Antonio, el gigante de piedra, se hizo a un lado con un estruendo que sacudió el horizonte. Mientras los hermanos se alejaban a paso apresurado, la voz del coloso retumbó a sus espaldas:
—¡Sigan la brújula! Y recuerden... ¡no soy su amigo, soy un guardia! —gritó, mientras les guiñaba un ojo masivo que parecía una cueva cerrándose.
Los cinco hermanos fijaron la mirada en la brújula de obsidiana. La aguja vibraba con una energía extraña, marcando el pulso de su propia supervivencia.
—No podemos parar —decía Eduar, con la respiración entrecortada pero manteniendo el paso firme—. Si descansamos, esa cosa nos alcanzará.
—Estamos juntos en esto —añadió Estevan, ajustando su equipo mientras corría—. ¡Fuerza, hermanos!
De repente, el suelo vibró. Un siseo metálico y rítmico emergió desde atrás. El Gran Escorpio, una pesadilla de quitina y veneno, apareció en el horizonte, ganando terreno con una velocidad aterradora.
—¡En zigzag! —gritó Ricardo—. ¡Corran en zigzag para que no nos fije como objetivo!
2. El Refugio de la Tormenta
El cansancio empezó a pasar factura. Las piernas pesaban como el plomo cuando Ricardo y Estevan divisaron una gigantesca tormenta de arena que se aproximaba.
—¡Allí! —gritó Estevan—. ¡Es nuestra única oportunidad!
—¡Mira la brújula! ¿Qué dice? —preguntó Brian desesperado.
La brújula no marcaba el norte; apuntaba directamente hacia el rugido del escorpión, señalando el peligro que los acechaba. Sin más opciones, los hermanos se tomaron de las manos, formaron una cadena humana y se lanzaron de cabeza al corazón de la tormenta.
El Escorpio, al ver que sus presas entraban en el torbellino, se enterró en la arena, esperando que el viento hiciera el trabajo sucio por él. Dentro, los hermanos se cubrieron la cara con sus camisas y bufandas para no tragar polvo. No dejaron de caminar, guiados solo por el tacto de sus manos unidas.
Un rugido furioso del escorpión volvió a resonar, ahora más cerca.
—¡Lean la brújula! —gritó uno de ellos entre el viento.
La aguja señalaba hacia el origen del rugido. En medio de la ceguera blanca de la arena, no vieron el enorme agujero frente a ellos. Uno tras otro, resbalaron y cayeron al vacío, aterrizando en la oscuridad de unas ruinas subterráneas.
Brian fue el primero en reaccionar. Levantó su lámpara de bronce, y la luz azul bañó las paredes. Estaban rodeados de marcas antiguas, jeroglíficos que contaban historias de un mundo olvidado.
—Busquen respuestas en las paredes —ordenó Eduar mientras recuperaban el aliento.
Había siete caminos oscuros que se abrían ante ellos. Ewduin, tocando las inscripciones, señaló el cuarto túnel. En la parte superior, tallado en la piedra, brillaba el símbolo de una Luna, una Estrella y un Corazón.
—Por aquí —dijo con seguridad.
Apenas entraron en el túnel, el sonido de tenazas raspando la piedra volvió a escucharse detrás de ellos.
—¡Ahí viene! ¡Corran! —el grito de Ricardo rebotó en las paredes.
La fatiga, el miedo y la desesperación los empujaron hasta el final del pasillo, donde una enorme granja o compuerta de piedra bloqueaba la salida. En el centro, había una hendidura extraña, una cerradura que no parecía para una llave común.
Brian, con la brújula en la mano, se dio cuenta del diseño. Era idéntico a la base de la brújula.
—¡Es la llave! —gritó Brian, encajando la brújula de obsidiana en la cerradura.
La puerta comenzó a bajar pesadamente. Entraron justo a tiempo; las tenazas rosadas del Gran Escorpio chocaron con un ruido metálico contra la reja que terminaba de cerrarse, rozando apenas la ropa de uno de los hermanos.
Al otro lado de los barrotes, en el silencio de la nueva sala, los cinco hermanos se dieron la vuelta. Allí, por primera vez, estaban cara a cara con el Gran Escorpio, quien los observaba con sus múltiples ojos brillantes a través de la reja.
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Editado: 01.04.2026