Suspiré como si estuviera a punto de enfrentar mi destino final y apoyé la mejilla en la palma de mi mano. El aula estaba en un silencio incómodo, de esos que te hacen replantearte todas las malas decisiones de tu vida… empezando por no estudiar… y por nacer.
—Karen Rivera Salgado, reprobada —anunció el profesor con la misma emoción con la que besa a su esposa.
Dejó la hoja sobre mi pupitre y siguió caminando, como si no acabara de destruir mi futuro académico.
Incliné la hoja.
—¿…Qué? —parpadeé.
Volví a parpadear. Con la boca abierta, me tapé los labios con la mano al contemplar aquel artístico e humillante cuatro de cien, decorado con tinta roja como si fuera una obra moderna titulada “Vas a morir cuando llegues a casa”.
—¿Y cómo te fue en el examen, Karen? —preguntó Fer, acercándose con una sonrisa.
Miró la hoja, con los ojos tan abiertos que parecían salirse de las cuencas, puso su mano en mi espalda.
—Ah… ya veo. Bueno, mira el lado positivo: al menos sacaste cuatro, no como la última vez.
La miré unos segundos, procesando.
—Tienes razón —dije, dejando la hoja sobre el pupitre y estirando los brazos con una sonrisa—. Una calificación no me define como estudiante.
Di una pequeña risa mientras metía mis útiles en la mochila.
—Oye, Karen. Creo que lo entendiste mal…
Apoyé un dedo en sus labios.
— Tu boquita debe estar cansada después de dar tan buenos consejos, Fer.
Tomé mi mochila con una felicidad que no había sentido en días, el timbre de la escuela sonó indicando que ya era hora de la salida y dando brinquitos salí del aula dando pequeños brinquitos.
—¡Adiós, Fer! ¡Nos vemos el lunes! —grité mientras salía del salón.
—¡Karen! —rugió mi madre al ver la boleta—. ¿Cómo te atreves a entrar a esta casa con esta calificación?
Yo estaba sentada sobre mis piernas, mirando el suelo como si fuera mi única salvación.
—No es para tanto, mamá… solo es un número insignificante —dije, mostrando una pequeña sonrisa.
Error. Grave error.
Mi madre abrió las fosas nasales como un dragón ofendido.
—¿Perdón?
—Mira —le enseñé mi examen—. Solo fallé cuatro preguntas —dije con orgullo mal ubicado.
Recibí varios golpes en el hombro, gracias a la palma de su mano.
—¿Crees que esto es un juego?
Negué mientras sobaba el área golpeada y la miraba con un leve puchero.
—No…
—¿Cómo es posible que seas tan inteligente y lo desperdicies? —bajó la voz, lo cual era peor—. Me estás obligando a que sepas lo que es el trabajo de verdad, y eso significa irte con tu tía Isela.
Tragué saliva.
—Tampoco tienes que exagerar, mamá —dije con el ceño fruncido y un leve puchero en los labios—. Prometo que no volverá a pasar. Lo juro por Q_ARE.
—¿Crees que te creeré?
—Sí. Así como yo te creí cuando dijiste que si me comía semillas de sandía me crecería una en el estómago.
—¡Ya basta, Karen! —repitió, alzando el brazo—. Te creeré, pero una calificación más o una llamada del colegio y verás lo que te pasa.
Asentí rápido con la cabeza y justo entonces, apareció André.
—¿Qué pasa? ¿Otra vez reprobaron a Karen? —dijo quitándose la mochila de los hombros.
—No te metas —dije, con el rostro tenso, cejas y nariz fruncidas, mostrando los dientes para intimidarlo.
Manotazo inmediato de mi madre hacia mi hombro. Me quejé de dolor y la vi correr hacia André para tomarlo de las manos.
—¿Tienes hambre, André? —suavizó su voz.
Pensó un poco he hizo un puchero.
—Un poco —respondió, sobándose la panza como actor dramático.
Mi madre fue a la cocina como un soldado obedeciendo a su teniente. Yo lo miré de mala gana.
—Si sigues comiendo así, te volverás un cerdo rosado.
—Pues no soy como tú, que siempre dices: “Yo hago puro ayuno y como poquito para no engordar” —imitó una voz chillona y mis mismos gestos.
Alcé el brazo como si fuera a golpearlo y chasqueé la lengua.
—¿Acaso quieres morir? Lo hago porque subo de peso muy rápido.
El mayor arremedó mis palabras con un tono aún más chillón. Di un suspiro, frunciendo el ceño, molesta, y antes de asesinarlo, mi madre me llamó para ayudarla.
— Está vez te salvaste —lo mire frunciendo mi nariz.
— Está vez te salvaste —me imitó mi mismo tono de voz.
Después de mil horas mamá y André se sentaron a la mesa mientras que yo estaba en el baño.
—¿Y de qué tanto discutían hace un rato? —preguntó mi hermano mayor, sentándose a la mesa.
—Mi madre habla antes de comer—. Bueno, no es algo que deba sorprenderte, pero, como sabes, Karen reprobó una vez más.
—Ya veo —dijo, dándole un mordisco a su comida y pensando un poco—. ¿Y por qué no la metes a otra escuela? Como la BUAP, esa escuela puede ayudar a ampliar su mente y pensamiento crítico.
¿Acaso le pagan por patrocinar su escuela?
Llegué a la mesa con un vaso de agua mientras me acomodaba en el banco. Froté mis manos y relamí mis labios.
—Huele tan bien —sonrió, tomando un plato y sirviéndome un poco.
—Karencita, sabes que creo en tus capacidades, ¿cierto? —preguntó mi madre sonriendo.
Alcé una ceja entrecerrando los ojos, a punto de dar un bocado.
—Mamá, no tienes que comportarte de ese modo. ¿Acaso te sientes mal?
—Frunció los labios con una pequeña sonrisa—. Si no cierras la boca no me dejarás terminar, mocosa. Como decía, eres bastante inteligente, hija. Por eso mismo deberías hacer tu examen para la BUAP.
—Te dio la idea André, ¿no? Pero está bien. No perderé nada al intentarlo.
—Karen, ¿por qué te niegas tanto? Lo único que hago es ayudarte —hizo una pausa—. ¿Qué dijiste?
—Está bien, ¿sabes? Falta poco para ingresar a la universidad y me estoy preocupando.
—¿En serio?
—Sí, ¿por qué te sorprende? Eso me ofende un poco —dije entre bocados.
Antes de que mamá dijera algo, fue interrumpida por la llegada de mi otra hermana: Valeria.