El aire en el epicentro de la explosión aún vibraba con estática. Las cenizas blancas de la Sombra Mayor caían como una nieve fantasmal sobre los hombros de los hermanos, extinguiéndose antes de tocar el suelo. El silencio ya no era opresivo, sino pesado, como el que precede a una tormenta definitiva.
Eduar fue el primero en ponerse en pie. Su mandoble de bronce, aunque ya no ardía en llamas blancas, conservaba un brillo plateado en los filos. Extendió su mano hacia Ricardo, ayudándolo a levantarse mientras la lanza de plata de este último emitía un zumbido bajo, como si estuviera impaciente por la siguiente batalla.
—Brian tiene razón —dijo Eduar, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano—. Si nos detenemos ahora, el sacrificio de Antonio y nuestro despertar no habrán servido de nada.
Estevan ajustaba los mecanismos de su ballesta, que ahora lucía grabados rúnicos permanentes tras la transformación mística. Ewduin, manteniendo una mano firme sobre el hombro de Brian, cerró los ojos. El anillo de madera en su dedo comenzó a brillar con un verde suave, canalizando la poca esencia vital que la tierra del abismo aún conservaba para estabilizar la herida de su hermano.
Frente a ellos, donde antes se alzaba el volcán de basalto, ahora se abría una escalinata tallada en cristal oscuro que ascendía hacia una plataforma suspendida en el vacío: El Trono de los Ecos. Allí, flotando en una posición de loto distorsionada, el Genio los esperaba. Ya no reía. Su rostro, una amalgama de rasgos cambiantes, mostraba una mueca de desdén puro.
—Suban, pequeños fragmentos de una esperanza rota —la voz del Genio retumbó no en sus oídos, sino directamente en sus mentes—. Han vencido a mi sombra, pero ahora se enfrentan a la fuente.
El Desafío de las Voluntades
A medida que subían los peldaños, el entorno comenzó a cambiar. No era solo un ascenso físico; era un ataque a sus mentes:
Estevan veía fórmulas y engranajes rompiéndose, una burla a su lógica científica.
Brian sentía que el peso de la linterna de bronce se volvía insoportable, como si cargara el dolor de mil años de oscuridad.
Ewduin escuchaba los lamentos de una naturaleza marchita que su anillo parecía no poder sanar.
Eduar sentía la carga del hermano mayor, el miedo punzante a fallarles a todos y verlos caer.
Ricardo sentía cómo la luz de su lanza parpadeaba ante la duda de si realmente era el líder que sus hermanos necesitaban para este último asalto.
Al llegar a la cima, el Genio se desenrolló, creciendo hasta duplicar su tamaño. Su piel parecía hecha de nebulosas y tormentas eléctricas atrapadas en un cuerpo humanoide.
—¿Creen que su unión es fuerte? —siseó el Genio, señalando a Brian, quien aún palidecía por la herida—. La unión es una cadena. Y las cadenas solo sirven para que, cuando uno caiga al abismo, arrastre a los demás consigo.
—Nuestra unión no es una cadena —replicó Ricardo, plantando su lanza en el suelo de cristal y haciendo que una onda de choque plateada disipara las ilusiones—. Es el puente que vamos a usar para pasar sobre ti.
El Genio extendió sus manos y el cielo se partió en dos. Rayos de oscuridad pura descendieron hacia la plataforma con la intención de aniquilarlos.
—¡Formación de asedio! —rugió Eduar, posicionándose al frente con su mandoble en alto para recibir el primer impacto de la tormenta oscura.
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Editado: 01.04.2026