Cuando la luz se disipó tan abruptamente como había aparecido, los cinco hermanos cayeron sobre una superficie blanda y extraña. Jadeando, se levantaron lentamente, sintiendo el suelo ceder ligeramente bajo sus botas. La primera bocanada de aire en este lugar era dulce y fresca, con un dejo a flores desconocidas y a tierra húmeda.
Este no era su sótano.
Miraron a su alrededor con los ojos muy abiertos, tratando de procesar la magnificencia y la extrañeza del lugar. Habían llegado a un Nuevo Mundo.
El cielo sobre ellos no era azul ni gris, sino una vasta cúpula de un verde esmeralda profundo y translúcido, salpicado con nubes que parecían estar hechas de un material similar al cristal líquido, reflejando el verde en miles de tonos cambiantes. Dos soles, uno de un naranja ámbar suave y el otro de un violeta intenso, colgaban en el horizonte, proyectando sombras largas y etéreas que se estiraban y se contraían con cada latido de luz.
Los árboles eran algo nunca antes visto. Sus troncos no eran de madera, sino de una sustancia perlada que brillaba suavemente, con una textura que recordaba al nácar. Sus hojas, en lugar de ser verdes, eran de un azul cobalto brillante y de un rojo carmesí vibrante, y se movían con una cadencia hipnótica, produciendo un suave tintineo como campanas de viento. En sus ramas crecían frutos que parecían pequeñas esferas luminosas de color dorado pálido y plateado.
El suelo estaba cubierto por una alfombra de vegetación que fluctuaba en tonos de púrpura lavanda y fucsia eléctrico, salpicada de flores que se abrían y cerraban rítmicamente, emitiendo una luz bioluminiscente. Lejos, en la distancia, se alzaban montañas de un mineral desconocido, con vetas que brillaban en un cian profundo y un turquesa iridiscente.
El aire vibraba con una energía palpable. No había sonidos de animales conocidos, sino una música ambiental, como un coro de flautas lejanas y cuerdas etéreas, que parecía provenir del propio paisaje. La atmósfera era pacífica, pero cargada de un misterio ancestral.
Ricardo fue el primero en hablar, su voz apenas un susurro: - ¿Qué...? ¿Dónde estamos?
Estevan, aún procesando la avalancha de información, logró murmurar: - Esto... esto es imposible. La física no...
Brian, con la lámpara de bronce ahora fría en sus manos, miraba a su alrededor, una mezcla de asombro y preocupación en su rostro. La lámpara ya no brillaba, pero se sentía extrañamente pesada, como si hubiese absorbido parte de la energía del viaje.
Ewduin, con su anillo brillando con una tenue luz verde, se arrodilló y tocó el suelo con una mano. Sus ojos se cerraron y una pequeña sonrisa apareció en sus labios. - Está vivo -dijo-. Todo está vivo aquí.
Eduar, siempre el pragmático, observaba el horizonte con recelo. El asombro no le impedía ver la inmensidad y el peligro potencial de lo desconocido. - No importa dónde estemos. Necesitamos saber cómo volver.
Pero mientras miraban a su alrededor, el Nuevo Mundo ya comenzaba a tejer su magia en ellos, sus colores imposibles y sus sonidos etéreos prometiendo una aventura que jamás habrían imaginado.
El silencio que siguió a las palabras de Eduar fue denso. La confusión era total; el paisaje era tan hermoso como aterrador en su inmensidad. Estevan revisaba frenéticamente sus dispositivos, pero las pantallas solo mostraban estática de colores. Brian apretaba la lámpara contra su pecho, como si fuera lo único real que quedaba de su hogar.
- No entiendo nada -admitió Ricardo, dando un paso atrás al ver una de las flores fucsias cerrarse bruscamente cerca de su pie-. ¿Cómo vamos a salir de aquí?
Ewduin, que seguía arrodillado con la mano sobre la hierba púrpura, se puso de pie lentamente. Su anillo de madera ya no solo brillaba, sino que emitía un calor pulsante que parecía dictarle un ritmo. Sus ojos, usualmente tranquilos, tenían una chispa de determinación.
- El anillo... me está hablando -dijo Ewduin, su voz sonando más profunda de lo normal-. No con palabras, sino con sensaciones. Dice que no somos extraños aquí, pero que necesitamos estar unidos.
Miró a sus hermanos y luego a la lámpara en manos de Brian.
- Tenemos que tocarla. Todos. Al mismo tiempo -ordenó Ewduin-. El anillo dice que la lámpara es la llave, pero nosotros somos la energía.
Los hermanos se miraron con duda. Eduar soltó un suspiro, dejando de lado su postura defensiva, y fue el primero en acercarse. Poco a poco, los cinco rodearon a Brian. Eduar puso su mano sobre el bronce frío; luego Estevan, con curiosidad científica; Ricardo, con dedos temblorosos; y finalmente Ewduin, cuyo anillo hizo contacto directo con el metal.
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Editado: 09.03.2026