Lo Que Una Chica Por Amor Es Capaz: Nox Tucker. #1

Capítulo IV—Parte I

La convención terminó el domingo a las ocho de la noche.

El lunes volvió el uniforme.

Camisa blanca.
Falda gris.
Zapatos negros.

Nox se miró en el espejo antes de salir.

La máscara verde estaba sobre el escritorio.

No la tocó.

La guardó en el cajón.

La Academia Saint Brigid siempre olía a desinfectante y madera pulida. Los pasillos eran angostos, las ventanas altas. Todo parecía diseñado para que nadie levantara demasiado la voz.

Cuando cruzó la entrada, las miradas comenzaron.

No eran nuevas.

Pero ahora tenían algo distinto.

Habían visto fotos.

Alguien había subido videos del concurso.

Un clip corto donde ella se quitaba la máscara y la volvía a colocar.

No decía nada.
No gritaba.
Pero el gesto había circulado.

Dos chicas murmuraron al pasar.

—Es ella.

—La del video.

Nox caminó sin cambiar el paso.

En su casillero había una hoja doblada.

La abrió.

Un signo de interrogación dibujado en tinta verde.

No estaba firmado.

No sonrió.

Pero tampoco lo rompió.

Lo guardó en el bolsillo.

En clase de literatura, el profesor hablaba de tragedias clásicas.

—Las decisiones pequeñas cambian destinos —decía.

Nox escribía en el margen de su cuaderno.

No frases.

No sentimientos.

Solo palabras sueltas:

“Escena.”
“Ritmo.”
“Control.”

Su teléfono vibró debajo del pupitre.

Ian:
“Sobreviví al lunes.”

Nox miró la pantalla.

Nox:
“Aún.”

Tres puntos.

Ian:
“Optimista como siempre.”

No respondió.

Guardó el teléfono.

A la salida, Ian estaba apoyado contra la reja del colegio.

No llevaba disfraz.

No llevaba cómic.

Solo una sudadera gris.

Algunas miradas se dirigieron hacia ellos.

Nox salió.

—Hola —dijo él.

—Hola.

Caminaron juntos.

El trayecto hasta el parque era corto.

El viento movía hojas secas sobre la acera.

—¿Te molesta que hayan subido el video? —preguntó Ian.

—No.

—Se hizo viral aquí.

—Es un pueblo pequeño.

Ian la miró de reojo.

—Te veías diferente.

—Era la máscara.

—No solo eso.

Nox no respondió.

Se sentaron en el banco habitual.

No se besaron de inmediato.

Se quedaron mirando el movimiento de la calle.

Una pareja pasó riendo.

Un perro ladró.

Nada extraordinario.

Eso era la calma.

Ian tomó su mano.

Nox no la retiró.

—Podríamos ir al cine el sábado —dijo él.

—¿Qué película?

—Hay una de superhéroes nueva.

—No me gustan las versiones suaves.

Ian sonrió.

—Podemos burlarnos de ella.

Nox asintió apenas.

El teléfono de Ian vibró.

Miró la pantalla.

Respondió rápido.

Nox observó el movimiento de sus dedos.

—¿Quién era? —preguntó.

—Mi primo.

—El de Saint Brigid.

—Sí.

Silencio.

El viento sopló más fuerte.

Ian volvió a guardar el teléfono.

—¿Todo bien?

—Sí.

Nox apoyó la cabeza contra el respaldo del banco.

El cielo comenzaba a oscurecer.

Esa noche, en casa, Vicka preparaba sopa.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó sin mirarla.

—Normal.

—¿Ian?

Nox se detuvo un segundo.

—Bien.

Vicka asintió.

—Me alegra que tengas algo… distinto.

Nox dejó la mochila en el suelo.

—No es distinto.

—Te veo más tranquila.

Nox no respondió.

Subió a su habitación.

Cerró la puerta.

Se sentó en la cama.

El silencio no era incómodo.

No era el silencio tenso de otras noches.

Era neutro.

Su teléfono vibró otra vez.

Ian:
“¿Estás ocupada?”

Nox:
“No.”

Segundos.

Ian:
“Solo quería hablar.”

Llamada entrante.

Nox dudó un instante antes de aceptar.

—Hola.

—Hola —la voz de Ian sonaba baja—. No quería escribir todo.

—¿Qué pasa?

—Nada malo.

Silencio breve.

—Solo… me gusta escucharte.

Nox miró la pared frente a ella.

—No digo mucho.

—No importa.

Se quedaron así.

Respirando.

El sonido leve de la línea.

Ian habló primero.

—¿Te arrepientes?

—¿De qué?

—De empezar conmigo.

Nox no respondió de inmediato.

—No.

—Yo tampoco.

Silencio.

—Bueno —dijo él finalmente—. Descansa.

—Tú también.

Colgó.

La habitación volvió a quedarse en silencio.

Nox apoyó el teléfono sobre el escritorio.

Miró el cajón.

Lo abrió.

Sacó la máscara.

La sostuvo unos segundos.

Luego la volvió a guardar.

Los días siguientes transcurrieron sin sobresaltos.

Clases.

Mensajes.

Encuentros cortos.

Una tarde, Ian fue a su casa.

Todd no estaba.

Vicka saludó con una sonrisa breve y subió las escaleras.

Nox y Ian se sentaron en el suelo de su habitación.

Ian hojeaba un cómic viejo.

—Podríamos ir a la próxima convención en la ciudad grande —dijo.

—Es lejos.

—No tanto.

—No lo sé.

—Podríamos ahorrar.

Nox lo miró.

—No prometas cosas.

—No prometo. Planeo.

Silencio.

Ian dejó el cómic a un lado.

Se acercó un poco más.

—Te extraño cuando no te veo.

—Nos vemos todos los días.

—No es lo mismo.

Nox sostuvo su mirada.

Había calma.

Pero debajo de la calma, algo se movía lentamente.

Como agua que no parece profunda hasta que das un paso más.

Ella se inclinó y lo besó.

No con urgencia.

No con ansiedad.

Con intención medida.

Ian respondió.

Sus manos rodearon su cintura.

Nada brusco.

Nada excesivo.




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