Los Chicos Que Odio

1

De nuevo en este lugar.

Camino por el estacionamiento con el bolso colgando de mi hombro y el teléfono en la mano, revisando la hora más por costumbre que por necesidad, porque sé perfectamente que voy a llegar a tiempo, pero igual acelero un poco el paso cuando veo a varios estudiantes entrando ya al edificio.

El murmullo de voces mezclándose con el sonido de puertas abriéndose y cerrándose y por un segundo todo se siente como siempre, normal, predecible, hasta que recuerdo vagamente que hoy es uno de esos días en los que preferiría no cruzarme con ciertas personas.

Empujo la puerta principal con el hombro y entro al pasillo, el aire fresco del interior golpeándome ligeramente la cara mientras ajusto mejor el bolso y camino directo hacia mi salón, esquivando a un par de chicos que están demasiado ocupados riéndose como para fijarse por dónde van.

No pienso demasiado en nada específico, solo en llegar, sentarme, pasar la mañana sin problemas.

Lo típico, lo básico pero lo que nunca termina siendo tan simple como debería.

Cuando llego al salón, la puerta está abierta y el ruido es inmediato, más alto de lo normal, como si nadie hubiera recordado que las clases empiezan en unos minutos y apenas doy un paso dentro cuando todo pasa demasiado rápido.

Un balón atraviesa el aire.

Ni siquiera tengo tiempo de reaccionar bien, solo alcanzo a tensarme cuando lo veo venir directo hacia mí, a la altura de mi cara y doy medio paso hacia atrás por puro instinto, sintiendo cómo pasa lo suficientemente cerca como para que mi corazón dé un salto en mi pecho antes de que el balón golpee la pared detrás de mí con un sonido seco.

Parpadeo, todavía procesando lo que acaba de pasar y luego giro la cabeza.

Por supuesto.

Marcello.

Está de pie al otro lado del salón, totalmente relajado y calmado. Alguien se lo pasa y el balón ya vuelve a estar cerca de su pie, como si hubiera rebotado exactamente donde él quería.

Por un segundo nuestras miradas se cruzan, él no sonríe pero tampoco parece preocupado.

— ¿Vas a quedarte ahí parada todo el día? —dice, con ese tono que no es exactamente burla ni amabilidad, como si hablarme de otra forma le resultara imposible.

Siento cómo algo se me aprieta en el pecho, una mezcla entre molestia y esa familiar sensación de querer decir algo de vuelta, algo que lo deje callado, pero en lugar de eso solo frunzo ligeramente el ceño.

—Tal vez si no patearas cosas dentro del salón, la gente podría entrar sin esquivarlos.

Alguien se ríe por lo bajo, no sé quién. Marcello ladea la cabeza, observándome como si estuviera evaluando si valgo la pena responder o no, y eso más que cualquier otra cosa me irrita.

—Fue un accidente —dice al final, aunque no suena como uno.

Claro.

Accidente.

Suelto una pequeña exhalación y camino hacia mi asiento sin seguir con la discusión, porque honestamente no tengo la energía para empezar el día así, no con él, no hoy.

Dejo mi bolso sobre la mesa, tratando de ignorar la sensación de que sus ojos siguen en mí aunque ya no lo esté mirando directamente.

No dura mucho.

—Rosie.

La voz de Rami llega como un alivio inmediato, cuando levanto la vista, ya está acercándose a mi lado con esa expresión suya que siempre significa que tiene algo que contar, algo importante o al menos, emocionante.

—Casi te matan en tu primer minuto del día, qué buen inicio —dice, dejando caer su mochila en la silla de al lado.

—Casi —repito, mirándola de reojo mientras me siento—. Pero sobreviví, tristemente para algunos.

Rami suelta una risa corta y se inclina un poco hacia mí, bajando la voz como si fuera a compartir un secreto, aunque claramente no le importa demasiado quién escuche.

—Bien, escucha esto —dice, con los ojos brillándole—. Hay un chico nuevo.

Levanto una ceja, apoyando el codo en la mesa. —Siempre hay chicos nuevos.

—No como este —niega rápidamente, acercándose un poco más—. Es guapo, Rosie. Tipo… muy guapo, lo acabo de ver hablando con una profesora y ya tengo información sobre él.

Hago una pequeña mueca, aunque no puedo evitar cierto interés que se cuela en mi expresión. —Eso dices de todos.

—No —insiste, sacudiendo la cabeza—. Este es diferente. Está en el equipo de fútbol.

Por alguna razón, mis ojos se mueven casi automáticamente hacia el otro lado del salón, donde sé que está Marcello, aunque intento que no se note y luego vuelvo a mirarla.

—Genial —murmuro—. Justo lo que necesitábamos, otro ego inflado con balón incluido.

Rami rueda los ojos. —Eres imposible. Solo… confía en mí, ¿sí? Cuando lo veas, me vas a dar la razón.

No respondo de inmediato, solo me acomodo mejor en la silla mientras saco mis cosas intentando mantener la expresión neutral, como si no me importara en absoluto aunque una pequeña parte de mí, muy a pesar mío, ya siente curiosidad.

No es nada.

Probablemente solo otro chico más.

~

Salimos del salón cuando suena el timbre para la asamblea y el pasillo se llena de movimiento casi de inmediato.

Rami se pega a mi lado mientras caminamos entre la gente, esquivando mochilas, hombros y conversaciones a medias que se mezclan en el aire y por un momento vuelvo a pensar en lo que dijo sobre el chico nuevo, aunque no le doy demasiada importancia porque, honestamente, mi expectativa con ese tipo de cosas suele ser bastante baja.

—Te digo que no estás lista para conocerlo, no hay alguien así de guapo—insiste Rami, empujándome ligeramente con el codo mientras avanzamos hacia el gimnasio—. Literal, nadie estaba preparado.

—Eso suena a exageración —murmuro, aunque una pequeña parte de mí empieza a sentir curiosidad.

Entramos al gimnasio junto con el resto y busco con la mirada algún lugar donde sentarnos mientras Rami sigue hablando, aunque dejo de escucharla cuando noto algo raro.




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