Los 5 hermanos y la lámpara

Capítulo 16: El Umbral de las Sombras

​El Sol y las Lunas guiaron a los hermanos hacia un punto distante en el horizonte, donde la tierra se elevaba abruptamente en un acantilado de basalto negro. No era un muro, sino una grieta imponente que se abría en la roca, un abismo vertical tan profundo que parecía rasgar el cielo. En su centro, brillaba una tenue luz azul que delineaba una puerta gigantesca, construida con la misma roca oscura y con runas grabadas que parecían retorcerse.
​—Este es el umbral —dijo la Luna Mayor con voz grave—. El límite donde nuestro poder se desvanece y la influencia del Genio es absoluta. Aquí comienza su verdadero viaje.
​El Sol se acercó a la puerta y extendió sus manos. Las runas brillaron con una luz dorada y la estructura se abrió con un gemido lento y profundo, revelando una oscuridad aún más densa, tan profunda que parecía absorber la propia luz. Un escalofrío helado recorrió a los hermanos, a pesar de sus nuevas armaduras.
​—Recuerden —dijo el Sol, con la voz cargada de preocupación—: mientras el Sello permanezca unido, su lazo es irrompible. Nosotros los esperaremos aquí, en el resplandor de nuestro mundo.
​Antonio asintió con una determinación férrea.
—No teman, pequeños. Yo los protegeré.
​Los cinco hermanos, seguidos por el colosal gigante, cruzaron el umbral. La puerta se cerró detrás de ellos con un estruendo seco y resonante. Al instante, el aire se volvió pesado, con un olor a azufre y metal oxidado. La escasa luz del otro lado desapareció por completo, sumergiéndolos en una oscuridad tan completa que solo podían ver las siluetas de sus propios cuerpos y el tenue brillo de las armaduras de Eduar, Ricardo y Estevan.
​El silencio era lo primero que los golpeó, un silencio sepulcral, opresivo. Pero pronto, el silencio fue reemplazado por sonidos extraños. Murmullos lejanos, risas guturales que parecían venir de ninguna parte y de todas partes a la vez, y un arrastrar de cadenas que no podían ver.
​—¿Qué fue eso? —susurró Brian, aferrando más fuerte la vieja linterna.
—Parece que no estamos solos —respondió Ewduin, su mano sobre el anillo de madera, que curiosamente, se sentía cálido.
​El camino bajo sus pies era un suelo agrietado, de un color negro mate que absorbía cualquier rastro de luz. Caminaron con cautela, los pasos resonando en la inmensidad. De repente, una voz grave y burlesca retumbó en la oscuridad.
​—¡Vaya, vaya! ¿Pero qué tenemos aquí? ¿Unos pequeños insectos queriendo molestar al maestro?
Otra voz, más aguda y estridente, añadió:
—¡Se ven tiernos con sus brillantes juguetes! ¿Creen que eso los salvará?
​De entre las grietas del suelo y las rocas, comenzaron a surgir formas. Eran sombras, pero no eran simples manchas. Algunas eran pequeñas y escurridizas, con ojos rojos brillantes, moviéndose como ratas gigantes. Otras eran altas y delgadas, con brazos larguísimos que terminaban en garras afiladas, susurrando amenazas. Había incluso masas informes y ondulantes que parecían jirones de niebla oscura, pero que emitían un aura de frío paralizante. No parecían tener una personalidad definida, sino que cada una manifestaba una forma diferente de malicia o crueldad.
​—¡Aquí vienen! —gritó Eduar, desenvainando su mandoble. La hoja de luz dorada se encendió, revelando docenas de sombras que los rodeaban por completo.
Ricardo levantó su lanza. La punta se iluminó con un destello de luz lunar, y su escudo reflejó el brillo, desorientando a algunas de las sombras más cercanas.
Estevan ya había levantado su ballesta. Con un suave "click", un perno de energía solar salió disparado, impactando a una sombra pequeña y haciéndola desaparecer en una nube de humo oscuro.
​La primera oleada atacó. Las sombras se abalanzaron, pero los hermanos estaban listos.
​Eduar, con su armadura de bronce, se movió con una agilidad sorprendente para su tamaño. Su mandoble pesado era más rápido de lo que las sombras esperaban. Con cada golpe, el arma resonaba con la fuerza tectónica de su poder, desintegrando a las criaturas en volutas de humo. Se movía como un pilar inamovible, protegiendo a Brian y Ewduin con su cuerpo.
​Ricardo, con su armadura de plata, era un torbellino de movimientos. Su lanza de luz era precisa y rápida, su velocidad cegadora le permitía esquivar ataques y contraatacar en un abrir y cerrar de ojos. Las sombras no podían prever sus movimientos y caían ante la punta brillante de su arma.
​Estevan, con su armadura ligera, se mantenía en la retaguardia, pero su ballesta mecánica era letal. Gracias a su visión térmica, podía ver las "firmas de calor" de las sombras, incluso en la oscuridad más absoluta. Cada perno de energía impactaba con precisión milimétrica, eliminando a las criaturas que intentaban flanquearlos o escapar de la furia de sus hermanos mayores.
​El gigante Antonio era una fuerza imparable. Con sus manos colosales, barría a las sombras como si fueran hojas secas, dispersándolas o aplastándolas contra el suelo rocoso. Su presencia era un muro inquebrantable, una defensa vital para los hermanos más jóvenes.
​Brian y Ewduin, aunque no tenían armaduras, eran el corazón de la defensa. Mientras Brian sostenía la linterna vieja y sucia con firmeza, y Ewduin mantenía el anillo de madera visible, las sombras que intentaban acercarse a ellos con malicia se desvanecían antes de tocarlos, como si una barrera invisible los protegiera. Era el poder del Sello, su escudo inquebrantable.
​La batalla fue feroz, pero los hermanos, trabajando en perfecta sincronía, lograron repeler la primera embestida. La oscuridad estaba llena de los gemidos y susurros de las sombras derrotadas.
​Justo cuando parecía que la calma regresaba, una grieta se abrió en el cielo oscuro y de ella emergió un Ojo gigante, de un azul eléctrico vibrante, que flotaba sobre ellos, observando.
​—Así que ya están aquí, ¿verdad? —La voz del Genio, profunda y resonante, sacudió el suelo—. Bien. Verán cuán grande es mi poder.
​Y con esa amenaza, el Ojo de azul eléctrico se desvaneció, dejando a los hermanos en el inquietante silencio de este nuevo y peligroso mundo.




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