—Mamá, es que no entiendo —dijo Karen, de seis años, inclinando la cabeza con esa mezcla de curiosidad y frustración.
—Vas a entender, es muy fácil. El tío Tito tiene diez vacas y luego le dan cinco más. ¿Cuántas tiene ahora? —preguntó su madre, sonriendo. La sonrisa era tan intimidante que a Karen le recorrían escalofríos por la espalda.
—¿Veinte? —respondió Karen, con voz temblorosa, dudando de sí misma.
—Estas no son adivinanzas, hija —aclaró Adriana, intentando mantener la paciencia mientras veía a su hija confundirse con algo tan simple.
—No te enojes —susurró Karen, mirando las manos de su madre, buscando señales de que estaba bien equivocarse.
—Estás adivinando —dijo su madre con un tono firme pero tranquilo, intentando enseñarle la diferencia entre adivinar y razonar.
—Mamá, no te enojes. Es que no entiendo —repitió Karen, tragando saliva ante la intensidad de su madre.
Su madre chasqueó los dedos, indicándole que guardara silencio.
—Cállate, cállate —dijo—. Imagina que estamos en la granja de la tía Isabela, ¿bien? Allí hay vacas, ¿verdad? Ves diez vacas, grandes, marrones y blancas, pastando tranquilamente. Imagínatelas. Y de pronto llegan cinco más; se suman a las otras, tranquilas pero visibles. ¿Ves la imagen en tu mente?
Karen tragó saliva, viendo cómo su madre empezaba a transformarse en algo que parecía sacado de las películas de terror: enorme, con ojos penetrantes y una voz que retumbaba en su imaginación como un monstruo.
—Te lo voy a preguntar una vez más, ¿sí? Solo una vez. En total, ¿cuántas vacas hay? Última llamada para el pequeño cerebro de Karen, ¿cuántas vacas son? —Adriana enfatizaba cada palabra con un gesto dramático, como si la respuesta equivocada pudiera desatar un desastre.
Se abrió la puerta y su padre entró con tranquilidad, rompiendo un poco la tensión.
—Hola, familia —dijo.
Un suspiro silencioso de alivio recorrió a Karen.
—¡Papá! —exclamó, olvidando por un momento la tensión de la pregunta.
—¡Vete de aquí! —gritó su madre, claramente frustrada por la interrupción, pero con un dejo de humor que solo los adultos pueden mantener en esas situaciones.
—Está bien, me voy, me voy —respondió su padre, alzando las manos en señal de paz.
—Dime, Karen, ¿cuántas vacas hay? —preguntó su madre, suavizando el tono, aunque todavía firme.
Karen cerró los ojos, imaginando de nuevo a las vacas y contando despacio en su mente. Su madre parecía un monstruo que solo podía ser calmado con la respuesta correcta.
—¿Quince? —tartamudeó, insegura.
—Muy bien —dijo su madre, sonriendo mientras volvía a su expresión habitual—. ¿Ves? No era tan difícil. Es como si te hubiera preguntado cuánto es diez más cinco.
—Pero eso sería veinticinco, ¿no? —dijo Karen, confundida, mirando los ojos de su madre.
—¿Qué dijiste? —Adriana hizo una mueca.
—Te la creíste. Sería diecinueve —dijo con orgullo.
Adriana se golpeó la frente con la palma de la mano y suspiró. La lección de matemáticas se había convertido en un pequeño espectáculo familiar.
Desde ese momento supe que no me iría tan bien en el colegio… pero ni en mis peores pesadillas imaginé que lo peor aún estaba por venir.
Estábamos en la sala mientras mi mamá apretaba mi coleta con firmeza y yo lloraba de dolor.
—Ay, mamá —me quejé, sintiendo cómo la presión de la corbata le rozaba el cuello—. ¿No es esto un poco exagerado?
—Tú quisiste esto —respondió mi madre—. Al menos tienes que causar una buena impresión los primeros días. Después podrás vestirte y peinarte como quieras.
Terminó de hacer la coleta con precisión, como si cada mechón tuviera que estar en su lugar exacto.
Asentí, resignada. Escuché pisadas bajando la sala y no pude evitar morder mi labio inferior al saber que me lloverían críticas de André.
—Karen, tienes más frente que cara. Pensé que eras megamente —habló André acercándose—. Hasta brilla.
—Qué bueno que me parezco a ti —dije con una sonrisa forzada.
—Ya quisieras. Yo me parezco más a la familia de mamá. Tú te pareces a tu tía Lupita —se burló mientras acariciaba mi frente.
—Y tú al tío Mauricio —traté de golpearlo, pero mi mamá jaló mi cabello y yo me quejé.
—André, no seas grosero —regañó mamá, cruzando los brazos.
—Ya escuchaste, André —dije, lanzándole una almohada con velocidad calculada.
El mayor se quejó, pero no dijo nada más. Mi mamá y yo continuamos hasta la puerta de salida, preparándome para la guerra, con la mochila en mis hombros y el corazón un poco acelerado, caminando hacia la parada de bus que estaba a unas cuadras de casa.
Subí al autobús, me puse los auriculares y dejé que la música amortiguara el ruido del motor. Me senté, coloqué la mochila sobre mis piernas y recosté la cabeza en el vidrio mientras cerraba lentamente los ojos.
Creí que sería un viaje tranquilo… hasta que alguien se sentó a mi lado. No le di importancia y volví a cerrar los ojos, disfrutando de cinco minutos de descanso.
—Borré las fotos —exclamó una voz que me hizo saltar de mi asiento.
Abrí los ojos y vi a un chico de cabello oscuro, ojos cafés intensos y expresión decidida, sujetando la muñeca de un señor mayor sentado a mi lado. La tensión era evidente; el hombre parecía listo para reclamar, mientras el joven mantenía la postura firme.
—Oye, mocoso. ¿Sabes con quién te metes? —amenazó el anciano.
—Lo único que sé es que estabas tomando fotos a menores —respondió el chico—. Bórralas ahora o llamo a la policía. Mi padre, Josué Hernández Martínez, es abogado. Créeme, podrías pasar dos años o más en la cárcel.
El anciano parpadeó incrédulo:
—¿Crees que te creeré? ¿Cómo es posible que un abogado tan bueno deje que su hijo venga en bus?
El joven sacó su celular y le mostró una foto con su padre, señalando la evidencia claramente. Luego deslizó un acta digital que confirmaba legalmente que su padre era quien decía ser.