Los 5 hermanos y la lámpara

Capítulo 8: el rencuentro del abismo

El silencio que siguió a la revelación de Aethel no duró mucho. Apenas Estevan terminó de procesar que buscaban a una "Estrella", el cielo de nácar se rasgó. Un ojo de azul eléctrico, colosal y cargado de una furia antigua, se asomó entre las nubes de cobalto. Su mirada no era de melancolía como la de Aethel, sino de un odio puro y destructor.
​— ¡NO LOGRARÉ QUE LO HAGAN! ¡EL VACÍO NO PERMITE REENCUENTROS! —La voz impactó contra la tierra con la fuerza de un meteorito.
​En un parpadeo, el ojo desapareció, pero el castigo comenzó.
​La tierra empezó a rugir. El camino que los hermanos habían recorrido con tanto esfuerzo comenzó a desintegrarse, cayendo pedazo a pedazo en un abismo sin fondo. Los árboles de cristal se astillaban y el viento se convirtió en una tempestad de esquirlas que cortaban el aire.
​Del lado de la luz azul, la voz de la Luna Cobalto (Aethel) gritó una última orden desesperada a través de la tablet de Estevan:
“¡CORRAN! ¡El Vigilante del Vacío los ha marcado! ¡Corran si quieren que la luz no se apague para siempre!”
​Eduar, reaccionando con la rapidez de un trueno, no perdió un segundo. Al ver que Ewduin estaba paralizado por el miedo, lo levantó del suelo y lo cargó sobre su hombro como si fuera un escudo.
— "¡Estevan, muévete! ¡No mires atrás!" —rugió Eduar, mientras empezaba a saltar sobre las grietas que se abrían bajo sus pies.
​En el sendero oscuro, la situación era igual de desesperada. El suelo se desvanecía detrás de Ricardo y Brian. La Sombra que acompañaba a Ricardo se alargó, volviéndose inmensa frente a ellos por última vez.
“Es hora de irse, joven Ricardo” —dijo la Sombra con una voz profunda pero serena—. “Recuerda: el amor es la brújula y la fe será su salvación. No confíes en tus ojos, confía en lo que late en tu pecho.”
​De pronto, una estática violenta rompió el silencio de los comunicadores.
— "¡¿Ricardo?! ¡¿Me escuchas?!" —era la voz de Estevan, agitada y al borde del llanto—. "¡Hermano, corre! ¡Todo se está derrumbando aquí también! ¡Aethel dice que el Vacío nos quiere atrapar!"
​Ricardo sintió un frío eléctrico recorrerle la espalda. Agarró la mano de Brian con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
— "¡No te sueltes, Brian! ¡Vamos!" —gritó, y ambos se lanzaron a una carrera suicida, esquivando rocas que caían del cielo y árboles que se desplomaban como gigantes heridos.
​​Tras minutos que parecieron siglos, ambos grupos llegaron al límite. Se detuvieron en seco, sus pies rozando el borde de un precipicio infinito. Frente a ellos no había nada más que un vacío absoluto y negro. Detrás, el mundo que conocían seguía cayendo pedazo a pedazo. Estaban atrapados.
​A través del abismo, entre la niebla y el polvo, pudieron verse. Estevan, Eduar (aún con Ewduin al hombro) de un lado; Ricardo y Brian del otro. Tan cerca, pero separados por una distancia que ningún salto podría cruzar.
​— "¡No hay salida!" —gritó Brian, abrazando la lámpara de bronce contra su pecho—. "¡Se acabó, Ricardo!"
​Ricardo, con el corazón golpeando sus costillas como un tambor, cerró los ojos. Las palabras de la Sombra y el recuerdo de sus padres inundaron su mente.
— "¡Hermanos, escúchenme!" —gritó Ricardo por el comunicador, su voz ganando una autoridad celestial—. "¡Mantengan la calma! ¡Canten conmigo! ¡Canten la canción que nos enseñaron antes de dormir!"
​La Canción: "El Latido de la Estrella"
​Ricardo comenzó a cantar. Su voz, clara y dulce, cortó el rugido de la tormenta. Poco a poco, Estevan, Eduar, Ewduin y Brian unieron sus voces en un coro que parecía sostener el aire mismo.
​(Coro de los 5 Hermanos)
En la Luna y la Estrella hay un corazón,
y sin ellos no existe la Unión.
El amor es el puente, la fe es la luz,
que vence las sombras de nuestra cruz.
No hay distancia, no hay frío, no hay oscuridad,
si nuestra sangre canta en la eternidad.
Madre Selene, Padre del Sol,
guíen nuestras almas con su resplandor.
Somos cinco estrellas en un solo cielo,
unidos por siempre en un mismo anhelo.
¡Que el amor despierte! ¡Que la luz renazca!
¡Porque nuestra unión es lo que nos salva!.
​​Mientras cantaban, la lámpara de Brian y el anillo de Ewduin empezaron a brillar al unísono. Una luz dorada y otra azul se entrelazaron en el aire del abismo, materializando un puente de energía pura que conectó ambos lados del precipicio.
​Al cantar, Ricardo sintió que ya no había vacío. Sintió la mano de Eduar, el hombro de Estevan y el suspiro de Ewduin como si fueran un solo cuerpo. El miedo desapareció, reemplazado por una paz absoluta.
​Los cinco hermanos corrieron hacia el centro del puente de luz y, justo cuando el último trozo de tierra vieja caía al vacío tras ellos, se fundieron en un abrazo total en medio de la nada, protegidos por el eco de su propia canción.




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