El estruendo de la verdadera forma del Genio hizo que las paredes del abismo vibraran como si el mundo mismo fuera a romperse. La entidad cósmica, con su rostro múltiple y su boca de agujero negro, extendió sus brazos de energía púrpura, y el cielo se fragmentó en mil pedazos de oscuridad.
El agotamiento del líder
Ricardo cayó de rodillas. El esfuerzo de haber lanzado aquel ataque que rompió el vínculo de drenaje lo había dejado vacío. Su lanza de plata se desvaneció en el aire y su respiración era un silbido agónico; su piel, usualmente llena de vida, lucía pálida bajo el resplandor maligno del enemigo. Intentó levantarse, pero sus piernas fallaron.
Al ver esto, el Genio soltó una carcajada que sonó como el crujir de planetas.
— ¿El gran guerrero ha quedado reducido a cenizas? —rugió el monstruo—. Mírenlo, tan frágil, tan humano. ¡Será el primero en ser devorado por mis pesadillas!
La defensa inquebrantable: Eduar y Estevan
Antes de que un rayo de energía oscura tocara a Ricardo, un muro de acero y una barrera de luz se interpusieron. Eduar, con su armadura gris abollada pero firme, y Estevan, con su mirada técnica y calculadora, se colocaron frente a su hermano caído.
—¡Ni se te ocurra tocarlo, maldito! —rugió Eduar, apretando el mango de su mandoble con una fuerza que hizo crujir sus guantes. Se giró brevemente hacia Ricardo—. Descansa, hermano. Dios te bendiga, ahora nos toca a nosotros.
Estevan, ajustando su equipo y preparando sus dispositivos de defensa, asintió con una determinación fría.
—Has hecho suficiente por hoy, Ricardo. Nosotros somos el escudo ahora. ¡Eduar, formación de choque!
El desfile de los horrores
El Genio no atacó solo. De las grietas de sus manos comenzaron a brotar criaturas de pesadilla: masas de carne informe con cientos de ojos, guerreros de sombra con espadas de cristal negro y monstruos alados que chillaban con voces de personas sufriendo.
La batalla se desató con una furia indescriptible:
Eduar se convirtió en un torbellino de metal. Cada golpe de su mandoble partía a los monstruos por la mitad, mientras usaba su hombro para embestir a las sombras que intentaban rodearlos. Su fuerza parecía multiplicarse por la rabia de ver a su hermano herido.
Estevan coordinaba la defensa. Lanzaba granadas de energía que disolvían a las pesadillas en grupos, mientras creaba escudos intermitentes para cubrir los puntos ciegos de Eduar.
Al fondo, el gigante Antonio rugía, aplastando con sus puños de granito a las bestias que intentaban flanquear a Brian y Ewduin, quienes mantenían la linterna y el anillo en alto para evitar que la oscuridad total los consumiera.
El retorno de la esperanza
El Genio, frustrado al ver que dos simples humanos lo mantenían a raya, concentró su poder en un orbe central detrás de él, preparándose para borrarlos de la existencia. Pero en ese momento de máxima tensión, una chispa plateada cruzó el campo de batalla.
La lanza de Ricardo, atraída por la voluntad inquebrantable de sus hermanos, regresó a sus manos como un rayo de luz. Ricardo, sintiendo la bendición de la unión familiar, recobró una fuerza súbita. Se puso de pie, su cabello afro castaño envuelto en un aura blanca, y clavó su lanza en el suelo, enviando una onda de choque que desintegró a las pesadillas más cercanas.
Sin embargo, el Genio apenas se inmutó. Su cuerpo cósmico se regeneraba al instante. Era un enemigo imponente que no conocía el cansancio, una fuerza de la naturaleza sádica que seguía creciendo en tamaño.
—¡Sigan luchando! —gritó Ricardo, recuperando el aliento—. ¡Aún no ha terminado!
El abismo rugió de nuevo. La verdadera lucha contra lo imposible acababa de empezar.
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Editado: 10.04.2026