El abismo contuvo el aliento. El canto cristalino que había anunciado la llegada de la Tríada Divina fue sustituido por un silencio atronador, interrumpido únicamente por el crujido de la energía pura chocando contra la corrupción del vacío.
El Genio no esperó. Comprendiendo que la presencia de estas deidades amenazaba su dominio absoluto, rugió con una voz que fracturó el suelo de cristal negro bajo los pies de los hermanos. Su cuerpo masivo y maleable se expandió, multiplicando sus extremidades y ojos cósmicos hasta convertirse en una marea de horror viviente que se abalanzó contra los recién llegados.
El contraataque fue devastadoramente hermoso.
El Gran Sol dio un paso al frente. No desenvainó ningún arma; simplemente abrió los brazos y su armadura dorada estalló en una supernova controlada. Una ola de fuego estelar barrió el abismo, incinerando instantáneamente a miles de las pesadillas menores que orbitaban al Genio. El calor era tan intenso que las grietas del Gigante Antonio comenzaron a brillar al rojo vivo, pero en lugar de destruirlo, la energía solar actuó como una fragua mística, sellando sus fisuras y devolviéndole una fuerza titánica renovada.
—¡Ahora, hijos de la tierra! —la voz del Gran Sol retumbó como el metal fundido—. ¡Demuestren que su lazo es inquebrantable!
Inspirados por la luz divina, la chispa de la rebelión se encendió de nuevo en los hermanos.
Eduar, sintiendo el calor del dios sol en su espalda, levantó su enorme mandoble. Ya no atacó a ciegas. Esperó el momento exacto en que Selene alzó su mano derecha. La diosa de la luna proyectó un haz de luz plateada, fría y densa, que impactó directamente en el torso gaseoso del Genio. El rayo lunar congeló la maleabilidad del monstruo, solidificando su caótica estructura en una masa de hielo astral quebradizo.
—¡CORTE AHORA! —gritó Selene.
Eduar rugió, descargando un tajo descendente imbuido de una furia acumulada. Su mandoble partió el hielo cósmico en dos, arrancando un alarido de agonía que resonó en las mentes de todos.
Por su parte, Estevan, con sus sistemas reiniciados por la energía ambiental, detectó los puntos de fuga en la armadura refractaria del Genio.
—¡Brian, Ewduin, canalicen todo a través de la linterna! —ordenó el estratega, conectando los cables humeantes de su guantelete directamente al suelo cargado de estática.
Ewduin aferró su anillo de madera, cerrando los ojos para ignorar los susurros de la oscuridad y sintonizando la vibración pura de la naturaleza. Brian levantó la pesada linterna de bronce; los intrincados grabados del artefacto brillaron con un azul incandescente. La combinación de la tecnología de Estevan, la magia orgánica de Ewduin y la fe de Brian disparó un torrente de energía directo hacia la Sombra Argéntea.
La misteriosa hermana de Selene recibió el torrente de poder en su báculo de creciente invertido. Con un movimiento grácil pero letal, redirigió esa amalgama de energías hacia el Genio en forma de una red de oscuridad cortante. La red atrapó las múltiples extremidades de la deidad corrupta, inmovilizándola en el espacio dimensional.
—¡El golpe final es tuyo, portador del Sello! —exclamó la Sombra Argéntea con una voz que sonaba a ecos nocturnos.
Ricardo, empuñando su lanza con ambas manos y sintiendo el Sello en su pecho arder a una temperatura estelar, corrió por el brazo extendido del Gigante Antonio. El gigante lo impulsó hacia el cielo con un rugido ensordecedor. Ricardo voló a través de la tormenta de fuego solar y escarcha lunar, apuntando directamente al núcleo parpadeante del Genio.
La punta de la lanza penetró la masa cósmica. La explosión resultante de luz blanca, dorada y azul barrió el campo de batalla, arrojando a todos hacia atrás y disipando por completo las nubes de ozono corrupto.
Cuando el polvo cósmico se asentó, el inmenso y monstruoso cuerpo del Genio ya no estaba. En su lugar, flotando a ras de suelo y tosiendo una sustancia azulada, se encontraba una figura patética que nadie esperaba.
Selene y la Sombra Argéntea descendieron lentamente, flotando sobre el enemigo derrotado. Con un gesto sincronizado de sus manos, despojaron al ser de las últimas volutas de humo cósmico que lo envolvían como un disfraz.
Los hermanos se quedaron petrificados. El imponente e incomprensible monstruo del caos no era más que un humano de estatura normal. Su piel era de un color azul cobalto brillante y vestía un ridículo y andrajoso traje de bufón de cortes medievales, lleno de cascabeles rotos que ya no emitían ningún sonido alegre.
—¿Eso... eso es todo? —balbuceó Brian, sosteniendo la linterna que ahora se sentía liviana.
—Su verdadero ser siempre fue la burla y el engaño —sentenció Selene con una mirada de profunda frialdad—. Te conocemos desde el inicio de los tiempos, bufón del vacío. Sabíamos qué máscara usabas para aterrorizar a los mortales.
El pequeño ser de piel azul alzó la vista. Sus ojos, antes galaxias devoradoras, ahora eran pequeños globos amarillos inyectados en sangre y cargados de una malicia desbordante. Al verse expuesto, al comprender que la Tríada Divina y la voluntad inquebrantable de los cinco hermanos lo habían acorralado en una derrota inminente, una sonrisa torcida y desquiciada cruzó su rostro.
Lentamente, ignorando el dolor de sus heridas, el bufón azul levantó una de sus manos enguantadas hacia el cenit del abismo. Una risa chillona y desquiciada comenzó a brotar de su garganta, aumentando de volumen hasta convertirse en un eco aterrador.
—Je... ¡Jejeje! ¡JAJAJAJA! Creen que han ganado porque rompieron mi cascarón... —escupió el bufón, apretando el puño en el aire—. ¡Qué ilusos! Si he de caer, me llevaré la fábrica de la realidad conmigo. ¡HASTA AQUÍ LLEGARÁN TODOS!
Un destello negro brotó de su puño al cerrarse, y el mismísimo tejido del espacio alrededor de ellos comenzó a rasgarse como papel viejo.
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Editado: 02.05.2026