Los Chicos Que Odio

6

El sol cae de lado sobre la cancha y el calor se queda pegado a la piel y todo se siente distinto a ayer.

Camino junto a Rami hacia las gradas, intentando fingir que esto es algo casual cuando en realidad mi atención está puesta en un solo punto desde antes de llegar.

—Hoy sí nos van a salir los saltos, te lo juro —dice Rami con una seguridad que me arranca una pequeña sonrisa—, ya es cuestión de práctica.

Asiento, murmurando un “claro” que suena más automático que convencido, porque en cuanto levantamos la vista hacia la cancha lo encuentro sin esfuerzo.

Alec está ahí, hablando con alguien del equipo y mi corazón reacciona de inmediato acelerándose.

No me ha visto o al menos eso parece y por alguna razón eso me deja suspendida en una especie de espera silenciosa que no sé cómo manejar.

Desvío la mirada a un lado del campo, donde dejaron el marco de una portería vieja ahí que nadie se ha molestado en quitar. Parece que intencionalmente quisieron dejar tres porterías por alguna razón tonta, aunque debe ser solo pereza de desecharla.

Rami se detiene a mi lado, acomodándose el cabello antes de señalar hacia un costado. —Voy a dejar mi bolsa, ahora vuelvo, no te vayas.

¿A dónde más iría?

Le digo que sí con un gesto rápido y me siento en las gradas dejando la mochila a mi lado mientras saco el teléfono, revisándolo sin realmente esperar nada nuevo.

—No pensé que te gustaran tanto los entrenamientos como para volver. —La voz llega desde un lado y no necesito mirar de inmediato para saber quién es.

Levanto la vista con una mezcla de fastidio y resignación.

Ahí está Marcello, con los brazos cruzados y media sonrisa.

—No me gustan —respondo sin rodeos, guardando el teléfono—, solo estoy acompañando a mi amiga.

—Eso dijiste ayer —contesta, inclinando apenas la cabeza, observándome—, pero aquí estás otra vez, así que algo te está trayendo de vuelta.

—Se llama lealtad —replico, cruzándome de brazos—, deberías probarla.

— ¿Lealtad? —ríe—. ¿No será quizás que tú quieres vernos? O tal vez en específico a mí.

Ruedo los ojos. —En realidad, es a ti a quien no quiero ver pero siempre estás en todas partes.

Una esquina de su boca se levanta, como si eso le resultara más curioso que ofensivo. —Suena a que me has estado buscando en todas partes.

No le sigo el juego, porque no tengo ganas y es entonces cuando noto que no está solo.

Un poco más atrás, casi fuera del centro de la conversación está Nico, con las manos en los bolsillos y la mirada puesta en mí.

Esa sensación me incomoda lo suficiente como para girar apenas la cabeza hacia él. — ¿Tú también vienes a molestar o solo acompañas a tu mascota?

Marcello suelta una risa baja, pero Nico no la sigue. —Solo estoy aquí —dice, sin más y su tono es plano—. Y Marcello no es mi mascota.

Marcello le da una palmada en el pecho. —Claro que no lo soy, mi animal interno es más como un tigre, a él le gustan más las gatitas —me guiña el ojo—. Digo, si te interesa.

Ruedo los ojos. —Realmente eso no me importa y no eres un tigre, eres un cerco.

Levanta las manos. —Uno sabroso, amo el tocino.

Juro que es un tonto.

—Qué divertido —murmuro con tono sarcástico.

Marcello parece a punto de decir algo pero mi atención ya no está ahí, porque en ese momento Alec se mueve en la cancha y como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible, mi mirada vuelve a él sin que lo piense demasiado.

Levanta la cabeza por un segundo, distraído, pasando la mano por su cabello mientras escucha a alguien. Por un instante tengo la impresión de que su mirada se dirige hacia las gradas, hacia donde estoy.

Tal vez me está esperando, por el mensaje que me envió.

Mi respiración se detiene, esperando ese reconocimiento que justificaría esta sensación absurda en el pecho.

Pero no pasa.

No hay pausa, no hay sonrisa, no hay nada que indique que me ha visto. Su atención vuelve a la conversación como si yo no existiera en ese espacio, como si no hubiera nada que notar.

Parpadeo, sintiendo cómo esa expectativa se disuelve de golpe.

— ¿Buscas a alguien en específico? —pregunta Marcello, siguiendo la dirección de mi mirada.

—No —respondo demasiado rápido, desviando la vista hacia otro lado—, solo estaba viendo todo el espacio innecesario que ocupa esta cancha solo para ustedes.

Resopla antes de apartarse cuando alguien lo llama desde la cancha. —Nos vemos, dulce Rosie —Marcello levanta dos dedos.

Nico se mueve después de él, pero antes de girarse por completo, su mirada vuelve a encontrar la mía por un segundo breve y luego desaparece siguiendo a Marcello.

Frunzo el ceño viéndolos alejarse.

Rami regresa y se deja caer a mi lado. — ¿Qué me perdí? —pregunta, tomando su botella.

—Nada importante —respondo, acomodándome en el asiento mientras vuelvo a mirar hacia la cancha, aunque esta vez intento que parezca más casual.

Pero aun así lo busco.

Alec.

Y esta vez no espero que me vea, no realmente, aunque una parte de mí no termina de rendirse del todo. Sin pensarlo demasiado, saco el teléfono y lo desbloqueo, como si eso pudiera distraerme o darme la ilusión de que tengo algo bajo control.

Aunque no estoy segura de que sea cierto.

~

El entrenamiento ya tiene a muchos cansados luego de cuarenta minutos.

Las voces ya no suenan tan firmes, los pasos no golpean igual y aun así yo sigo ahí sentada en la misma grada con la espalda recta y la atención clavada en un punto que a estas alturas, ya debería haber aceptado que no va a suceder nada.

Alec no ha vuelto a mirar hacia aquí.

Ni una sola vez.

Y no es que haya estado contando, o eso intento decirme, pero mi cabeza no deja de registrar cada momento en el que podría haber pasado, cada segundo en el que tal vez, solo tal vez, sus ojos podrían haber subido hacia las gradas y detenerse un instante más de lo normal.




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