Los 5 hermanos y la lámpara

Capítulo 3: El Eco del Vínculo

El desván, que hasta hace un momento se sentía como un almacén de trastos olvidados, se transformó en un espacio vibrante. El pulso azul de la lámpara bañaba los rostros de los cinco hermanos: la piel clara de Ricardo se veía casi eléctrica, y las facciones severas de Eduar se suavizaron por el asombro, aunque su mano se cerró en un puño, alerta ante lo desconocido.
-Brian, suéltala... -ordenó Eduar con voz ronca, pero sus pies no se movieron.
-No puedo -respondió Brian, con los ojos fijos en los grabados del bronce-. No es que pese, es que... se siente cálida. Como si estuviera despertando.
Estevan dio un paso al frente, olvidando por completo su tableta. Extendió la mano, no para tocar la lámpara, sino para intentar medir la intensidad del brillo con un sensor infrarrojo, pero la pantalla de su dispositivo empezó a mostrar interferencias y códigos de error.
-Esto no tiene sentido lógico -murmuró Estevan, frustrado pero fascinado-. No hay batería, no hay fuente de energía visible, pero la frecuencia de ese brillo es... rítmica. Es una señal.
Ewduin dio un paso hacia el centro, levantando su mano derecha. Su anillo de madera no solo vibraba; emitía un calor reconfortante que parecía sincronizarse con el latido de la lámpara.
-No es una señal tecnológica, Estevan -dijo Ewduin con una calma que sorprendió a todos-. Es un llamado. La lámpara nos reconoce.
Ricardo, que había estado inusualmente callado, rompió el círculo y se acercó a Brian. Su curiosidad de quinceañero pudo más que el miedo.
-¿Un llamado de quién? ¿De los abuelos? -preguntó Ricardo, estirando el cuello para ver mejor-. Miren esos detalles azules... parecen letras, pero cambian de forma.
De repente, la vibración del anillo de Ewduin se intensificó y una pequeña chispa azul saltó desde la lámpara hacia el anillo de madera. El desván entero se sumergió en un silencio absoluto, como si el tiempo se hubiera detenido.
-Brian -susurró Eduar, esta vez sin rastro de enojo, solo con urgencia-, algo está saliendo de la boquilla.
Una estela de humo azulado, denso y brillante, comenzó a serpentear desde la lámpara, formando figuras en el aire que parecían mapas de lugares que ninguno de ellos había visto jamás.
El ambiente en el desván cambió de golpe. El aire se volvió pesado y el aroma a polvo fue reemplazado por un olor a ozono y bosque antiguo.
Justo cuando el destello cegador los envolvía, el espacio alrededor de los cinco hermanos dejó de ser sólido. Ya no estaban en el desván; estaban flotando en un túnel de luz azul cobalto que parecía hecho de memorias líquidas.
-¡Sujétense unos de otros! -rugió Eduar, extendiendo sus brazos fuertes para agarrar a Ricardo y a Estevan por las camisetas, evitando que la fuerza centrífuga los separara.
En medio del caos, Brian sintió que la lámpara en sus manos empezaba a hablar, no con palabras, sino con visiones. Vio a hombres que se parecían a ellos, siglos atrás, forjando el bronce en volcanes de fuego azul. Vio la misma lámpara pasando de mano en mano a través de generaciones, hasta llegar a la caja oculta en su desván.
-¡Es nuestra sangre! -gritó Brian, aunque el viento del vacío casi le robaba la voz-. ¡La lámpara no nos eligió por azar, nos estaba esperando!
Ewduin, con su piel morena iluminada por el resplandor verde de su anillo, extendió su mano libre hacia el vacío. Al hacerlo, las raíces del tiempo parecieron entrelazarse con su energía. Por un segundo, los cinco hermanos no fueron solo individuos; fueron una sola entidad, una cadena inquebrantable que conectaba el pasado con el presente.
De repente, la succión se detuvo en seco. La gravedad regresó con una fuerza brutal, como si el universo los hubiera escupido de vuelta a la realidad.
-¡Prepárense para el impacto!- alcanzó a decir Estevan antes de que la luz estallara en mil fragmentos plateados.




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