Lo Que Una Chica Por Amor Es Capaz: Nox Tucker. #1

Capítulo II —Parte II

Todd empezó a quedarse sin dinero antes de que llegara fin de mes.

Las botellas vacías aparecían más seguido.
Las llamadas de números desconocidos también.

Una tarde, mientras Vicka aún estaba en el trabajo, alguien golpeó la puerta con insistencia.

Nox estaba sola en casa.

Miró por la mirilla.

Dos hombres.

No uniformes. No vecinos.

Abrió apenas.

—¿Está Todd Tucker?

—No está.

—Dile que no puede seguir ignorando esto.

Uno de ellos sostuvo un sobre grueso.

—¿Quién eres?

—Su hija.

Los hombres se miraron entre sí.

—Dile que la próxima vez no vamos a tocar la puerta.

Se fueron.

Nox cerró.

No llamó a Vicka.

No dejó nota.

Subió al cuarto de sus padres.

Abrió el cajón del buró de Todd.

Encontró facturas. Avisos de embargo. Cartas sin abrir.

No parecía sorprendida.

Guardó uno de los sobres en su bolsillo.

Esa noche, cuando Todd llegó, estaba más alterado de lo habitual.

No preguntó por la cena.

No preguntó por Vicka.

Entró directo a la cocina.

Abrió una botella.

Nox estaba sentada en la mesa.

El sobre estaba frente a ella.

Todd lo vio.

—¿Qué es eso?

—Vinieron a buscarte.

Todd se tensó.

—No abras cosas que no son tuyas.

—No estaban cerradas.

Todd dio un paso hacia ella.

—No te metas.

Nox deslizó el sobre hacia él.

—Dicen que la próxima vez no van a tocar la puerta.

Todd la miró fijo.

Durante varios segundos no dijo nada.

Luego tomó el sobre y lo rompió sin leer.

—No sabes de qué hablas.

—Sí sé.

Todd golpeó la mesa con la botella.

El líquido se derramó.

—Te dije que no te metas.

Nox no se movió.

—¿O qué?

El silencio cambió de forma.

Todd se acercó más.

—No me desafíes en mi casa.

Nox respondió sin elevar la voz.

—También es mi casa.

El golpe fue rápido.

No fue un puñetazo cerrado.

Fue un manotazo fuerte en el rostro.

Seco.

La silla cayó hacia atrás.

El sonido del impacto contra el suelo llenó la cocina.

Nox no gritó.

Se quedó en el suelo unos segundos.

Todd respiraba agitado.

—Te advertí.

Nox se incorporó lentamente.

Tenía la mejilla roja.

No lloró.

No se llevó la mano al rostro.

Se puso de pie.

—Ya no puedes asustarme.

Todd dio otro paso.

Pero esta vez ella no retrocedió.

Lo miró directamente.

Sin desafío exagerado.

Sin miedo visible.

Solo firme.

Todd levantó la mano otra vez.

No llegó a bajarla.

Porque Vicka abrió la puerta en ese momento.

—¿Qué está pasando?

El silencio fue inmediato.

Todd bajó el brazo.

—Nada.

Vicka vio la silla caída.

Vio la mejilla roja.

Se acercó a Nox.

—¿Te pegó?

Nox no respondió.

Todd habló antes.

—Está exagerando.

Vicka lo empujó en el pecho.

—¿Le pegaste?

Todd la sujetó de la muñeca.

—Baja la voz.

Nox dio un paso adelante.

—Suéltala.

Todd giró hacia ella.

—Vuelve a tu cuarto.

Nox no se movió.

Vicka intentó soltarse.

Todd apretó más fuerte.

—Te dije que no me desafíes.

Nox tomó la botella de la mesa.

No la lanzó.

No gritó.

La sostuvo firme.

—Suéltala.

Todd la miró.

Vio que no estaba temblando.

No parecía impulsiva.

Parecía lista.

Todd soltó la muñeca de Vicka.

—Están las dos locas.

Se apartó.

Tomó las llaves.

Salió.

La puerta volvió a vibrar.

Vicka se quedó quieta en medio de la cocina.

Nox dejó la botella en la mesa.

—No debiste hacer eso —dijo Vicka.

—¿Qué cosa?

—Enfrentarlo así.

Nox la miró.

—Alguien tiene que hacerlo.

Vicka negó con la cabeza.

—No entiendes.

—Entiendo que no va a parar.

Vicka no respondió.

Se sentó.

Por primera vez, parecía cansada.

No enojada.

Cansada.

Esa noche, Todd no regresó.

Al día siguiente tampoco.

Vicka no llamó a la policía.

Nox tampoco.

Tres días después volvió.

Sin disculpas.

Sin explicaciones.

Entró como si nada hubiera pasado.

Nox estaba en la sala.

Todd dejó las llaves sobre la mesa.

—No vuelvas a amenazarme con nada.

Nox lo miró.

—No fue amenaza.

—¿Entonces qué fue?

—Advertencia.

Todd avanzó hacia ella.

Pero esta vez ella no estaba sola.

No porque Vicka estuviera allí.

Sino porque ya no parecía una hija discutiendo con su padre.

Parecía alguien que había cruzado una línea.

Todd lo notó.

Se detuvo.

—No sabes con quién estás jugando.

Nox respondió algo distinto.

—Tú tampoco.

El silencio se volvió más pesado que cualquier grito anterior.

Todd se apartó primero.

Se fue al cuarto.

Cerró la puerta.

Esa noche, Nox no se encerró.

Se quedó en la sala.

Con la luz apagada.

Escuchando los pasos en el pasillo.

Los movimientos en la habitación.

La ducha.

El silencio posterior.

No parecía asustada.

Parecía calculando.

A la mañana siguiente, Vicka encontró un moretón leve en el rostro de Nox.

—¿Te duele?

—No.

—Podemos irnos.

Nox la miró.

—¿A dónde?

Vicka no respondió.

La casa estaba hipotecada.

Las cuentas pendientes.

Las llamadas.

Irse no era tan simple.

Nox lo sabía.

Esa confrontación no resolvió nada.

Pero cambió la dinámica.

Todd dejó de tocarla.

No porque quisiera.

Sino porque ahora sabía que ella no iba a quedarse quieta.

Y Nox dejó de reaccionar por impulso.

Empezó a esperar.

A observar.

A medir.




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