El abismo, ya de por sí oscuro, se volvió asfixiante. La atmósfera se espesó con un hedor a ozono corrupto y desesperación antigua. La ofensiva de pesadillas lanzada desde la mano del Genio (vista en el capítulo anterior) no era más que el preludio.
La Maleabilidad del Horror
Lo que quebró la moral de los hermanos no fue la fuerza del Genio, sino su naturaleza incomprensible. Cada vez que Eduar lograba un corte perfecto con su mandoble, o Estevan detonaba una carga de energía, el cuerpo cósmico del Genio se reformaba instantáneamente. Peor aún, aprendía.
Si Eduar atacaba con fuerza bruta, el Genio se volvía gaseoso e intangible, haciendo que el guerrero se agotara golpeando el aire. Si Estevan usaba tácticas de contención energética, el Genio solidificaba su cuerpo en una armadura de cristal negro que refractaba los ataques, hiriendo a los propios hermanos con el rebote.
—Es inútil... —murmuró Estevan, cayendo de rodillas, con su equipo de análisis echando humo—. No hay patrón. No hay lógica. Estamos luchando contra el caos puro.
El Peso del Cansancio
La batalla había sido demasiado larga. El Gigante Antonio estaba cubierto de grietas, su fuerza titánica reducida a un temblor constante mientras intentaba mantener a Brian y Ewduin a salvo. Brian, aunque curado físicamente, sentía cómo la linterna de bronce se volvía increíblemente pesada, como si la propia esperanza fuera un lastre. Ewduin, con el anillo apenas brillando, tenía la mirada perdida, abrumado por la conexión psíquica con la oscuridad del abismo.
Ricardo, quien había recuperado su lanza por pura fuerza de voluntad, se apoyaba en ella para no caer. Su cuerpo era un mapa de cortes y quemaduras cósmicas. Miró a sus hermanos, vio la derrota en sus ojos y, por primera vez, sintió que el Sello en su interior se enfriaba.
El Genio, notando la ruptura de su espíritu, detuvo su asalto de monstruos. Flotó sobre ellos, con sus múltiples rostros sonriendo al unísono con una crueldad infinita.
— Mírense. Tan pequeños. Tan frágiles. —su voz resonó en sus mentes como un réquiem—. Su amor no es fuerza; es la cadena que los arrastra juntos hacia la nada. Ríndanse. Formen parte de mi eternidad de dolor.
Eduar bajó su mandoble. La desesperanza era un veneno más efectivo que cualquier ataque mágico. El silencio en el abismo fue absoluto, pesado como una tumba.
La Luz que Rasga el Abismo
Justo cuando Ricardo estaba a punto de soltar su lanza, un sonido extraño rompió el silencio. No fue un rugido, ni una explosión. Fue un canto. Un tono puro, cristalino y antiguo que vibró no en el aire, sino en la esencia misma del lugar.
El Genio giró sus múltiples rostros hacia arriba, por primera vez mostrando una expresión que no era burla, sino una mezcla de sorpresa y odio ancestral.
En el cenit del cielo negro del abismo, una grieta de luz blinding, blanca y pura, se abrió. De ella, tres figuras descendieron con la majestuosidad de dioses antiguos.
En el centro, una figura imponente, envuelta en una armadura dorada que emitía el calor y la luz de una estrella recién nacida: El Gran Sol. Su mera presencia hizo que las sombras cercanas se evaporaran en gritos de agonía.
A su derecha, con una gracia etérea y vestida con túnicas que parecían tejidas con luz de luna y polvo de estrellas: Selene. Sus ojos brillaban con una sabiduría fría y calmada.
A su izquierda, la hermana de Selene, vestida con la oscuridad pulida del cielo nocturno profundo, portando un báculo que terminaba en un creciente lunar inverso: La Sombra Argéntea.
La Tríada Divina había llegado. La batalla final ya no era solo de los hermanos; era una guerra cósmica.
Los hermanos miraron hacia arriba, con los ojos llenos de lágrimas y asombro. La desesperanza se disipó, reemplazada por una intriga eléctrica.
—No puede ser... —logró decir Ricardo, sintiendo cómo su Sello reaccionaba a la presencia de los dioses.
Continuará en el Capítulo 24...
#2503 en Otros
#216 en Aventura
#2073 en Fantasía
aventura, misterio amistad segundas oportunidades, acción enemigos
Editado: 10.04.2026