Lo Que Una Chica Por Amor Es Capaz: Nox Tucker. #1

Capítulo V —Parte IV

No fue esa misma noche.

No fue al día siguiente.

Y eso lo hizo peor.

Porque no hubo una explosión definitiva que justificara lo que venía.

Hubo normalidad.

Dos días de mensajes cortos.
Una llamada breve.
Un “buenas noches” que sonó más automático que antes.

La tensión no desapareció.
Solo se volvió más silenciosa.

Nox intentó actuar como si nada hubiera pasado.

Envió una foto suya sonriendo.
Propuso ver una película el sábado.
Hizo un comentario ligero sobre un meme que antes les habría dado risa.

Ian respondió.

Pero sus respuestas eran más lentas.

Más cortas.

Más medidas.

Y cada pausa entre mensaje y mensaje se convirtió en un espacio donde las voces regresaban.

Ya decidió.

Está buscando el momento.

No sabe cómo decírtelo.

El sábado llegó.

Habían quedado de verse en el parque, el mismo donde antes todo era sencillo.

Nox llegó primero.

Esta vez no se sentó.

Caminó de un lado a otro.

Cuando vio a Ian acercarse, algo en su estómago se contrajo.

No sabía por qué.

Pero lo sabía.

Había algo en su forma de caminar.

No parecía apurado.

No parecía alegre.

No parecía enojado.

Parecía decidido.

Y la decisión es más firme que cualquier emoción.

—Hola —dijo él.

—Hola.

No hubo beso inmediato.

Ese pequeño detalle lo dijo todo antes de que hablaran.

Se sentaron.

No muy cerca.

No muy lejos.

Un espacio nuevo entre ellos.

—He estado pensando —empezó Ian.

La frase cayó como un martillo invisible.

Nox sintió el impulso de interrumpirlo.

De cambiar el tema.

De decir algo primero.

No lo hizo.

—Yo también —respondió ella.

Silencio breve.

—No creo que estemos bien —dijo él.

No gritó.

No acusó.

Solo lo dijo.

Plano.

Nox sostuvo su mirada.

—Podemos arreglarlo.

Respuesta inmediata.

Sin pausa.

Ian negó suavemente con la cabeza.

—No sé si se trata de arreglar.

—Entonces ¿de qué se trata?

Él tardó en responder.

Y ese retraso dolió más que la frase.

—De cómo nos sentimos.

—Yo sé cómo me siento —dijo Nox—. Te quiero.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo.

Ian miró al frente.

No a ella.

—No me siento tranquilo.

La palabra volvió.

Tranquilo.

Antes había sido ligero.

Ahora era tranquilo.

Variaciones de lo mismo.

—¿Tranquilo conmigo?

—Con la relación.

—Soy parte de la relación.

—No es un ataque, Nox.

—Pero lo estás diciendo como si lo fuera.

Él respiró hondo.

—No quiero seguir sintiendo que cualquier cosa puede convertirse en una discusión.

—Entonces no lo conviertas.

—No depende solo de mí.

La frase fue suave.

Pero firme.

Nox sintió que el suelo se inclinaba.

—¿Estás diciendo que es mi culpa?

—No estoy buscando culpables.

—Pero lo estás implicando.

—No.

—Sí.

El eco volvió.

Pero esta vez no había energía para sostenerlo.

—Me estoy cansando —dijo Ian finalmente.

No levantó la voz.

No hizo un gesto brusco.

Solo lo dijo.

Y esa frase fue peor que cualquier acusación.

—¿De mí?

—De la dinámica.

—Soy la dinámica.

—No todo eres tú.

—Lo soy cuando decides irte.

Ian la miró por fin.

Y en su mirada no había enojo.

Había algo más difícil de combatir.

Certeza.

—Creo que necesitamos terminar.

La palabra quedó suspendida.

Terminar.

No ruptura.
No espacio.
No pausa.

Terminar.

Nox no reaccionó de inmediato.

No lloró.

No gritó.

Se quedó inmóvil.

Como si la frase aún no hubiera encontrado dónde aterrizar.

—¿Por qué? —preguntó finalmente.

No fue un reclamo.

Fue una pregunta real.

Ian abrió la boca.

La cerró.

Buscó palabras.

—Porque no estamos bien.

—Eso no es una razón.

—Lo es.

—No es suficiente.

Él bajó la mirada.

—Para mí sí.

Silencio.

—Dame algo concreto —insistió Nox—. Algo que pueda entender.

Ian frunció el ceño levemente.

—No es una lista. No es una cosa específica. Es cómo me siento.

—¿Cómo?

—Tenso.

Otra vez.

La palabra regresaba siempre.

—Yo puedo cambiar —dijo Nox con rapidez.

—No quiero que cambies por miedo a perderme.

—No es miedo.

Pero la frase no sonó convincente.

Ni siquiera para ella.

—No quiero seguir así —continuó Ian—. No quiero que cada interacción se sienta como una prueba.

La palabra prueba apareció de nuevo.

Nox recordó la primera discusión.

La primera vez que él dijo eso.

—Entonces todo es mi culpa.

—No estoy diciendo eso.

—Pero es lo único que escucho.

Ian guardó silencio.

Y ese silencio fue interpretado como confirmación.

—¿Hay alguien más? —preguntó Nox de repente.

La pregunta cayó directa.

Ian la miró con cansancio.

—No.

—¿Valeria?

—No.

—¿Otra persona?

—No.

—Entonces ¿por qué?

—Porque no me siento bien.

—Eso no explica nada.

—Es lo único que puedo decirte.

La respuesta fue honesta.

Pero insuficiente.

Nox necesitaba algo sólido.

Un error claro.
Un evento específico.
Una traición comprobable.

Algo que pudiera señalar y decir: “Fue eso.”

Pero no había eso.

Solo sensación.

Y las sensaciones no se pueden discutir.

El viento movió las hojas del parque.

Alguien pasó trotando cerca.

El mundo seguía.

—No puedes irte así —dijo Nox en voz baja.

—No me estoy yendo lejos. Solo estoy terminando.

La frase fue técnica.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.