El Gran Escorpio rugió con una furia primitiva, golpeando las rejas con sus tenazas de quitina negra. El impacto fue tan brutal que las barras temblaron y un estruendo metálico resonó en la pequeña sala. Los hermanos se sobresaltaron, el miedo los dejó helados.
—¡La va a romper! ¡Nos va a alcanzar! —gritó Eduar, el pánico por primera vez superando su habitual temple.
El Escorpio, al ver que la reja resistía, soltó un último gruñido de frustración. Sus múltiples ojos rojos brillaron con una amenaza final antes de que la bestia girara sobre sus patas y se alejara, su silueta negra perdiéndose en la oscuridad del túnel.
Los hermanos se tomaron unos segundos para recuperar el aliento. Cuando la calma regresó, voltearon a mirar la sala donde se encontraban. Frente a ellos, sobre un pedestal de piedra pulida, brillaban con un resplandor dorado como el sol tres reliquias asombrosas. Una tenía la forma de una Luna, otra la de una Estrella y la última era un Corazón. Debajo de ellas, una inscripción tallada en la piedra decía:
"Buenaventuro, elige hoy bien tu decisión, porque hoy puede ser tu última respiración."
Brian y Ewduin, hipnotizados por el brillo, gritaron al unísono:
—¡El Corazón! ¡Ahí está!
Pero Estevan, que había leído la inscripción con detenimiento, levantó una mano.
—¡Esperen! —dijo—. Dice "elige bien tu decisión". Hay algo aquí que no nos gusta.
Brian y Ewduin, contagiados por la euforia del descubrimiento, siguieron gritando:
—¡Pero es el corazón! ¡Es el que andamos buscando!.
Ricardo, con la voz grave, les interrumpió:
—¡Busquen en la brújula qué nos dice!
Estevan, que aún sostenía la brújula de obsidiana, la miró. La aguja, en vez de apuntar hacia las reliquias, señalaba con insistencia hacia atrás, hacia la reja por donde acababa de irse el Escorpio.
Mientras tanto, un sonido rasposo y grave comenzaba a escucharse de nuevo a sus alrededores, como si algo grande y peligroso quisiera volver a entrar. Era el Escorpio, que no se había ido tan lejos.
—¡Calma, hermanos! —exclamó Ricardo, tratando de imponer un poco de orden—. Pensemos bien lo que tenemos que hacer. Tocar uno de estos objetos... y si elegimos mal, nos costará la vida.
Comenzaron a dar vueltas alrededor del pedestal, examinando los objetos con detalle, buscando alguna pista, algo más allá de su forma. Solo veían objetos idénticos: un corazón, una luna, una estrella, todos en vasijas de oro puro.
—Sería más fácil si una de las entidades nos ayudara —comentó Ewduin, casi para sí mismo—, la Luna o ese hombre oscuro...
—Al parecer ese gigante no mintió —dijo Eduar—. Él solo vio montañas y ríos de oro... y aquí no nos contó de este oro.
—Sí, a lo mejor no sabía nada —terció Brian.
De repente, Estevan saltó, como si un rayo lo hubiera iluminado.
—¡No! ¡Sí nos dijo algo! ¡Creo que la respuesta está en la brújula! ¡Tengo una corazonada, deben confiar en mí! Si la brújula indica que dejemos abrir las rejas... ¡pues hagámoslo!
La confusión se apoderó de los hermanos.
—¡Es imposible! —gritó Brian—. ¡Nos va a matar!
—¡No, no lo haremos! —secundó Ewduin, el miedo pintado en su rostro.
El tiempo se agotaba mientras el rugido del Escorpio se hacía más potente. Ricardo y Eduar gritaron al unísono:
—¡Ya basta!
Eduar miró a sus hermanos menores con decisión.
—¡Lo haremos! ¡Pero ustedes estarán detrás de mí!
—Yo también daré el frente —dijo Ricardo, poniéndose al lado de Eduar.
Estevan le dijo a Brian:
—¡Brian, mantén la lámpara encendida! ¡Ewduin, mantén tu anillo fuerte!
Con el corazón latiéndoles a mil por hora, Estevan volvió a encajar la brújula en la cerradura. Un terremoto de sonido y un rugido impactante hicieron temblar toda la estructura. La gran reja de piedra y hierro se levantó lentamente, revelando la silueta imponente del Gran Escorpio una vez más.
El gigante escorpión levantó sus tenazas con la clara intención de aplastarlos a todos. Mientras el miedo y el pánico los paralizaban, Estevan miró la brújula que aún tenía en sus manos. La flecha, con su brillo constante, solo señalaba directamente al Escorpio.
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Editado: 01.04.2026