Dos de marzo. Doce de la mañana. Tres horas.
«Mi nombre es Elizabeth, pero mis amigos me llaman Eliza. Tengo veinte años y —[?]— solo tengo dos amigos: ellos son Pablo y Laura… creo que estoy enamorada de Laura»
Escribí aquello porque tenía demasiado sueño, fue un catorce de febrero y se supone que estoy en la primera página. Realmente lo escribí después de redactar mis encuentros con Pablo y Laura, ellos ni siquiera se habían visto las caras hasta ese entonces, como separé el cuaderno en la mitad para no mezclar lo que escribí antes de conocer a Pablo, tenía hojas de sobra para poner esa tontería detrás de la que era la primera página, escribí esa especie de presentación en la mitad de la hoja, justo arriba había una frase escrita con lápiz en lugar de esfero, decía «Puedo recordarlo todo», pero, irónicamente, no recuerdo haber escrito eso.
No sé exactamente cuál había sido mi objetivo al escribir eso en ese momento, tampoco lo entiendo ahora. Poner mi nombre como si me dirigiera a alguien, hablar de dos personas que acababa de conocer como si fuesen mis amigos, estar enamorada de Laura… leer eso me hizo sentir muy estúpida.
Estoy sentada en mi oscura habitación, con poco más que la luz de la luna entrando por la ventana para iluminar mi cuaderno, intentando hacer memoria, entonces, suena un golpecito en el vidrio. A pesar de lo leve que fue tengo demasiado miedo, mi corazón empieza a latir con violencia y cierro el diario. Miro con cuidado a través de la cortina y no puedo creer lo que están viendo mis ojos… es Laura, de pie en la acera de mi casa.
Me acerco a la ventana dejando el diario en el piso y ella me hace señas. Tiene su casco en la mano, pero no alcanzo a ver su moto por ninguna parte. Me hace señas, la noto nerviosa y agitada, nunca la había visto así. Tiene una chaqueta de cuero y unos pantalones jean oscuros, lleva unas botas de estilo militar negras y el cabello suelto. Laura es increíblemente preciosa, pero no entiendo qué carajos hace aquí a estas horas.
—¿Qué pasa? —susurro desde la ventana sabiendo que no puede escucharme, abro la boca con exageración y pronuncio cada silaba muy despacio con la esperanza de que lea mis labios con facilidad.
Me da la impresión de que me dice que salga, sus labios se mueven como si fuera una palabra muy corta, monosílaba y relacionada con el verbo salir… según mi lógica. Me hace señas con el brazo izquierdo, en la mano derecha sostiene el casco. Le hago un gesto con la palma de la mano para que me espere y cierro completamente la cortina.
Alumbro con el celular y abro el closet, mientras muevo unas chaquetas colgadas en ganchos recuerdo que llevo ropa que no está impecable pero que es útil para salir, ni siquiera me quité los zapatos para la descomunal siesta que tuve porque no tenía pensado quedarme dormida. Aquello me dejó tan desorientada que me costó unos segundos incorporarme. Sin apagar la linterna, reviso los mensajes de texto y lo último que nos escribimos Pablo y yo fue:
» En el tercer piso a las 3:00 am. Ya sabes qué día. No te olvides de llevar la manguera.
» Perfecto. Nos vemos el domingo.
Me quedo pensando un rato y no recuerdo absolutamente nada de ninguna maldita manguera. Veo el mensaje de texto y mi diario se cruza por mi visión periférica en el piso así que le doy una leve patada para lanzarlo bajo la cama. Agarro mis llaves y voy a la puerta, mi madre duerme en la habitación de al fondo y son poco más de las doce. Puedo escucharla roncar desde aquí, algo me dice que es posible que nunca la vuelva a ver y siento un escalofrío al ver la casa oscura. Abro la puerta tan despacio como puedo, saco medio cuerpo y antes de salir completamente, miro a hacia el fondo de nuevo, un destello de luz blanca entra a través del espacio que hay abierto, no llega hasta la pieza de mi madre, pero le falta bastante poco.
—Adiós, ma —susurro a la oscuridad tan despacio que mi voz se corta.
Cierro la puerta con cautela, primero meto la llave para girarla y que la palanca entre para luego dejarla salir con el movimiento de la llave, así hago menos ruido del que haría si la cerrase directamente. Camino hasta Laura que me abraza con fuerza, estoy atrapado en los brazos de la mujer más bella que he visto en la vida después de Amanda, aunque lo que yo sentí alguna vez por Amanda no era exactamente lo mismo que siento por Laura.
—Te dije que no podías confiar en él —me dice Laura con sus manos en los laterales de mis hombros.
Aprieta mis brazos con sus manos, pero no me lastima, me siento segura con ella. Tenemos la misma estatura, pero las gruesas plataformas de sus botas militares la hacen verse un poco más alta.
—¿Qué pasó? Acabé de despertarme, dormí casi todo el día.
—Se nota… necesito que vengas conmigo —me dice agarrando mi mano y jalándome
Nos dirigimos a la esquina de mi casa a unos treinta metros, desde aquí puedo ver su moto, la recuerdo como recuerdo el día en que la conocí, el día en que conocí a Pablo y todo lo demás. Y todo gracias a mi diario y a lo mucho que escribí durante este tiempo. Ella me lleva en su moto hasta el edificio abandonado y me cuenta la verdad de Pablo… me cuesta creerlo. Se supone que íbamos a llevar a cabo lo que planeamos en menos de tres horas. Son más de las doce, por ende, ya es domingo… hoy es el día y tenemos hasta antes de las siete que comience la misa para hacerlo todo. Estamos en el último piso del edificio y el cielo es de un azul oscuro con un fuerte brillo causado por la luna llena.
—Escúchame, no te quedes dormida aun —me dice Laura sosteniendo mi rostro, pone ambas manos en mis mejillas y me mira muy seria. Creo que estaba por desmayarme del sueño.
—¿Qué vamos a hacer? —le digo poniendo mis manos sobre las suyas. Miro sus labios confundida y vuelvo a percatarme del cielo.
—Necesito que te quedes aquí lo más despierta que puedas, Pablo debería llegar a las tres según lo estipulado. Necesito que confíes en mi… ¿confías en mí? —me pregunta— siéntate aquí y no te quedes dormida —dice moviendo un asiento blanco de plástico que había en una esquina, lo recuerdo bien.