Lol: Si caigo, caes conmigo

Primer día- Part 2

El timbre suena cuando Melissa aparece a mi lado, agitada como siempre.
—Llegué —dice, como si hubiera estado a punto de no hacerlo.

—Llegaste tarde —le respondo, mirando el reloj.
—Pero llegué bolida —repite, sonriendo.

—Buenos días, personas responsables —dice Lucas, entrando justo después, con una sonrisa grande y la mochila colgándole mal del hombro—. ¿Listos para sobrevivir otro día?

—Habla por ti —dice Melisa.
—Yo siempre hablo por mí —responde él, guiñándome un ojo antes de sentarse.

Entramos al salón y todo se siente... distinto.
Hay movimiento, murmullos, caras nuevas. El profesor está de pie, revisando una lista que no reconozco.

—Silencio, por favor —dice—. Hoy tenemos alumnos nuevos.

Cinco.
Dos chicas y tres chicos. Los hacen pasar al frente uno por uno. Dicen sus nombres, de dónde vienen, lo típico. Yo escucho, pero sin interés real. Nada de eso altera mi día.

Hasta que el timbre ya pasó y la puerta del salón se abre.

Tarde.

El chico entra con esa calma descarada de quien no parece pedir disculpas, aunque lo hace.
—Perdón, profesor.

Levanto la vista sin pensar... y ahí está.

Pelo negro.
Alto.
Delgado.
Cejas gruesas que hacen que su mirada se vea más intensa de lo que debería.
Ojos café.
No es pálido. Gracias a Dios.
Y sus manos— sus malditas manos.
No. Basta.

Trago saliva.

No es mi tipo.
O eso me digo.

—Nombre —dice el profesor, sin paciencia.
—Pedro Pascal —responde él.

Pedro.
Claro que se llama Pedro.

—Preséntate, ya que llegaste tarde —agrega el profesor.

Pedro sonríe apenas, como si la situación no le pesara en absoluto.
—Soy nuevo acá. Eso es todo.

Algunas risas.

—Soy nuevo acá. Eso es todo.

El profesor lo observa un segundo más, como si esperara algo mejor.
—¿De qué colegio vienes?

—Del Héroes del Cenepa.

Algunos murmullos se escapan por el salón.

—Eso queda a dos horas de aquí —dice el profesor—. ¿Vives en Santa Isabel?

—No —responde él, tranquilo—. Antes vivía ahí. Me mudé.

Algo en la forma en que lo dice me llama la atención.
No suena incómodo.
Tampoco explicativo.

Es nuevo en la ciudad, pienso.
¿Por qué se habrá mudado?

—Bueno —continúa el profesor—. ¿Algo más que quieras decir?

Pedro niega con la cabeza.
—No busco problemas con nadie. Solo vengo a estudiar y ya.

Silencio.

¿Quién llega a un lugar nuevo diciendo eso?, pienso.
Como si ya supiera que va a causar algo.
Como si quisiera dejar claro que está por encima de todos.

Qué tipo más arrogante...

Pedro se sienta un par de filas adelante. Pablo, otro de los nuevos, ocupa un asiento del fondo. Yo aparto la mirada, intentando volver a lo mío.

Pero ya es tarde.

Melissa me mira de reojo. Yo no la miro de vuelta.

Es... simpático, pienso.
Demasiado.

Se sienta un par de filas adelante. Thomas—otro de los nuevos— ocupa el asiento vacío del fondo . No le presto atención. Mi atención ya cometió un error.

Pedro se gira un segundo, como si sintiera la mirada. Nuestros ojos se cruzan.
Nada más.
Nada menos.

Aparto la vista de inmediato.
No me gustan las distracciones.
No me gustan los chicos que llegan tarde.
No me gustan las sonrisas fáciles.

_________________X________________________

La clase continúa como siempre.
Yo estoy en la segunda fila, espalda recta, cuaderno abierto, escuchando absolutamente todo. No sé hacerlo de otra manera. Si vengo al colegio, es para atender.

Lucas está a mi lado, recostado en la silla como si nada le importara. A veces no entiendo cómo hace. No estudia —o al menos eso dice—, no se estresa, no pregunta nada... y aun así saca puro veinte.
Veinte tras veinte tras veinte.
A veces juro que le paga a los profesores, pero no. Es solo insoportablemente brillante y relajado al mismo tiempo.

Melissa, en cambio, es otro mundo.
A ella estudiar le cuesta, y tampoco parece importarle demasiado. Si aprueba, bien. Si no, también. Está más pendiente de si el chico que le gusta le respondió el mensaje o si ahora le gusta otro distinto.
Pero si hay algo que Melisa tiene —algo que yo nunca voy a tener— es que habla con todo el mundo.
Con todos.
Profesores, alumnos nuevos, antiguos, gente que ni conozco. Dios, no sé cómo lo hace. A mí no me sale. Nunca me salió.

A veces escucho que nos dicen "el trío dorado".
No sé quién inventó eso, pero siempre estamos juntos.
Donde está Melisa, estoy yo.
Y la mayoría de veces, Lucas también.

No lo planeamos.
Simplemente pasa.

Los miro un segundo y siento algo raro en el pecho.
Cariño, supongo.
Los amo. No sé en qué momento pasó, ni cómo, pero los amo.

Vuelvo la vista al frente justo cuando el profesor explica algo importante. Anoto rápido, concentrada. Todo sigue su curso. Todo está normal.

Excepto que, sin querer, mi mirada se va hacia adelante.
Hacia Pedro.

Está recostado en la silla, escuchando a medias, girando el lapicero entre los dedos.
Sus manos.
Malditas manos.

Aparto la vista enseguida.

Concéntrate, Lola.
No pasa nada.
Es solo el chico nuevo.

Eso me digo.
Aunque, por alguna razón, ya no me resulta tan fácil volver a prestar atención




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