Lo Que Una Chica Por Amor Es Capaz: Nox Tucker. #1

Capítulo IV—Parte III

La convención había quedado atrás, pero la convención nunca se iba del todo.

Seguía en los pósters que Nox colgó en su pared.
Seguía en el delineador oscuro que se aplicaba con una precisión casi ritual.
Seguía en las fotos con Ian, en las pulseras que compraron juntos, en el boleto doblado que guardó dentro de un libro que no volvió a abrir.

Y seguía, sobre todo, en el miedo.

Porque la calma que había intentado construir era frágil.
Porque cada vez que Ian mencionaba a alguien más, algo dentro de ella se tensaba.

—Mañana voy a estudiar con Lana —dijo Ian una tarde, casual, mientras caminaban después de clases.

Nox no respondió de inmediato.

Lana.

El nombre se quedó suspendido en el aire como una amenaza diminuta.

—¿Lana? —preguntó con suavidad estudiada.

—Sí. Es la chica del grupo de historia. La que se sienta atrás.

Nox asintió lentamente.
La conocía.
Cabello claro.
Risa fácil.
Demasiado fácil.

—Ah —dijo Nox—. La simpática.

Ian sonrió, sin notar nada extraño.

—Sí, esa.

Y ahí empezó a moverse algo.

No era rabia.
No todavía.

Era una necesidad de mirar más de cerca.

Al día siguiente, Nox cambió su rutina.

En lugar de ir directo a casa, pasó por la biblioteca.
No entró.
Se quedó afuera.

A través del cristal los vio.

Ian y Lana sentados frente a frente.
Un libro abierto entre ellos.
Riendo.

Riendo.

Nox apretó la correa de su mochila hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

No parecía nada especial.
No había contacto físico.
No había secretos visibles.

Pero había algo peor: naturalidad.

Lana tocó el brazo de Ian al decir algo.
Un gesto mínimo.
Rápido.

Ian no se apartó.

El mundo se redujo a ese segundo.

Esa noche, Nox no durmió.

Se sentó en el suelo de su habitación con las piernas cruzadas.
Sacó su maquillaje.
Se delineó los ojos con más intensidad de lo habitual.

Se puso el saco oscuro que usaba cuando quería sentirse invulnerable.

Miró su reflejo.

—No pasa nada —murmuró.

Pero la frase no se sostuvo.

Porque la risa de Lana seguía sonando en su memoria.

Dos días después, Nox decidió hablar con ella.

No de frente.
No como alguien insegura.

Sino como alguien que controla.

La encontró sola cerca de los casilleros.

Lana estaba revisando su teléfono cuando Nox se acercó.

—Hola —dijo Nox, con una sonrisa perfecta.

Lana levantó la vista.

—Ah, tú eres la novia de Ian, ¿no?

La palabra “novia” le dio a Nox un breve alivio.

—Sí.

Silencio.

—Solo quería decirte algo —continuó Nox, voz suave.

Lana guardó el teléfono.

—Claro.

Nox dio un paso más cerca.

No demasiado.
Lo justo.

—Sé que estudian juntos.

—Sí.

—Y me parece bien.

La sonrisa seguía ahí.
Intacta.

—Ian es muy amable —agregó Lana—. Siempre ayuda.

Nox inclinó ligeramente la cabeza.

—Lo es.

Pausa.

—Solo… quería pedirte que lo cuides.

Lana frunció el ceño, confundida.

—¿Cuidarlo?

—Sí —respondió Nox, casi en un susurro—. Porque él es importante.

La biblioteca estaba a unos metros.
Había gente alrededor.

Nada parecía peligroso.

Pero la forma en que Nox sostuvo la mirada cambió algo en el ambiente.

—No me gustan las personas que juegan —añadió.

Lana parpadeó.

—No estoy jugando.

—Qué bueno.

Sonrisa.

Lenta.

—Porque a veces las cosas se complican cuando alguien cruza una línea que no debería cruzar.

El tono era bajo.
Sereno.

Pero firme.

Lana dio un pequeño paso atrás.

—No sé a qué te refieres.

—Perfecto —dijo Nox—. Entonces no habrá problema.

Y se fue.

Sin mirar atrás.

Esa tarde, Ian notó algo diferente.

—Lana estaba rara hoy —comentó.

Nox fingió sorpresa.

—¿Sí?

—Como incómoda. No sé.

Nox alzó los hombros.

—Quizá tuvo un mal día.

Ian la observó un segundo más.

—¿Hablaste con ella?

Nox sostuvo la mirada.

—Sí. La saludé.

—Ah.

Silencio.

—¿Le dijiste algo?

Nox se acercó y acomodó el cuello de la camisa de Ian con delicadeza.

—Solo que eres importante.

Ian sonrió.

Y esa sonrisa fue suficiente para que Nox sintiera que había hecho lo correcto.

Pero Lana no volvió a estudiar con Ian.

Inventó excusas.
Cambió de horario.
Se sentó en otro lugar.

Ian parecía confundido.

—No entiendo qué pasó.

Nox acarició su mano.

—A veces la gente se da cuenta de cosas.

—¿De qué?

—De que no todo les pertenece.

Ian rió levemente.

—Nadie me posee, Nox.

Ella también rió.

Pero sus ojos no.

Los días siguientes fueron más tranquilos.

Ian estaba más con ella.
Más disponible.

Y Nox sentía una calma extraña.

Como después de una tormenta.

No había gritos.
No había escenas.

Solo una advertencia bien colocada.

Lana no volvió a acercarse.

Y Nox volvió a respirar.

Una tarde, mientras caminaban por el parque, Ian dijo algo que la descolocó.

—A veces me preocupa que la gente piense que nos aislamos.

Nox se tensó.

—¿A qué te refieres?

—Nada grave. Solo… he dejado de hablar con algunos amigos.

—Porque quieres.

—Sí. Supongo.

Ella lo miró.

—No necesitas a nadie más.

Ian la miró de vuelta.

—Todos necesitamos gente.

Silencio.

El viento movió las hojas.

—Me tienes a mí —dijo Nox.

Ian sonrió.

—Sí.

Pero esa vez la sonrisa no fue completa.

Y eso fue suficiente para que algo volviera a encenderse dentro de ella.

Esa noche, Nox revisó las redes sociales de Lana.




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