto, sino con la humillación de la verdad.