Lo Que Una Chica Por Amor Es Capaz: Nox Tucker. #1

Capítulo III—Parte IV

Nox llegó a casa esa noche sin hacer ruido.

La luz de la cocina estaba apagada.
La televisión murmuraba en la sala.

Todd dormía en el sillón con una botella vacía sobre la mesa.
Vicka no estaba visible.

Nox no se detuvo a observar demasiado.

Subió a su habitación.
Cerró la puerta.

Se sentó en la cama sin encender la luz.

Sacó la máscara verde de la mochila.

La sostuvo frente a su rostro, como si estuviera evaluando algo.

Luego la dejó sobre el escritorio.

Su teléfono vibró.

Ian:
“¿Llegaste?”

Nox miró la pantalla unos segundos antes de responder.

Nox:
“Sí.”

Pasaron veinte segundos.

Ian:
“Bien.”

Tres puntos.

Desaparecen.

Vuelven.

Ian:
“Mañana a las 11 empieza el panel.”

Nox:
“Estaré.”

El teléfono quedó en silencio.

No eran mensajes largos.
No eran declaraciones.

Pero había continuidad.

Nox se recostó sin cambiarse.

Miró el techo.

El beso no había sido dramático.
No había promesas.

Pero tampoco había sido casual.

Cerró los ojos.

A la mañana siguiente llegó antes que él.

El Centro de Convenciones estaba más tranquilo.

Menos euforia.
Más grupos pequeños.

Nox llevaba ropa negra simple.
La máscara en la mochila.

Esperó cerca de la entrada lateral.

Ian llegó cinco minutos después.

Traía café en dos vasos.

—No sabía si tomas —dijo.

—No mucho.

Aun así, lo aceptó.

Caminaron juntos hacia el panel.

Se sentaron en tercera fila.

El expositor hablaba sobre cómo los villanos habían evolucionado en el cine moderno. Mostraba escenas, analizaba decisiones.

Nox escuchaba.

Ian tomaba notas en el margen de su cómic.

En un momento, el expositor preguntó al público:

—¿Por qué creen que ahora empatizamos más con los antagonistas?

Varias manos se levantaron.

Ian no levantó la suya.

Nox tampoco.

Pero cuando el micrófono pasó cerca, Nox habló sin levantarse.

—Porque los héroes mienten.

El expositor la miró.

—¿En qué sentido?

—Prometen salvar a todos. No pueden. Los villanos no prometen nada.

El salón quedó en silencio unos segundos.

El expositor asintió.

—Interesante punto de vista.

Ian no la miró hasta que el micrófono se alejó.

Entonces susurró:

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Decir lo que nadie quiere decir.

—No me importa si quieren o no.

Ian sonrió.

Después del panel caminaron sin rumbo fijo por el recinto.

Ya no competían.
Ya no posaban.

Solo estaban ahí.

En un stand pequeño, Ian compró una figura miniatura de Riddler y se la extendió.

—No.

—No es regalo.

—Entonces ¿qué es?

—Un préstamo permanente.

Nox la sostuvo.

Era pequeña.
Detalle preciso.

—No colecciono cosas.

—Empieza.

Ella la guardó en la mochila.

No discutió.

Ese día no hubo beso al despedirse.

Hubo algo distinto.

Ian tomó su mano al cruzar la calle.

Nox no la soltó.

Caminaron así dos cuadras.

No era un gesto exagerado.

Pero tampoco era accidental.

En la esquina de siempre, él habló primero.

—¿Quieres salir el viernes?

—¿A dónde?

—No lo sé. Cine. O caminar. O nada.

Nox lo miró.

—Nada suena bien.

—Entonces nada el viernes.

Asintió.

Y se fue.

El viernes se encontraron en el parque del centro.

No había convención.
No había disfraces.

Solo bancos viejos y faroles.

Ian llegó primero esta vez.

Nox apareció cinco minutos después.

Se sentaron.

No hablaban demasiado.

Pero tampoco necesitaban llenar cada silencio.

Ian habló de una película que quería ver.

Nox habló de un libro que había empezado.

Caminaron.

Se detuvieron frente a una tienda cerrada.

Ian se giró hacia ella.

—¿Somos algo?

La pregunta no era dramática.

Era directa.

Nox lo miró fijo.

—¿Quieres que lo seamos?

—Sí.

—Entonces lo somos.

No hubo más discusión.

Se besaron ahí.

Un poco más largo que la primera vez.

Más decidido.

Las semanas siguientes se establecieron en una rutina.

Mensajes por la mañana.
Mensajes por la noche.

Encuentros después de clases.

Ian la esperaba afuera del colegio algunos días.

Eso generó miradas.

Susurros.

Nox los ignoraba.

Un lunes, una compañera murmuró cuando la vio salir con él:

—Mírenla, consiguió novio.

Nox no respondió.

Pero su mirada fue suficiente para que la otra callara.

Ian no parecía notar esas cosas.

O elegía no hacerlo.

Una tarde, sentados en la azotea de su casa —esa misma donde habían ido el primer día—, Ian apoyó la cabeza contra la pared.

—Mi mamá cree que estoy obsesionado con los cómics.

—¿Lo estás?

—Tal vez.

—Hay cosas peores.

—¿Como qué?

Nox miró la ciudad.

—Como quedarse donde no quieres estar.

Ian la miró.

—¿Te quieres ir?

—Algún día.

—Yo también.

Silencio.

—Podríamos irnos juntos.

La frase quedó suspendida.

Nox no respondió de inmediato.

No dijo sí.

No dijo no.

Solo se acercó más.

El inicio fue así.

Sin gritos.
Sin drama.

Pero con intensidad.

Nox comenzó a pasar más tiempo con él que en cualquier otro lugar.

Dejó de quedarse tanto en casa.

Vicka preguntaba poco.
Todd casi nada.

Ian empezó a entrar en su habitación algunas tardes.

Se sentaban en el suelo.

Veían escenas en el teléfono.

Discutían detalles mínimos de tramas ficticias como si fueran asuntos reales.




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