Los Chicos Que Odio

4

—No entiendo por qué Marcello y tú no pueden superar sus diferencias —Rami cierra su casillero.

La fulmino con la mirada. —Es una enemistad de años y no voy a ser yo quien la termine.

Marcello es el hijo de Paola Vellece, una mujer que es más agradable que su hijo y también, una mujer que fue la novia de mi padre por más de dos años.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía como nueve años, a los trece mi padre me presentó a su novia y era Paola, también me presentó a su molesto hijo Marcello. Ese niño que siempre llegaba al apartamento de mi padre con cara de malhumorado y cuando yo trataba que nos divirtiéramos, él me ignoraba.

Pero no solo eso, eventualmente él se burlaba de mí y en la escuela me pedía que no le hablara porque nunca íbamos a ser amigos y menos, familia. Él también fue quien se burló de mi colección de muñecas en mi habitación. Ya ni siquiera jugaba con ellas pero eran muy preciadas para mí, mi mamá me las regaló y mi abuela también.

Y fue hasta los quince que nuestros padres rompieron y él me aseguraba que mi padre le había roto el corazón a su madre.

Gracias a Dios, no terminó siendo mi hermanastro pero nuestro odio continuó años después que nuestros padres terminaran.

Rami deja escapar un suspiro exagerado mientras ajusta la correa de su bolso y se gira hacia mí, como si todavía estuviera intentando encontrar la forma correcta de decir algo que claramente ya decidió que va a decir de todas formas.

—Igual podrías intentarlo —murmura, empujando suavemente la puerta de los casilleros para salir al pasillo—. No sé, no arrancarse la cabeza cada vez que se ven.

Camino a su lado, rodando los ojos mientras cruzo los brazos. —No es “cada vez que nos vemos” —respondo, haciendo comillas en el aire sin mucho entusiasmo—. Es él siendo él.

—Y tú siendo tú —replica, lanzándome una mirada rápida.

Exhalo, pero no digo nada, porque en el fondo sé que no está completamente equivocada y eso es precisamente lo que más me molesta.

—Qué lástima que no terminó siendo tu hermanastro —Rami suspira—. Es medio lindo, ¿no?

Eso realmente provoca nauseas. —Nunca repitas eso en mi presencia.

Chasquea la lengua. —Eres una dramática. Sabes bien que Marcello y Nico son de los más guapos de la escuela.

Y de los más tontos también.

Seguimos caminando, el pasillo está más tranquilo a esta hora, con algunos estudiantes caminando de un lado a otro, voces bajas, puertas que se abren y se cierran y el sonido de nuestros pasos.

Tenemos que ir por el a la oficina de los profesores, donde se supone que le van a entregar a Rami su nuevo uniforme.

—Además —añade ella después de unos segundos bajando un poco la voz—, no puedes decir que no fue raro hoy.

— ¿Qué cosa?

—Todo —dice simplemente—. Marcello molestándote, Nico… siendo Nico y luego el chico nuevo.

Suelto una pequeña exhalación, mirando al frente. —No tiene nada de raro, siempre es así con ellos.

—Sí pero, no sé —se pasa el cabello al lado izquierdo—. Sé que te peleas con ellos, más con Marcello pero como que te prestaron más atención.

Ella siempre cree que los enemigos son potenciales historias de amor. Debería dejar de ver tantas películas. —Rami.

— ¿Qué? Solo digo que…

—No digas nada —la interrumpo, empujando la puerta de la oficina antes de que pueda seguir.

Una de las secretarias levanta la mirada apenas entramos.

Rami sonríe ampliamente. —Hola, soy animadora y…

La secretaria señala con la cabeza hacia una mesa al fondo. Sus gafas se están deslizando por la nariz y su cabello corto está un poco esponjado, pero no parece que nada de eso le molesta.

—Ahí están los uniformes de animadoras —dice, volviendo a lo que estaba haciendo.

Rami asiente de inmediato, su energía cambiando en cuestión de segundos mientras prácticamente me arrastra con ella hasta la mesa, donde varias bolsas están organizadas con etiquetas y empieza a buscar la suya con una emoción que no intenta disimular.

Miro la oficina, en este momento, sin profesores. Unas estanterías al fondo con libros, dos mesas con tazas vacías, uno de esas cosas para tomar agua y una televisión apagada. Huele a café, supongo que ellos lo necesitan para sobrevivir.

—Aquí está —dice finalmente, sacando una bolsa y abriéndola un poco para ver el contenido—. Oh, es más bonito de lo que pensé.

Suelto aire por la nariz. —Te verás genial —digo.

Me apoyo contra el borde de la mesa, dejando que ella revise todo con calma, escuchando a medias mientras comenta detalles que honestamente no estoy procesando del todo, porque mi atención empieza a desviarse hacia otro lado.

En una de las mesas, con unas carpetas y una gorra en la esquina, justo al lado de donde estoy también hay unas hojas con palabras escritas en lapicero de color azul y negro.

Me acerco un poco solo para husmear y noto lo que es. Es una lista.

Nada especial a simple vista, solo nombres organizados en columnas, pero hay algo más, algo en la forma en que está estructurada, con números al lado de cada nombre lo que hace que me acerque un poco más.

Y entonces lo veo: nombres que reconozco del equipo de soccer. Veo nombre como el de Regil Monsen, Elliot Joss y veo el de Marcello ahí también.

Mi mirada recorre la hoja con más cuidado ahora, pasando de uno a otro, identificando caras en mi cabeza casi de forma automática y siento una pequeña chispa de curiosidad que no debería estar ahí.

—Rosie, mira esto —dice Rami de repente, levantando la falda del uniforme para enseñármela.

—Que linda —respondo, mostrándole una sonrisa hasta que voltea y sigue viendo su uniforme.

Hay números junto a cada nombre.

Trago saliva, sintiendo cómo algo cambia en el ambiente aunque todo sigue exactamente igual, como si el mundo no tuviera idea de lo que acaba de ponerse justo frente a mí, de lo fácil que sería…

No.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.