Cuando Yamael y Aketz se apartan de los refugios, Xali —la más joven del grupo e hija de Suyén y Amek— se les pega.
—¿A dónde van? —pregunta la chica.
—Vamos a comer —Yamael la mira, curioso—. ¿Quieres venir?
—Me encantaría. Vi unas tunas cuando veníamos de camino acá.
—Hay que tener cuidado —les advierte Aketz.
Yamael busca de nuevo sus ojos.
—Todo va a estar bien, nos protegeremos. Lo juro —le ofrece una sonrisa sincera—. Vengan. Primero hay que cubrirnos de barro; así nos ocultaremos mejor si las bestias están cerca.
Al oír eso, Aketz se paraliza.
Xali tira de él.
—Ven, niño. Ahora estás a salvo.
Los jóvenes cubren su piel morena con barro. Además de ayudar con el camuflaje, los mantiene frescos durante los días soleados.
***
Mientras recolectan tunas, golpes secos contra la tierra retumban a lo lejos.
Aketz se queda helado.
—Están aquí...
Le fallan las piernas y cae al suelo.
Los gritos suenan cada vez más cerca.
—¡Xali! —grita Yamael—. Corre y avisa a los demás.
Xali sale disparada en dirección al campamento.
Yamael ayuda al chico a ponerse de pie.
Corren lo más rápido que pueden. La noche cae sobre ellos; la luna es lo único que ilumina el camino de regreso. El suelo vibra bajo sus pies.
Las bestias están cada vez más cerca.
—Vamos, Aketz —Yamael tira de él—. Corre.
Esas fueron las últimas palabras que pronunció Yamael.
Lo último que sintió fue la mano de Aketz aferrándose a la suya.
Lo último que vio fue la luna, inmensa, suspendida en lo alto del cielo.
Con sus últimas fuerzas, le pidió que protegiera a su grupo.
Luego, las bestias también acabaron con Aketz.
Los cuerpos de los chicos permanecerán juntos por el resto de la eternidad. Protegiéndose, así como Yamael lo juró.