El césped fresco bajo ellos parecía un sueño comparado con el infierno de ceniza que acababan de dejar atrás. El Gran Sol, ahora en su forma humana y radiante, se sentó junto a ellos. Sus ojos, que antes eran pozos de oscuridad, ahora brillaban con la calidez de un amanecer.
—He pasado siglos en una prisión de mi propia sombra —comenzó el Sol con voz melancólica—. El Genio me obligó a ser el guardián de mi propia agonía. Cada vez que intentaba brillar, él usaba mi luz para crear sombras más densas. Ese hombre que vieron en el camino de temple oscuro, aquel que les dio aliento cuando sus piernas flaqueaban... era yo, enviando una chispa de mi consciencia para guiarlos.
Las Lunas se acercaron, abrazando a su hermano Sol en un reencuentro que hizo que el cielo se tiñera de colores imposibles. Tras un banquete de frutas celestiales y un descanso necesario, el tono de la conversación cambió.
El Secreto de la Lámpara y el Anillo
—Escuchen bien —dijo la Luna Mayor—. El Genio que enfrentan no siempre fue una tormenta de ojos. En los tiempos antiguos, era un esclavo de una lámpara, obligado a cumplir tres deseos a cualquiera que la frotara. Pero su último dueño fue un hombre consumido por el caos. Su deseo fue liberar al Genio, pero de una forma retorcida: convirtió la lámpara en objetos sin valor para que nadie pudiera volver a atraparlo.
El Sol señaló a Ewduin y Brian.
—Dividió la tapa y la convirtió en ese anillo de madera que lleva Ewduin. El cuerpo de la lámpara lo transformó en esa linterna vieja y sucia que carga Brian. Él pensó que, al verse como basura, nadie entendería que son el Sello. Si logran unir el anillo con la linterna en el corazón del volcán, el Genio perderá su libertad.
El Descenso de las Armaduras
—Nosotros no podemos cruzar al otro lado —advirtió el Sol—. Si caemos allí, la mitad del mundo que hemos recuperado se perdería para siempre. Pero no irán desprotegidos.
De pronto, el cielo se abrió y tres haces de luz impactaron frente a los hermanos mayores. El metal tintineó con un sonido divino mientras las armaduras se acoplaban a sus cuerpos:
Eduar (El Guerrero de Granito): Su armadura de bronce oscuro brilla con runas solares. Recibió un mandoble pesado capaz de cortar las sombras y un escudo con el emblema del Sol radiante. Su poder: Fuerza tectónica.
Ricardo (El Guardián del Alba): Vestido con una armadura de plata pulida que refleja la luz de las lunas. Porta una lanza de luz que nunca falla el blanco y un escudo con el emblema de la Luna creciente. Su poder: Velocidad cegadora.
Estevan (El Estratega de Fuego): Una armadura ligera de oro y obsidiana, llena de compartimentos mágicos. En su mano, una ballesta mecánica que dispara pernos de energía solar. Su poder: Visión térmica para ver a través de las ilusiones del Genio.
Brian y Ewduin se miraron las manos, sintiéndose pequeños.
—¿Y nosotros? ¿Estamos indefensos? —preguntó Brian apretando su linterna.
—Nunca —respondió la Luna—. Sus hermanos son sus espadas, pero ustedes son el escudo de ellos. Mientras ustedes sostengan el Sello, ninguna sombra podrá tocarlos. El Genio no puede destruir el anillo ni la linterna; son su única debilidad.
Antonio, el gigante azulado, se puso en pie, haciendo temblar la tierra.
—Yo fui puesto por el Genio para cuidar sus mentiras, pero ahora soy libre. Mi poder resistirá más allá de esas murallas. Yo los llevaré hasta la base del volcán de azufre.
Eduar ajustó su casco y gritó:
—¡Vamos por él!
—¡Acabemos con esto! —secundó Ricardo, golpeando su lanza contra el escudo.
Estevan, revisando los mecanismos de su nueva ballesta, sonrió con determinación:
—Andando.
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Editado: 01.04.2026