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Durante cinco años, la comisaría 39 fue un verdadero agujero negro. El distrito entero parecía desangrarse por las costuras y el café de la máquina de la tercera planta sabía sospechosamente a pintura sintética. Nadie salía indemne de allí. Por eso abro este cuaderno, porque hay cosas que un informe oficial —con sus casillas cuadriculadas, su burocracia infumable y sus firmas de tinta fría— simplemente no puede soportar, para recordar quiénes éramos antes de que la rutina nos secara el cerebro y porque, si no dejamos constancia de los monstruos que cazamos, corremos el riesgo de terminar pareciéndonos a ellos. O peor, de que ni siquiera nos importe.
El garaje subterráneo del edificio de oficinas de la calle Goya olía a una mezcla bastante mejorable de gasolina rancia y L’Ombre de la Nuit, una fragancia que dejó de fabricarse cuando la mayoría de los agentes de esta comisaría aún usaban pañales.
Bruno Vega estaba agachado junto al cuerpo, sosteniendo la linterna ultravioleta entre los dientes (una manía aprendida de todas las series que veía y que me ponía de los nervios) mientras luchaba contra un guante de nitrilo que se resistía a entrar. A sus cuarenta y tantos, Bruno tenía la mandíbula cuadrada de quien ha discutido demasiado con la vida y la mirada fatigada de quien lleva quince años buscando huellas en lugares donde la gente normal solo ve mugre.
—Si vuelves a meterte esa linterna en la boca, Bruno, te juro que te voy a cobrar el tratamiento de hepatitis de tu penosa nómica —dije desde el perímetro de la escena, apoyada contra la columna con las manos metidas en los bolsillos de mi chaqueta gris, me la había comprado el día anterior y me parecía que me quedaba estupenda aunque no era precisamente el lugar para lucirla.
Bruno se sacó la linterna de la boca con un gruñido sordo, me dedicó una mirada de pocos amigos y señaló con el haz de luz el cuello del difunto.
—Está limpia, inspectora —murmuró con esa voz de lija que se le queda a uno tras veinte años fumando tabaco de liar—. Donato Carvajal, cincuenta y dos años. Contable de la firma del piso cuatro. Un solo impacto en la nuca. Cero violencia defensiva, cero forcejeo. Le han pillado tan desprevenido que ni siquiera tuvo tiempo de poner cara de sorpresa.
—¿Robo descartado? —preguntó Mateo desde el fondo, contorsionándose para conseguir un encuadre decente.
Mateo era nuestro fotógrafo y el benjamín del grupo, en realidad no pero él seguía creyéndolo. Treinta y pocos años, una agilidad casi molesta para colgarse de cualquier sitio y la costumbre neurótica de fotografiar todo tres veces por si a la realidad le daba por cambiar de opinión. El destello de su flash iluminó el lateral de un sedán de alta gama que costaba más que mi sueldo de tres años.
—El reloj de oro sigue en su muñeca y la cartera tiene cuatrocientos euros en billetes nuevecitos —respondió Mateo, revisando la pantalla de la cámara—. A menos que el atraco lo haya hecho un filántropo, esto no ha sido por dinero.
—Nadie mata a un contable a las ocho de la mañana en un sótano por amor al arte —concluí, arrodillándome a una distancia prudencial del suelo—. Alguien le estaba esperando.
El chasquido metálico del ascensor rompió el silencio del garaje. De la cabina emergió una figura que parecía haber perdido el autobús hacia el siglo XIX. Abrigo de terciopelo verde botella —a pesar de que el termómetro del sótano marcaba veinticinco grados a la sombra— y una maleta de cuero con tantos remaches que parecía un baúl de barco.
El doctor Salomón sin apellido, solo Salomón. Nuestro forense consultor. Un tipo tan brillante como profundamente insufrible, que solo se molestaba en bajar a una escena si el cadáver presentaba "interés estético o paradojas metabólicas".
—¡Ah, la deliciosa monotonía del crimen corporativo! —exclamó Salomón, apartando el pie de un patrullero con la contera de su bastón—. ¿A qué huele este tugurio? Parece el tocador de mi abuela en el verano del setenta y ocho. Rancio, barroco y rematadamente vulgar.—Me moría, nos moríamos, por darle un buen puñetazo siempre que hablaba como si el mundo hubiera retrocedido 30 años.
—El frasco roto junto a la rueda trasera, doctor —dijo Bruno sin inmutarse, sin levantarse siquiera—. Cristales oscuros, etiqueta de nácar.
Salomón se deslizó hacia el cadáver con la agilidad de un gato egocéntrico. Sacó una pequeña lupa de plata, examinó la zona del cuello y, sin la menor consideración por las normas básicas de higiene que enseñan en la academia, inclinó la nariz a escasos milímetros de la piel.
—Un compuesto volátil con base de cianuro, disuelto en un vehículo graso y perfumado con bergamota y clavo —sentenció el doctor con una sonrisa que me pareció casi infantil, mientras yo apretaba los puños—. No le han disparado, Clara. Le han atizado una descompresión gaseosa a presión justo en la carótida. Un veneno letal diseñado para oler como un perfume descatalogado. Sencillamente encantador.
—Encantador no es la palabra que usará la esposa cuando le explique que su marido ha muerto oliendo a perfumería barata de los ochenta —intervino Silvia desde la mesa desplegable de evidencias.
Silvia era la analista de laboratorio y la única persona en este equipo con los pies lo bastante pegados al suelo como para no dejar que el ego de Salomón ocupara toda la habitación. Llevaba el pelo en un moño que ni el viento de Levante lograría despeinar y unas gafas de pasta negra tras las que juzgaba al resto de la humanidad, casi siempre de manera muy acertada.
—Tengo algo —dijo Silvia, mostrando con las pinzas una hebra microscópica—. Una fibra sintética roja de alta densidad pegada al neumático. No es del traje del muerto ni de la moqueta del coche.
—Y el asesino no entró por las puertas principales —añadió una voz profunda desde la sombra de la rampa.
Era Héctor. Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y la mirada fija en las tuberías del techo. Héctor hablaba una vez al día, pero cuando lo hacía solía ahorrarle al estado unas cuatro horas de especulaciones absurdas.