Salgo con Rami hacia la cancha.
Mientras ella sigue hablando de algo que no termino de procesar del todo, porque aunque asiento de vez en cuando y hago pequeños comentarios para que no note que mi atención va y viene, en realidad estoy más concentrada en la sensación de estar caminando hacia un lugar que no es exactamente mío, como si cada paso que damos me acercara a un espacio donde no encajo del todo, aunque no tenga una razón concreta para pensarlo.
El aire afuera es más cálido y el ruido cambia apenas cruzamos hacia las gradas, donde ya hay movimiento.
Los chicos del equipo repartidos en la cancha, algunos estirando, otros riéndose entre ellos y más cerca, las porristas organizándose mientras alguien intenta poner orden sin demasiado éxito.
Rami suelta mi brazo apenas me lleva hasta donde están, como si automáticamente volviera a su mundo.
—Espérame aquí, ¿sí? —Dice, ya medio girada antes de que pueda responder—. No tardo.
Asiento, cruzándome de brazos casi por reflejo mientras la veo alejarse, su energía encajando perfectamente con todo lo que pasa alrededor.
Me quedo ahí, en ese punto intermedio entre querer parecer relajada y no saber muy bien qué hacer con las manos, con la mirada recorriendo el lugar sin detenerse demasiado en nada en específico.
No dura mucho.
—Mira nada más.
La voz llega desde mi derecha, y no necesito girar completamente para saber quién es, porque hay cierto tono que ya empiezo a reconocer demasiado bien.
Solo ladeo un poco la cabeza, encontrándome con Marcello acercándose con esa expresión suya que parece a medio camino entre el aburrimiento y el enojo.
—Pensé que este era un entrenamiento, no un evento social —continúa, deteniéndose lo suficientemente cerca como para que su presencia sea imposible de ignorar.
Suelto una pequeña exhalación, sin mirarlo directamente. —Tranquilo, no me interesa verlos.
—Qué alivio —responde casi de inmediato, riendo—, porque creo que a nosotros tampoco nos interesa verte, así que no vengas a distraer.
Ruedo los ojos, girando finalmente hacia él. —Y tú claramente estás concentradísimo, ¿no?
Su mirada se mueve apenas hacia la cancha, como si considerara mi comentario por un segundo, pero luego vuelve a mí. —Siempre —dice al final, aunque no suena honesto.
Antes de que pueda responderle, otra presencia se siente al otro lado, no tan cercana, pero lo suficiente como para notarla y no hace falta que nadie diga nada para que sepa quién es.
Nico.
No se acerca como Marcello, simplemente está ahí de pie a unos pasos, con los brazos cruzados y la mirada fija en la cancha, como si todo su enfoque estuviera en el entrenamiento y nada más.
Marcello parece notarlo también, porque su atención se desvía apenas hacia él antes de volver a mí. — ¿Vienes a tomar notas o algo así? —Pregunta, inclinando un poco la cabeza—. Digo, para luego criticar con fundamento.
Marcello es tan irritante, siempre lo ha sido.
—Claro —respondo, manteniendo el tono plano—. Alguien tiene que hacerlo.
—Perfecto —dice, con una pequeña sonrisa que no llega a ser amable—. Entonces no te vayas, quiero saber en qué fallo.
—Empieza por todo —murmuro y él suelta una risa corta.
Hay un pequeño silencio después de eso, con esa familiaridad extraña que tenemos, como si ya supiéramos exactamente cómo funciona esto sin necesidad de explicarlo.
Marcello se pasa la mano por el cabello y ríe, satisfecho con sus comentarios.
—Ignórala —Es la voz de Nico—. Solo viene a juzgar.
Levanto la vista entonces, encontrándome con él mirándome directamente esta vez, sin rastro de burla, sin una sonrisa que suavice lo que acaba de decir.
No digo nada.
Podría hacerlo, podría responder como con Marcello, soltar algo rápido, devolver el comentario sin pensarlo demasiado, pero esto no se siente igual, no tiene ese espacio ligero donde todo puede convertirse en una broma.
Por un segundo me quedo ahí, sosteniendo su mirada más de lo que debería antes de apartarla.
—Vaya —murmura Marcello, aunque no suena sorprendido, más bien entretenido—. Qué ambiente tan acogedor.
Lo ignoro.
Cruzo los brazos, mirando hacia la cancha como si de repente me interesara más el cielo.
No es que no esté acostumbrada.
No es que me importe.
—Oye Nico —Marcello se levanta la camiseta del equipo para darse aire—, ¿Ya viste a Alejandra? Creo que está usando la falda más corta para ti.
Arrugo la nariz. ¿Por qué todos los hombres son así?
—No me importa —Nico estira los brazos por encima de su cabeza—. Ella puede hacer lo que se le dé la gana.
Marcello se encoge de hombros, luego me señala. — ¿Cuándo vas a vestirte como mujer, Rosie?
Ruedo los ojos. —Cuando tú te comportes como un verdadero hombre.
Resopla. —Ya lo soy, y si tienes dudas, pregúntale a cualquier chica.
Chasqueo la lengua. —Eres un cerdo.
Nico de pronto, decide hablar también. — ¿Por qué lo insultas?
Me giro tan solo un poco para verle. — ¿Qué? Ósea que él puede decir eso y yo no puedo defenderme.
Nico niega. —Marcello no te estaba ofendiendo.
—Exacto —Marcello recuesta el brazo sobre el hombro de Nico—, ¿Por qué no te comportas mejor?
Lo miro un segundo más, intentando procesar si realmente cree eso o si simplemente está eligiendo verlo así, y no estoy segura de qué me irrita más.
—Porque no quiero —contesto.
Nico chasquea la lengua.
Los miro a ambos y me cruzo de brazos. —Bueno, si tanto me odias, ¿Por qué no se van a otro lado?
Marcello ríe sarcásticamente. —Porque estás en territorio de los chicos, si quisieras podrías irte allá, con las chicas.
Claro, pero en esa parte donde ellas están practicando no hay donde sentarse a menos que sea en el suelo. —Este no es territorio de nadie, yo puedo sentarme aquí sí quiero.
—Pues entonces quédate calladita —Marcello me guiña el ojo.