---Templo de Sagitario---
Al descubrir que sus galletas no eran exactamente del agrado de todos… El opinaban de que sabían mal y muy quemadas…
Claro que lo ha hecho sentirse realmente mal, no por los comentarios que le llegan en lo más profundo de su corazón.
Sino que… El simple hecho de pensar que en cierta forma los obligó a comerlas, sin importar que estuvieran muy quemadas… Todo para no herirlo, le hace sentir mucho peor.
Sentado en el piso, abrazando sus propias piernas, recargado en la pared de la cocina… En un pequeño espacio que queda entre la estufa y el refrigerador.
Sus lágrimas caen, dejando escapar fuerte suspiros melancólicos, pensando en cómo los debió atormentar a todos con sus horribles galletas.
-Es que… Simplemente no lo entiendo, sigo la receta… Y lo intento cada vez más… Pero… Mis galletas, no salen…- Su voz parece quebrarse a cada frase dicha, con el labio tembloroso y la melancolía en el rostro -Perdónenme…-
Aioros no tiene ni un solo gramo de maldad.
En vez de sentirse ofendido o enojado con los otros, esté solo los compadece, por haber tenido que probar sus carbones intentos de galletas.
Solo piensa en la forma de compensarlos.
Su corazón es amable y bondadoso, pensando en los demás antes que en él mismo.
A veces esto solo traer terribles consecuencias, por no ponernos en primer lugar.
Pero eso es tema para otro día.
Ya que, entre la dificultad de su pesar por no saber hacer una buena cocción de galletas o tantearle al honró…
El sonido de unos pasos corriendo a toda velocidad, una respiración muy agitada y una voz tan fuerte como el mismo trueno resuenan en el noveno templo desde la entrada.
-¡¡¡AIOROS!!! ¡¡¡HERMANO!!! ¡¡¡DÉJAME EXPLICARTE LO QUE PASO!!!- Sin pedir permiso, va directamente a buscar a Sagitario, siente su cosmos desde luego en ese lugar.
Pero por intentar todo resolver, no se fija dónde se encuentra exactamente, y empieza a buscar en todas los lugares menos la cocina.
En la habitación, en el baño, la sala, los armarios, la bodega, incluso donde guarda cosas muy privadas el Griego mayor… Pero sin éxito alguno.
Aunque el noveno caballero dorado escucha, quiere primero calmar sus lágrimas antes de responder y poder así hablar tranquilamente con su hermanito.
Tardó unos minutos pero lo logró… Y con un tono sereno, su voz se deja apreciar para los oídos del León dorado.
-Estoy en la cocina, hermanito- Habla en diminutivo para que el otro entienda que todo está bien y no está enojado.
Apenas si escucha el quinto dorado, y sale fuera de aquel armado en que se metió para buscar hasta por el último rincón del lugar.
-¡¡¡AIOROS!!!- Al llegar exclama ese nombre y ve como los pies del centauro salen de ese escondite, y al caminar ver que lleva manchas de sal en sus mejillas, algo rojas y sus ojos igual, forzando una sonrisa.
-Aioria. Hola, ¿Está todo bien?- Su pensar es primero en los demás antes que en sí mismo. Regala su tranquilidad a los demás, y sonrisas que intentan ser sinceras.
Le remuerde la consciencia lo que ha dicho, el que gritara a los cuatro vientos que las galletas de su hermano no eran tan buenas… Le está haciendo sentir como la peor persona del mundo.
Sus manos se forman en puño, sus ojos miran hacia el suelo, mientras los labios son mordidos y los orbes verdes se empañan de lágrimas.
-Lo siento…- Exclama, mientras se sienta en el suelo de frente al mayor y sin importar el espacio, le da un fuerte abrazo, con el remordimiento que ya está cargando –No debí decir eso… Nadie lo debió hacer, perdóname Aioros… Debí defenderte, y no dejar que todos hablaran estupideces…- Aspira por la nariz, dejando escuchar que fluidos nasales se van acumulando en él -Eres el mejor hermano mayor del mundo y… Yo también debo defenderte y no ser malo contigo nunca… -
La culpa carcome al león, que abraza a su hermano en una posición no muy cómoda, pero necesario para pedir disculpas a quién desde muy chicos le ha dado todo para que sea feliz…
Estos actos y palabras, claro que conmueven el corazón del Griego.
Siempre ha tenido debilidad cuando su hermanito llora, y su deber como el mayor es consolarlo…
-Ya, ya, Aioria… No pasa nada… Está bien…- Le consuela, dándole palmadas en la espalda, para que se relaje y ya no se sienta mal.
Aunque él si se siente mal por las palabras que escucho, siempre intentado poner la otra mejilla -Era necesario que me lo digieran… Sé que mis galletas no son las mejores… Pero… Quería solo mejorar para que ustedes estuvieran muy felices- Regala otra sonrisa, pero las pequeñas perlas de sal van amenazando con desbordarse de sus verdes y oscuros ojos.
-Aioros…- Se da cuenta de que esas palabras que han salido de la boca de su hermano, son muy grandes y hermosas, llenas de tanto sentimiento, que entiende que van más allá de una sonrisa -¿Tú sabias que tus galletas….?- Ya no puede decir algo mal con respecto a esos alimentos… Por eso se muerde la lengua al hablar.
-Pues… Yo las probaba, y para mí sabían bien pero… No eran muy ricas, lo sé… - Asiente, sonriendo tristemente y dejando que lágrimas surquen sus mejillas algo tostadas.
-Pero- Para el menor, esto no tiene mucho sentido… Regresa a su posición original, para estar sentado sobre sus piernas y ya no incomodo hacia delante para abrazar al otro, y dejando en claro que por mucho que crezcan, Aioria siempre buscará estar cerca del pecho de Aioros, pues en ese lugar siempre acudía cuando lloraba y así ser consolado con lindas canciones de cuna -¿Por qué hacer galletas? Si tus otros postres son realmente deliciosos La duda del millón, para conseguir la del billón.
Esa es la cuestión que todos en el santuario se hacen y que no existe respuesta aún.
Suspira, estando en medio de su escondite, pero queriendo salir un poco de ese lugar, solo para esta cerca del León dorado y a la vez acariciarle los suaves cabellos…
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Editado: 04.03.2026