Los 5 hermanos y la lámpara

Capítulo 11: Antonio, el Guardián del Silencio

​El aire parecía haberse congelado. La sombra del gigante cubría a los cinco hermanos por completo, y el olor a piedra antigua y tierra mojada inundaba sus sentidos. El asombro inicial se convirtió rápidamente en un miedo que les entumecía las piernas, pero sabían que no podían retroceder.
​Ricardo, apretando los puños para que no le temblaran las manos, dio un paso al frente. Sus ojos marrones se clavaron en los ojos de cráter del coloso.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Ricardo con una valentía que resonó en las ruinas.
​El gigante ladeó su enorme cabeza, haciendo que varios trozos de musgo cayeran como lluvia sobre el suelo. Emitió un sonido profundo, como si dos placas tectónicas chocaran entre sí.
—Mi nombre es Antonio —retumbó la voz—. Soy el Gran Guardián del Silencio. He visto pasar los eones y he visto imperios convertirse en polvo. Díganme, pequeñas motas de vida... ¿qué es lo que quieren de mi puerta?
​—Buscamos el Corazón Dorado del Sol —respondió Ewduin, dando un paso al lado de su hermano mientras tocaba su anillo de madera para encontrar equilibrio—. Nos dijeron que el camino hacia él empieza aquí.
​Antonio soltó una carcajada seca que hizo vibrar el pecho de los hermanos. Se agachó un poco más, acercando su rostro de piedra fosilizada a ellos hasta que pudieron ver las vetas de energía azul que recorrían su piel rocosa.
—¿Un corazón dorado? —preguntó Antonio, con una mezcla de duda y curiosidad—. En mis milenios custodiando este reino, he visto muchas cosas doradas. Conozco montañas de oro puro, ríos que brillan como el ámbar y cofres llenos de monedas que podrían comprar un cielo entero... pero nunca he visto un corazón dorado.
​El gigante se enderezó, barriendo el horizonte con su mirada.
—Para ver el tesoro, primero hay que entender su naturaleza —continuó Antonio—. Si lo que buscan no es metal, sino algo más... entonces están en el camino correcto hacia los desamparados. Pero nadie pasa mi puerta sin demostrar que su voluntad es más dura que la piedra que me forma.
​Brian levantó la lámpara de bronce, y su brillo azul eléctrico iluminó el pergamino que ahora mostraba claramente la figura del Gran Escorpio.
—El pergamino dice que este es el camino —insistió Brian con voz firme—. Y sin ese corazón, el Sol nunca volverá a brillar para ayudarnos.
​Antonio guardó silencio un momento, observando el brillo azul de la lámpara.
—Si el Sol les envía... es que los tiempos de oscuridad están por terminar. Pero escuchen bien: yo no guardo el corazón, yo guardo el paso. Y para cruzarlo, deberán enfrentarse a lo que acecha en las arenas antes de llegar al gran escorpio.
​Antonio observó a los cinco hermanos desde su altura colosal. Sus hombros, cubiertos de líquen y grietas, subieron y bajaron mientras soltaba una risotada seca que hizo que algunas piedras se desprendieran de las ruinas.
—¿Un reto? —se burló el gigante—. Son tan pequeños que mis dedos los aplastarían como migas de pan antes de que pudieran desenvainar un arma. No sería un reto, sería un accidente.
​El gigante se rascó la barbilla de piedra, produciendo un sonido de lija. De pronto, sus ojos azules brillaron con una chispa de malicia.
—Hagamos algo más interesante. Ya que son tan frágiles, probaremos si sus mentes son igual de débiles. Les lanzaré un acertijo. Si fallan, se convertirán en parte del decorado de estas ruinas para siempre.
​Antes de que Antonio pudiera hablar, Eduar, con su habitual firmeza y cruzándose de brazos, dio un paso al frente.
—Espera, gigante —interrumpió Eduar—. Si nosotros arriesgamos la vida respondiendo, ¿tú qué nos ofreces a cambio? No es un trato justo si solo ganamos el derecho a seguir caminando.
​Antonio se quedó congelado por un segundo y luego soltó una carcajada que sacudió la tierra.
—¡JA! ¿No es suficiente dejarlos vivir? —El gigante vio la mirada seria de los cinco hermanos y luego suspiró, soltando una nube de polvo—. Está bien, pequeño humano. Tienes razón. Si ganan, les daré un regalo para su viaje y les revelaré una noticia que les helará la sangre.
​Antonio se agachó, bajando la voz hasta que fue un susurro profundo:
"Nací de un roce en el bronce viejo, vivo atrapado en un encierro de metal. No soy hombre, ni sombra, ni reflejo, pero cumplo deseos con un brillo digital. Fui su primer encuentro en el desván oscuro, ¿quién soy yo, el que guarda su futuro?"
​Los hermanos se miraron entre sí. La mención del "bronce viejo" y el "desván" los llevó de vuelta al principio de todo. Eduar y Ricardo fruncieron el ceño, tratando de recordar los detalles técnicos, pero fue Brian quien apretó la lámpara contra su pecho. Sus ojos se iluminaron bajo el flequillo de su peinado tipo libro.
​—Yo lo sé —dijo Brian, dando un paso adelante con seguridad—. Hablas de lo que encontramos cuando todo esto empezó en la casona. La respuesta es el Genio.
​Antonio guardó un silencio sepulcral. Lentamente, la gran puerta de madera y hierro comenzó a crujir, abriéndose apenas unos centímetros.
—Correcto, pequeño sabio —dijo el gigante con una sonrisa amarga—. El Genio de su lámpara es la llave y el principio.
​Antonio cumplió su promesa. Extendió su enorme mano de piedra y, sobre la palma, apareció una brújula de obsidiana que no apuntaba al norte, sino a la energía vital.
—Este es mi regalo. Les servirá para encontrar el Corazón Dorado cuando las ilusiones intenten desviarlos.
​Luego, el gigante se puso serio y su voz se volvió fría:
—Y ahora, la noticia: El Ojo que todo lo ve ya no solo los observa desde el cielo. Ha enviado a su servidor más letal a buscarlos. El Gran Escorpio no los espera en su nido... ya está siguiendo su rastro por el Camino de los Desamparados. Está justo detrás de ustedes.




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