Lorcaster - Libro 7 de la Saga de Lug

PARTE II: RESTAURACIÓN - CAPÍTULO 7

Clarisa, Augusto y Rory volvieron su atención con ansiedad hacia la puerta de la casa al verla abrirse. Merianis se asomó con una sonrisa complacida:

—Partimos hacia Avalon —anunció.

—¿Cómo logró convencerla? —le planteó Clarisa con asombro.

—Morgana es una reina, no puede evitar actuar como tal —respondió Merianis.

Clarisa sabía de sobra que Morgana no era fácil de convencer. Se maravilló del poder persuasivo de Merianis.

—Mejor nos apuramos antes de que cambie de opinión —dijo Clarisa, entrando de nuevo a la casa, seguida de los demás.

Al traspasar la puerta, vieron la figura de Morgana de pie ante ellos, erguida y poderosa. No había trazas de su miedo ni de la angustia y desesperación que la habían quebrado al ser forzada a asesinar a sus congéneres. Aún si no hubiesen sabido quién era, aún sin señales de una corona que revelara su estatus, cualquiera hubiese podido reconocer en ella a una reina. La autoridad y seguridad que emanaban de ella eran irrefutables. Clarisa se dio cuenta de que Merianis había hecho mucho más que convencer a Morgana de ir a Avalon, le había restituido la confianza en sí misma, su valía personal y su soberanía.

Clarisa no fue la única en darse cuenta del cambio. La nueva presencia de Morgana en la habitación indujo a Augusto y a Rory a hincar una rodilla en tierra en reverencia:

—Estoy a sus órdenes —dijo Augusto.

—También yo —dijo Rory.

—Y yo —dijo Clarisa, imitando a los otros dos y poniéndose de rodillas también.

—Solo expresad vuestros deseos y serán cumplidos —dijo Merianis, ocupando también su lugar junto a los demás.

—Os agradezco vuestra lealtad y vuestra disposición para ayudarme —dijo Morgana—. Levantaos, amigos míos, pues no sois mis súbditos sino mis aliados.

Por primera vez en mucho tiempo, Clarisa se permitió volver a tener esperanza de que finalmente su misión de ayudar a la restauración de Morgana llegara al éxito. Sin perder tiempo, se dirigió a las alacenas y comenzó a sacar paquetes con alimentos, cargándolos en una mochila.

—Eso no es necesario —le dijo Morgana desde atrás—. Avalon nos proveerá con alimento.

—De acuerdo —respondió Clarisa, apoyando la mochila en el suelo.

—Creo que hay otras consideraciones prácticas a tener en cuenta —dijo Augusto—. Necesitamos transporte aéreo para llegar hasta Glastonbury.

—¿Qué es Glastonbury? —preguntó Rory.

—Es un pequeño pueblo en Somerset, Inglaterra. Es el lugar en donde se encuentra Avalon según las antiguas leyendas arturianas —explicó Augusto, aunque la cara de confusión de Rory ante los desconocidos nombres dejaba claro que su explicación no había satisfecho la pregunta.

—Avalon no está en Glastonbury —dijo Morgana.

—¿En la isla de Man, entonces? —sugirió Augusto.

La isla de Man era otro de los posibles lugares donde se pensaba que estaba la elusiva isla de Avalon, aunque los lazos de la isla de Man con la mitología celta no eran tan fuertes como los de Glastonbury. Otros autores proponían islas misteriosas en medio del océano Atlántico o el Mediterráneo.

—No —negó Morgana con la cabeza—. Esos son solo puntos de acceso. Avalon no es como Baikal, no está físicamente en este mundo. Se encuentra desfasado de esta realidad y su acceso es solo posible con el permiso de las hadas.

—¿Significa eso que hay otros puntos de acceso más cercanos a nosotros? —inquirió Augusto.

—Por supuesto —aseguró Morgana—. Cualquier cuerpo de agua puede conectarnos con Avalon.

—¿El río Millán? —propuso Clarisa.

—Un lago es preferible —respondió Morgana—. La corriente del río Millán altera los lazos de energía y es más difícil enfocar a Avalon en aguas en movimiento.

Clarisa se tomó la barbilla con dos dedos, pensando.

—¿Qué tal el lago Lovret? —dijo Augusto de pronto.

—Nunca había oído hablar de él —dijo Clarisa.

—No es muy conocido. Se forma solo en la época de lluvias entre las sierras, hacia el sur. En esta época del año debería tener agua. Las aguas son tranquilas, pero el lago no es muy grande.

—El tamaño no importa —dijo Morgana.

—¿Qué tan lejos está el lago Lovret de aquí? —quiso saber Clarisa.

—No mucho. Cuarenta o cincuenta kilómetros —respondió Augusto—. Podemos llegar allá en menos de una hora.

—Necesitaremos un bote —dijo Morgana.

—Hay pescadores en las cercanías —dijo Augusto—. De seguro podemos pedir un bote prestado o alquilarlo.

—Muy bien —sonrió Clarisa, dándole las llaves del coche a Augusto—. Tú conduces.

Augusto tomó las llaves con gusto:

—Será un placer —sonrió a su vez.




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