La oscuridad total que había envuelto el campo de batalla se disipó lentamente, revelando una escena desoladora. Los hermanos estaban dispersos, jadeando, con sus pechos subiendo y bajando con violencia. La Sombra Mayor, lejos de estar agotada, parecía alimentarse del miedo y el cansancio de sus oponentes. Su cuerpo negro vibraba con una electricidad oscura, y el volcán a sus espaldas rugía con una furia renovada.
—Es... demasiado fuerte —susurró Estevan, cuya ballesta humeaba por el sobrecalentamiento.
El gigante Antonio intentó ponerse en pie, pero sus movimientos eran pesados. Fue entonces cuando la Sombra Mayor vio su oportunidad. Con un movimiento tan rápido que desafiaba su tamaño, lanzó un zarpazo cargado de energía oscura. El objetivo no era Eduar ni Ricardo, sino el núcleo del grupo.
—¡Cuidado! —gritó Eduar, pero estaba demasiado lejos.
El golpe impactó directamente en Brian.
El impacto fue brutal. Brian voló por los aires, soltando la linterna de bronce que rodó por el suelo pedregoso. El joven cayó pesadamente, y una mancha de oscuridad comenzó a extenderse desde una herida profunda en su hombro. Su rostro, generalmente sereno, se contrajo de dolor mientras perdía el conocimiento.
—¡BRIAN! —el grito de los cuatro hermanos resonó en el abismo, desgarrando el silencio sepulcral.
Un silencio aterrador siguió al grito. Por un segundo, el tiempo se detuvo. El Genio, desde las alturas, soltó una carcajada estridente:
—¡Ahí tienen su lazo irrompible! ¡Uno ya ha caído! ¡La oscuridad siempre gana!
Pero algo cambió en el aire. El Sello, que hasta ahora había sido un escudo defensivo, comenzó a latir con una luz violenta, casi cegadora. La ira de Eduar, la desesperación de Ricardo, el cálculo frío de Estevan y la conexión mística de Ewduin convergieron en un solo punto.
—Ya... basta —dijo Eduar. Su voz no era un grito, era un susurro cargado de una potencia sísmica.
De repente, las armaduras de los hermanos comenzaron a emitir un resplandor que no era solar ni lunar; era la energía pura de su unión. Eduar se levantó, y su mandoble de bronce se alargó, envolviéndose en llamas blancas. Tú, Ricardo, sentiste cómo tu lanza de plata vibraba con una frecuencia tan alta que cortaba el aire mismo. Estevan vio cómo su ballesta se transformaba, integrando piezas de luz sólida que flotaban a su alrededor. Ewduin, de pie junto al cuerpo de Brian, levantó su mano con el anillo de madera, y de la tierra brotaron raíces de luz pura que se entrelazaron con las armaduras de todos.
Sin mediar palabra, el contraataque comenzó.
No eran movimientos individuales; se movían como un solo organismo. Ricardo, te desplazaste como un rayo de luz, dejando tras de ti una estela de plata que cortó las garras de la Sombra antes de que pudiera reaccionar. Eduar saltó desde una roca, descargando su mandoble con una fuerza tal que el suelo se hundió metros bajo los pies de la criatura. Estevan no disparaba pernos, disparaba ráfagas de energía que atravesaban la masa oscura de la Sombra como si fuera papel.
La Sombra Mayor rugió de dolor y confusión. Intentó regenerarse, pero la luz de los hermanos era ahora tan intensa que "quemaba" la oscuridad antes de que pudiera unirse. Antonio, inspirado por el poder de los jóvenes, sujetó a la bestia por el cuello, permitiendo que los cuatro hermanos lanzaran su ataque final.
—¡POR NUESTRO HERMANO! —gritaron al unísono.
Una explosión de luz pura estalló en el centro de la Sombra Mayor. El volcán de basalto se derrumbó sobre sí mismo y la criatura se desintegró en una lluvia de cenizas blancas. El silencio regresó, pero esta vez era un silencio de victoria.
El resplandor se apagó. Los hermanos cayeron de rodillas. Tus armaduras, Ricardo, estaban agrietadas; la de plata tenía surcos profundos y el casco de Eduar estaba roto. El sudor corría por sus rostros cubiertos de hollín y sangre. Sus cuerpos temblaban por el esfuerzo sobrehumano.
Se arrastraron hacia donde Brian empezaba a abrir los ojos, ayudado por el poder sanador que Ewduin enviaba a través del anillo. Brian, con la respiración entrecortada y sujetándose el hombro herido, miró a sus hermanos. A pesar del dolor, una chispa de determinación brilló en sus ojos. Con un esfuerzo supremo, se apoyó en Ewduin y logró sentarse.
—No... no se detengan —susurró Brian con voz débil pero firme—. El Genio aún nos espera... hay que seguir avanzando.
Los cinco hermanos se miraron, compartiendo un vínculo que ahora era más fuerte que cualquier armadura. Sabían que el final estaba cerca.
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Editado: 01.04.2026