Nox no volvió a escribirle.
No después del último mensaje que Ian dejó sin responder.
No después de que la palabra “espacio” apareciera como una puerta cerrada.
Lo que hizo fue distinto.
El martes, Nox salió de casa veinte minutos antes de lo habitual.
No llevaba mochila. Solo una libreta pequeña y su teléfono.
Sabía a qué hora Ian salía de su clase de Historia Contemporánea porque aún conservaba el horario que él le había enviado meses atrás, cuando todavía compartían capturas de pantalla y emojis ridículos.
Se colocó al otro lado de la calle.
No cruzó.
Esperó.
El viento movía los carteles pegados en los postes. Un grupo de estudiantes salió primero. Luego otro.
Y entonces él.
Ian caminaba con los audífonos puestos, mochila colgando de un hombro. No miraba a nadie.
Nox dio dos pasos hacia la esquina.
Como si estuviera a punto de cruzar.
Como si acabara de llegar.
Cuando Ian levantó la mirada, ella ya estaba allí.
—Oh —dijo ella, fingiendo sorpresa—. Hola.
Ian se quitó un audífono.
—Nox.
No sonrisa.
No abrazo.
Solo su nombre.
—Qué coincidencia —dijo ella.
—¿Estudias aquí ahora?
—No. Vine a… —miró su libreta cerrada—. Vine a dejar unos papeles.
No era verdad.
Ian asintió.
Se movió un poco, incómodo.
—Bueno… tengo que irme.
—Claro —respondió Nox, demasiado rápido—. Yo también.
Caminaron en direcciones opuestas.
Nox no volteó hasta que estuvo segura de que él no la miraba.
Entonces giró la cabeza.
Y lo vio detenerse.
Un segundo.
Mirando hacia atrás.
El jueves apareció en el café donde Ian solía estudiar.
No entró de inmediato.
Se quedó afuera mirando a través del cristal empañado.
Él estaba allí.
Mesa del fondo.
Computadora abierta.
Un vaso de café a medio terminar.
Nox respiró hondo y entró.
El sonido de la campanilla sobre la puerta hizo que Ian levantara la cabeza.
Y ahí estaba.
De negro.
Sin maquillaje.
Como si la casualidad tuviera forma humana.
—Otra vez tú —dijo él, sin intención de sonar amable.
—¿Otra vez? —sonrió ella—. No sabía que este lugar era tuyo.
Pidió un café que no quería.
Se sentó en la mesa más cercana a la suya.
No habló.
No lo miró directamente.
Pero cada vez que Ian movía la silla, ella alzaba la vista.
Cada vez que él revisaba su celular, ella apretaba los dedos alrededor del vaso caliente.
Al cabo de veinte minutos, Ian cerró su laptop.
—Nox.
Ella fingió sobresalto.
—¿Sí?
—Esto ya no es coincidencia.
Silencio.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Qué cosa?
Él sostuvo su mirada por primera vez en días.
—No puedes seguir apareciendo así.
Ella no respondió.
No discutió.
No gritó.
Solo bajó la vista y dijo:
—No sabía que molestaba.
Ian suspiró.
—No es eso.
Pero no explicó qué era.
Se fue primero.
La campanilla volvió a sonar.
Nox se quedó sentada cinco minutos más.
Luego salió.
Y esta vez, no disimuló.
Lo siguió.
Ian caminaba rápido.
Nox mantenía distancia.
Una vitrina.
Un poste.
Un árbol.
Siempre algo entre ellos.
En una esquina, él volteó de golpe.
Nox se detuvo también.
Demasiado tarde.
Sus miradas chocaron.
Ya no había sonrisa.
Ya no había fingimiento.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó él.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Ella dio un paso adelante.
—No.
Pero no se movió.
No se fue.
No negó con el cuerpo.
Solo dijo la palabra.
No.
Y se quedó.
Ian sostuvo su mirada un segundo más.
Luego siguió caminando.
Esta vez no rápido.
Esta vez sin fingir que no sabía.
Empezaron los murmullos.
Primero en la universidad de él.
Después en la calle.
Nox notaba cómo algunas personas la observaban cuando se quedaba demasiado tiempo en una esquina.
Cuando se sentaba en la banca frente al edificio de Ian.
Cuando entraba a la tienda de cómics en la que él trabajaba los sábados.
Una tarde, mientras fingía revisar una figura coleccionable, escuchó dos voces detrás.
—Es ella.
—¿La ex?
—Sí.
No volteó.
Pero sus manos se tensaron alrededor de la caja.
Sentía ojos en la nuca.
En los hombros.
En la espalda.
Salió sin comprar nada.
Afuera, el cielo estaba gris.
Y por un segundo, creyó ver a Todd al otro lado de la calle.
De pie.
Inmóvil.
Mirándola.
Parpadeó.
No había nadie.
Esa noche, al entrar en casa, Todd estaba sentado en la mesa.
No la saludó.
No levantó la vista del plato.
—Te vi —dijo.
Nox se quedó quieta en el marco de la puerta.
—¿Dónde?
—Caminando detrás de alguien.
Ella dejó la libreta sobre la encimera.
—No estabas ahí.
Todd alzó la mirada.
Sus ojos eran pequeños.
—No hace falta estar para saber.
Silencio.
—Te estás convirtiendo en algo ridículo —continuó él.
Nox apretó la mandíbula.
—No sabes nada.
—Sé reconocer una obsesión.
La palabra cayó como un golpe.
Nox tomó un vaso de agua.
Lo llenó.
Lo bebió.
No respondió.
Pero esa noche no durmió.
El sábado siguiente volvió a la tienda de cómics.
Esta vez no entró.
Se quedó frente al escaparate.
Ian estaba dentro.
Reía con alguien.
Una chica.
Cabello suelto.
Chaqueta clara.
Nox no conocía ese rostro.
No todavía.
La risa de Ian atravesó el cristal.
Nox sintió cómo el aire se volvía más espeso.
Entró.
La campanilla sonó.
Ian levantó la vista.
La chica también.
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Editado: 04.04.2026