Los 5 hermanos y la lámpara

Capítulo 17: La Luz Contra la Oscuridad

El silencio que siguió a la desaparición del Ojo de azul eléctrico fue más pesado que antes, cargado de una expectativa palpable. El suelo agrietado bajo sus pies parecía vibrar con una energía latente, una promesa de destrucción inminente. Los hermanos se mantuvieron en formación defensiva, sus respiraciones aceleradas resonando en el opresivo aire de azufre.
—No se confíen —murmuró Eduar, apretando el mandoble que aún brillaba tenuemente—. Esto no ha terminado.
De repente, el suelo tembló con una violencia inusitada. Grietas profundas se abrieron, y un rugido primordial brotó desde las profundidades, haciendo que las rocas más pequeñas se desprendieran de los acantilados circundantes. El aire se condensó en un vórtice oscuro, y desde el corazón de ese torbellino, una voz retumbó, no la burla de las sombras menores, sino la furia contenida del mismísimo Genio:
—¡Insolentes! ¡¿Creen que unas pocas chispas de luz pueden apagar mi dominio?! ¡Han osado pisotear mi umbral y destruir a mis sirvientes!
En el horizonte distante, sobre lo que antes era una llanura oscura, una montaña comenzó a crecer, elevándose con una velocidad aterradora. No era una montaña de tierra, sino una mole de basalto negro que sangraba lava incandescente por sus flancos. Y sobre la cima de este volcán emergente, la oscuridad se materializó en una figura colosal, una silueta de pesadilla que empequeñecía incluso al gigante Antonio. Era el avatar de la noche misma, con garras retorcidas, ojos carmesí que ardían como brasas y una boca que se abría en una mueca de ira primigenia.
—¡Envío a mi Campeón! —rugió el Genio, su voz ahora mezclada con el crujido de la piedra y el crepitar de la lava—. ¡La Sombra Mayor! ¡Que la luz de sus juguetes sea extinguida para siempre!
La Sombra Mayor descendió del volcán con una velocidad antinatural para su tamaño. Cada paso que daba hacía temblar el suelo, y la presión que ejercía sobre ellos era inmensa. El aire se volvió gélido, helando hasta la médula a Brian y Ewduin, cuyos cuerpos no estaban protegidos por las armaduras. La linterna de Brian, que antes había emitido un brillo constante, ahora parpadeaba con incertidumbre, como si la oscuridad misma intentara ahogarla.
—¡Prepárense! —gritó Ricardo, su lanza de luz lunar brillando con una intensidad que luchaba por no ser engullida por la penumbra del adversario—. ¡Esta es la verdadera prueba!
La Sombra Mayor levantó una de sus colosales garras y golpeó el suelo, enviando una onda de choque oscura que los obligó a dispersarse. Eduar, con su armadura de bronce, fue el primero en reaccionar. Blandió su mandoble, que ahora era un faro dorado, y cargó hacia la pierna de la criatura, intentando abrir una brecha en su oscuridad. El golpe resonó con la fuerza de un trueno, y por un instante, la Sombra Mayor pareció tambalearse, pero la grieta que el arma dejó en su piel umbría se cerró casi al instante.
Ricardo, con su agilidad plateada, flanqueó a la bestia, lanzando su lanza de luz con una precisión asombrosa hacia uno de los ojos rojos de la Sombra. El proyectil lunar impactó, y un siseo gutural escapó de la criatura, pero el ojo solo se atenuó por un momento antes de volver a brillar con toda su intensidad.
Desde la retaguardia, Estevan disparó una ráfaga de pernos solares con su ballesta. Cada uno era un punto de luz cegadora que impactaba en el torso de la Sombra, dejando estelas de humo oscuro, pero la criatura apenas pareció inmutarse. Su masa de oscuridad era demasiado densa, demasiado vasta.
Antonio, el gigante, se interpuso entre la Sombra Mayor y los hermanos más pequeños. Con un rugido que hizo vibrar el aire, se abalanzó sobre la criatura, intentando inmovilizar una de sus garras. Sus músculos se tensaron, y por un momento, la fuerza colosal del gigante logró detener el avance de la Sombra. Sin embargo, la oscuridad de la Sombra era más que mera masa; era una fuerza que intentaba penetrar y consumir. Filamentos oscuros comenzaron a reptar por los brazos de Antonio, intentando sofocar su esencia.
Brian y Ewduin se mantuvieron cerca, el brillo vacilante de la linterna y el calor del anillo de madera siendo su única defensa. Las ondas de oscuridad que emanaban de la Sombra Mayor eran tan intensas que incluso el Sello parecía luchar por mantener su barrera protectora, y los dos sintieron la presencia gélida del vacío rozando sus pieles.
La Sombra Mayor se liberó de Antonio con un empujón que envió al gigante a tambalearse varios pasos hacia atrás, casi chocando contra una columna de basalto. Luego, la criatura concentró su atención en los hermanos con armadura, sus ojos carmesí brillando con una intención asesina.
—¡La luz es débil! —rugió la Sombra, su voz una cacofonía de susurros y gritos ahogados—. ¡Y la oscuridad... infinita!
Con una velocidad inesperada, la Sombra extendió una de sus garras, que se alargó como un látigo, envolviendo a Eduar y lanzándolo contra una pared de roca. El impacto resonó dolorosamente, y la armadura de bronce, por primera vez, mostró una pequeña abolladura. Antes de que Ricardo pudiera reaccionar, la Sombra Mayor se abalanzó sobre él, sus garras intentando atraparlo. Ricardo esquivó con un movimiento fluido, pero la cercanía del enemigo y su tamaño inmenso lo forzaron a la defensiva.
Estevan siguió disparando, intentando encontrar un punto débil, pero los pernos solares parecían desvanecerse al contacto con la superficie de la Sombra. La batalla era un remolino de luz y oscuridad, un choque de fuerzas fundamentales. Los hermanos se movían con la coordinación que solo años de entrenamiento y un lazo irrompible podían forjar, pero la Sombra Mayor era implacable, su poder abrumador.
El cansancio comenzó a hacer mella. Las armaduras de Eduar y Ricardo brillaban con menos intensidad, sus movimientos eran un poco más lentos. Estevan tuvo que recargar su ballesta más veces de lo esperado, y Antonio luchaba por no ser consumido por las sombras que intentaban adherírsele. Brian y Ewduin, aunque protegidos por el Sello, sentían la tensión y el agotamiento de sus hermanos como si fuera propio. El aire mismo se sentía denso, como si les robara la energía.
—No podemos seguir así —jadeó Eduar, liberándose de los escombros y recargando su mandoble.
—Necesitamos un plan —dijo Ricardo, evadiendo otro golpe devastador de la garra de la Sombra—. ¡No podemos simplemente agotarla!
Pero la Sombra Mayor no les dio tiempo para deliberar. Con un rugido ensordecedor, extendió ambos brazos y una oleada de energía oscura se disparó desde su cuerpo, cubriendo el campo de batalla como una marea letal. La luz de las armaduras parpadeó violentamente, el brillo de la linterna de Brian se desvaneció casi por completo, y por un momento, la oscuridad lo engulló todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.